15 de mayo de 2008
Babel
En vez de considerar que la humanidad está llamada a formar un cuerpo místico que la esperanza kantiana buscaba a través de la razón, la conciencia moderna acepta sólo una especie de Babel donde todos hablan y nadie escucha. Casi todo es común (exteriormente, técnicamente) sin que nadie tenga, de hecho, nada en común (interiormente, humanamente). Unos admiran hasta el éxtasis aquello que otros consideran la peor barbaridad. Se ha constituido un tribalismo cultural donde coexisten diferentes cabilas, como las diferentes especies de un zoo.

Pero este relativismo generalizado tiene una consecuencia inmediata. Porque, si bien nada nos parece más acogedor que esta diversidad, nada produce una segregación más implacable. Aunque no sea una auténtica comunidad, esta Babel es la que nos hace de sociedad. Es preciso, pues, distribuir los papeles, los cargos, las dignidades, los privilegios. Cada uno en su papel, el nuevo tribalismo se lanza con una inflexible lógica de pertenencia o de exclusión. Y la famosa tolerancia, tan proclamada y celebrada, se convierte enseguida en la intolerancia más cínica, más tenaz y más fanática. ¿Qué esperábamos? Cuando se ha repudiado toda razón, recusado toda regla, excluido todo criterio, toda norma, todo principio, ¿cómo podría imponerse el valor o el mérito? Ni la justicia ni el derecho pueden ser razones allí donde la razón ha sido anulada. Y como no podemos determinarnos hacia ningún juicio, sólo nos es posible movernos por pulsiones, inclinaciones, presiones o afinidades. De forma natural, el amiguismo sustituye al derecho y la concurrencia de clanes, la concurrencia de méritos.

Podemos comprender entonces que la república no sea más que un nombre. Donde no nos convoca ni la voluntad general, ni las requisiciones universales de la razón, ni la necesidad de verdad que nos impone la evidencia, ni las exigencias de ninguna esperanza común, la sociedad queda reducida a la contigüidad de tribus y sectas. Nadie tiene más poder ni más derechos que los que le proporciona la fuerza de su grupo. Luego es preciso que nos sometamos a él para que nos resulte útil. Cada uno mira sólo por su propio interés, pero como reconocemos que la utilidad y la eficacia son las justificaciones indiscutibles de cualquier acción, se llega a un modus vivendi, a una coexistencia llena de suspicacias, a una solidaridad desconfiada, a una complicidad antagónica, a esta insociable sociabilidad mediante la cual esperamos sacar partido de los demás y no ceder un ápice si no es a cambio de algo.

Imaginar que la vida de cada persona no pueda justificarse más que por su transfusión en la universal, que el servicio del estado ha de ser entendido como un sacerdocio y el sacerdocio como un sacrificio, este sueño de la razón parece hoy tan quimérico y obsoleto como la metafísica que lo inspiró.
 
María Dubón | 22:44 | Permalink |
1 de mayo de 2008
Esperar la utopía
Platón en República, Tomás Moro en Utopía, Marx en El Capital, Huxley en Un mundo feliz… No vivimos en un paraíso de justicia, por eso es fácil soñar con una utopía política, y mientras la utopía se quede en el papel, vamos bien, porque la República de Platón sería un estado policial en el que la justicia se consigue pagando un elevado precio de autoritarismo y rigidez, la Utopía se asemejaría a vivir en un monasterio, Un mundo feliz resultaría insoportable y El Capital, que se llevó a la práctica política, acabó imponiendo un nuevo sistema de esclavitud y dictaduras extremas.

Al final, hemos acabado por reconocer que no cabe esperar la utopía y aspiramos a la justicia, pues siendo el hombre imperfecto, no puede construir algo perfecto.
 
María Dubón | 17:13 | Permalink |
15 de abril de 2008
Los poderes del conocimiento
Los poderes del conocimiento están hoy más extendidos que el mismo conocimiento. Así, podemos tratar sobre la vida, aunque no esté todavía más que en estado de promesa, pero no sabemos qué es la vida, si un malicioso misterio o un gracioso don de las estrellas que antiguamente, según la última teoría de moda, habrían sembrado la tierra; podemos disputarle un ser a la muerte, pero no sabemos qué es la muerte, algo que únicamente somos capaces de comprobar y por procedimientos que, por otra parte, han cambiado mucho en el transcurso de los tiempos: se dice que antaño se mordía el dedo gordo del pie del presunto fallecido para asegurarse de su definitiva indiferencia ante los dolores de este mundo, práctica que, parece, ha valido a los empleados de pompas fúnebres, a los enterradores, el apelativo de “muerde-muertos”; más tarde la gente se atenía al testimonio de un espejo encargado de recoger el vaho de un eventual soplo de vida; luego se confió en la parada del corazón, prueba aleatoria sin los modernos instrumentos de control, y, por último, de un tiempo a esta parte, el sistema válido para certificar el deceso es el del encefalograma plano, aunque no se sabría precisar en qué momento exacto se ha roto el principio de unidad que operaba la cohesión de la persona; sabemos convertir la materia en energía, con riesgo de transformar, si llega el caso, doscientos mil seres humanos en luz y calor, pero no sabemos qué es la materia; nuestros descubrimientos no van acompañados de un “modo de empleo”, y la distancia entre lo que nuestro saber nos permite hacer y lo que nos permite comprender aumenta todos los días: el hombre, para nosotros, sigue siendo un misterio, desde su principio, que parece depender de la magia, hasta su fin, que tiene siempre un cierto aire de anomalía.

En estas condiciones, la ética nueva, que apenas tiene base sobre la que asentar un juicio, no puede enunciar principios, sino sólo emitir recomendaciones. A fin de cuentas, todo depende para ella, de las conciencias individuales y de la idea que cada una de ellas se haga de la condición humana.
 
María Dubón | 11:13 | Permalink |
1 de abril de 2008
Prohibido pensar



Viñeta de Forges
 
María Dubón | 21:58 | Permalink |
15 de marzo de 2008
Prólogo de Einstein al libro “¿Adónde va la ciencia?” de Max Planck
Algunos hombres se dedican a la ciencia, pero no todos lo hacen por amor a la ciencia misma. Hay algunos que entran en su templo porque se les ofrece la oportunidad de desplegar sus talentos particulares. Para esta clase de hombres la ciencia es una especie de deporte en cuya práctica hallan un regocijo, lo mismo que el atleta se regocija con la ejecución de sus proezas musculares. Y hay otro tipo de hombres que penetran en el templo para ofrendar su masa cerebral con la esperanza de asegurarse un buen pago. Estos hombres son científicos tan sólo por la circunstancia fortuita que se presentó cuando elegían su carrera. Si las circunstancias hubieran sido diferentes podrían haber sido políticos o magníficos hombres de negocios. Si descendiera un ángel del Señor y expulsara del Templo de la Ciencia a todos aquellos que pertenecen a las categorías mencionadas, temo que el templo apareciera casi vacío. Pocos fieles quedarían, algunos de los viejos templos, algunos de nuestros días. Entre estos últimos hallaría a nuestro Planck. He aquí por qué siento estima por él.

Me doy cuenta que esa decisión significa la expulsión de algunas gentes dignas que han construido una gran parte, quizá la mayor, del Templo de la Ciencia, pero al mismo tiempo hay que convenir que si los hombres que se han dedicado a la ciencia pertenecieran tan sólo a esas dos categorías, el edificio nunca hubiera adquirido las grandiosas proporciones que exhibe al presente, igual que un bosque jamás podría crecer si sólo se compusiera de enredaderas.

Pero olvidémonos de ellos. Non ragionam di lor. Y vamos a dirigir nuestras miradas a aquellos que merecieron el favor del ángel. En su mayor parte son gentes extrañas, taciturnas, solitarias. Pero a pesar de su mutua semejanza están muy lejos de ser iguales a los que nuestro hipotético ángel expulsó.

¿Qué es lo que les ha conducido a dedicar sus vidas a la persecución de la ciencia? Difícil es responder a esta cuestión, y puede que jamás sea posible dar una respuesta categórica. Me inclino a pensar con Schopenhauer que uno de los más fuertes motivos que conduce a las gentes a entregar sus vidas al arte o a la ciencia es la necesidad de huir de la vida cotidiana con su gris y fatal pesadez, y así desprenderse de las cadenas de los deseos temporales que se van suplantando en una sucesión interminable, en tanto que la mente se fija sobre el horizonte del medio que nos rodean día tras día.

Pero a este motivo negativo debe añadirse otro positivo. La naturaleza humana ha intentado siempre formar por sí misma una simple y sinóptica imagen del mundo circundante. En consecuencia, ensaya la construcción de una imagen que proporcione cierta expresión tangible de lo que la mente humana ve en la naturaleza. Esto es lo que hacen, cada uno en su propia esfera, el poeta, el pintor y el filósofo especulativo. Dentro de este cuadro coloca el centro de gravedad de su propia alma, y en él quiere encontrar el reposo y equilibrio que no puede hallar dentro del estrecho círculo de sus agitadas reacciones personales frente a la vida cotidiana.

Entre las diversas imágenes del mundo formadas por el artista, el filósofo y el poeta ¿qué lugar ocupa la imagen del físico teórico? Su principal cualidad debe ser una exactitud escrupulosa y una coherencia lógica que sólo el lenguaje de las matemáticas puede expresar. Por otra parte, el físico tiene que ser severo y abnegado respecto al material que utiliza. Debe contentarse con reproducir los más simples procesos que se ofrecen a nuestra experiencia personal, pues los procesos más complejos no pueden ser representados por la mente humana con la sutil exactitud y la secuencia lógica que son indispensables para el físico teórico.

Incluso a expensas de la amplitud tenemos que asegurar la pureza, claridad y exacta correspondencia entre la representación y la cosa representada. Al darnos cuenta de que es muy pequeña la parte de la naturaleza que así podemos comprender y expresar en una fórmula exacta, mientras que tiene que ser excluido todo lo más sutil y complejo, es natural preguntarse: ¿qué tipo de atracción puede ejercer esta obra? ¿Merece el pomposo nombre de imagen del mundo el resultado de una selección limitada?

Creo que sí, pues las leyes más generales sobre las cuales se construye la estructura mental de la física teórica tienen que ser derivadas estudiando en la naturaleza incluso los fenómenos más sencillos. Si son bien conocidos, hay que ser capaz de deducir de ellos, mediante el razonamiento puramente abstracto, la teoría de todos los procesos de la naturaleza, incluyendo los de la vida misma. He querido decir teóricamente, pues en la práctica tal proceso de deducción está mucho más allá de la capacidad del razonamiento humano. Por tanto, el hecho de que en la ciencia tengamos que contentarnos con una imagen incompleta del universo físico no es debido a la naturaleza del universo, sino más bien a nosotros mismos.
Así, la labor suprema del científico es el descubrimiento de las leyes elementales más generales a partir de las cuales puede ser deducida lógicamente la imagen del mundo. Pero no existe un camino lógico para el descubrimiento de esas leyes elementales. Existe únicamente la vía de la intuición, ayudada por un sentido para el orden que yace tras las apariencias, y este Einfuehlung se desarrolla por la experiencia. ¿Es posible, pues, decir que cualquier sistema de física puede ser igualmente válido y admisible? Teóricamente nada hay de ilógico en esta idea. Pero la historia del desarrollo científico enseña que de todas las estructuras teóricas imaginables, una sola demuestra ser superior a las restantes en cada período por el que atraviesa el progreso de la ciencia.

Todo investigador que tenga experiencia sabe que el sistema teórico de la física depende del mundo de la percepción sensorial y está controlado por él, aunque no exista un camino lógico que nos permita elevarnos desde la percepción a los principios que rigen la estructura teórica. De todos modos, la síntesis conceptual que es un trasunto del mundo empírico puede ser reducida a unas cuantas leyes fundamentales sobre las cuales se construye lógicamente toda la síntesis. En cualquier progreso importante, el físico observa que las leyes fundamentales se simplifican cada vez más a medida que avanza la investigación experimental. Es asombroso ver cómo de lo que parece ser el caos surge el más sublime orden. Y esto no puede ser referido al trabajo mental del físico, sino a una cualidad que es inherente al mundo de la percepción. Leibniz expresaba adecuadamente esta cualidad denominándola armonía preestablecida.

Los físicos combaten algunas veces a los filósofos que se ocupan de las teorías del conocimiento, alegando que estos últimos no llegan a apreciar completamente este hecho. Yo creo que esa fue la base de la controversia entablada hace pocos años entre Ernst Mach y Max Planck. Él último tuvo probablemente la sensación de que Mach no apreciaba completamente el afán del físico por la percepción de esta armonía preestablecida. Este afán ha sido la fuente inagotable de la paciencia y persistencia de que ha hecho gala Planck al dedicarse a las cuestiones más comunes que surgen en relación con la ciencia física, cuando hubiera podido intentar otras vías que le condujeran a resultados atrayentes.

Muchas veces he oído que sus compañeros tienen la costumbre de atribuir esa actitud a sus extraordinarios dones personales de energía y disciplina. Creo que están en un error. El estado mental que proporciona en este caso el poder impulsor es semejante al del devoto o al del amante. El esfuerzo largamente prolongado no es inspirado por un plan o propósito establecido. Su inspiración surge de un hambre del alma.

Estoy seguro que Max Planck sonreirá ante mi infantil manera de escudriñar con la linterna de Diógenes. ¡Bueno! Pero ¿para que hablar de su grandeza? Su grandeza no necesita mi modesta confirmación. Su obra ha dado al progreso de la ciencia uno de los más poderosos impulsos. Sus ideas serán útiles en tanto que persista la ciencia física. Y espero que el ejemplo que brota de su vida no será menos útil para las próximas generaciones de físicos.
 
María Dubón | 16:46 | Permalink |
1 de marzo de 2008
El cielo es más caliente que el infierno
Es posible calcular la temperatura del cielo con los datos disponibles. La fuente es la mejor posible, pues nos la facilita Dios a través de su libro más conocido, la Biblia.

“Es más, la luz de la Luna será como la luz del Sol, y la luz del Sol será siete veces la luz de siete días”, se lee en Isaías 30:26. Entonces, el cielo recibe de la Luna tanta radiación como nosotros recibimos del Sol y, además, siete veces siete, o sea, 49 veces la que nosotros recibimos del Sol, o 50 veces la cantidad recibida del Sol. Ahora bien, la luz que recibimos de la Luna equivale a diez entre mil de la luz que recibimos del Sol, por lo que podemos despreciarla. Con estos datos ya podemos calcular la temperatura del cielo.

La radiación que cae sobre el cielo, lo calentará hasta el punto donde el calor perdido por la radiación se iguale con el calor recibido por la radiación. O lo que es lo mismo, el cielo pierde 50 veces más calor que el que pierde la Tierra. Usando la fórmula de Stefan-Boltzmann: (H/E)4 = 50, donde H es la temperatura absoluta del cielo y E, la temperatura absoluta de la Tierra (300º C), esto da que H, o la temperatura del cielo, es de 525º C.

La temperatura exacta del infierno no se puede calcular, pero debe ser inferior a 444,6º C, la temperatura a la que el azufre o el sulfuro cambia de líquido a gas. Así lo refleja la Biblia en Revelaciones 21:8: “Pero el temeroso y el infiel… tendrán sus cuerpos sumergidos en un lago de azufre y fuego”. Un lago de azufre líquido significa que su temperatura es más baja que la del punto de ebullición, que es 444,6º C. A partir de esta temperatura, sería vapor y no podría hablarse de lago.

Tenemos, pues, que la temperatura del cielo es de 525º C, mientras que la del infierno no sobrepasa los 445º C. Por lo tanto, la temperatura del cielo es superior a la del infierno.

Versión original del texto:
Heaven is hotter than hell
 
María Dubón | 15:55 | Permalink |
28 de febrero de 2008
En defensa de la Filosofía
Para cualquier sistema educativo democrático, como viene señalando la UNESCO desde 1953, resulta básico dedicar un espacio suficiente a la reflexión sobre los contenidos aprendidos en el conjunto de las asignaturas, de modo que los futuros ciudadanos dispongan de la posibilidad de articular racionalmente esa peculiar cultura que les demandará su vida intelectual y laboral (política). Resulta por tanto necesario para un programa de universalización y conocimiento, que defienda la mejora y la calidad de la Educación, la existencia imprescindible de asignaturas en donde los estudiantes adquieran herramientas teóricas y contenidos específicamente filosóficos, asegurando así su adecuado desarrollo intelectual mediante la configuración, articulación y aplicación de los saberes científicos. Distintos sectores de la Sociedad quisiéramos transmitir nuestra preocupación ante la posibilidad de que uno de los pilares de nuestra tradición cultural se vea mermado por las distintas reformas educativas.

La aplicación de la LOE va a afectar, en general, a la posibilidad de una enseñanza integral y de calidad al devaluarse los contenidos más teóricos de la educación, como son los científicos y los filosóficos. Esto es debido a una orientación hacia la proliferación nada armoniosa de asignaturas optativas en el currículo. Arrastrada por esta inercia, esta reforma afectará a las asignaturas propiamente Filosóficas, alterando tanto los contenidos como la asignación de horas para su desarrollo. Frente a las actuales 2 horas semanales de las que dispone la asignatura de Ética, su sustituta, la Educación Ético–Cívica, sólo dispondrá en la Comunidad de Madrid de 1 hora. A la Filosofía y Ciudadanía, que vendrá a reemplazar a la Filosofía de 1º de Bachillerato, sólo le corresponden (a falta de la publicación del Decreto autonómico que establezca el currículo de Bachillerato en la Comunidad de Madrid) 2 horas semanales. Y la Historia de la Filosofía de 2º de Bachillerato se encuentra en la misma situación.


Esto significa que las asignaturas obligatorias vinculadas a la Filosofía podrían ver reducida su carga horaria en una proporción importante, además de ver recortado su contenido más propiamente filosófico.


No obstante, a la espera de que la Comunidad de Madrid cumpla con su compromiso educativo, en el momento de la determinación del 35 % del currículo que le compete, requerimos que apueste por una enseñanza de calidad, de manera tal que mantenga las horas necesarias para el desarrollo de los contenidos específicamente filosóficos.


Expuesto lo anterior, solicitamos de la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid (a la que corresponde el establecimiento definitivo del currículo del Bachillerato en esta comunidad autónoma) lo siguiente:


a) Que la asignatura de Ética de 4º E.S.O. vuelva a contar con sus dos horas semanales de clase. La situación de la Educación Ético–Cívica, con sólo una hora semanal de clase, hará casi imposible un tratamiento de los problemas que no consista en un adoctrinamiento ideológico. Esto, con independencia de cualquier posible característica interna de la asignatura, se debe sencillamente al poco tiempo del que dispondrá: con una hora a la semana será materialmente imposible intentar articular reflexivamente en clase las distintas Teorías Éticas y su fundamentación filosófica.


b) Que la asignatura de Filosofía y Ciudadanía conserve las tres horas semanales de que dispone la Filosofía actual: Los contenidos mínimos establecidos en el currículo de Bachillerato requieren un tiempo suficiente para dotar a los alumnos de las herramientas conceptuales mínimas para articular la reflexión teórica exigida. La permanencia en el currículo de un bloque destinado a la introducción general a la filosofía, junto a los bloques específicos de filosofía política, hace que sea indispensable contar con esta tercera hora en 1º de Bachillerato.


c) Que la asignatura de Historia de la Filosofía cuente con cuatro horas semanales de clase: De entre todas las asignaturas de las que los alumnos tienen que examinarse en la P.A.U., Historia de la Filosofía se encuentra en una situación desfavorable, pues dispone únicamente de 3 horas semanales para su desarrollo frente a las 4 horas de las que dispone el resto. Frente a este clamoroso agravio comparativo se hace necesario disponer de 4 horas semanales para su desarrollo.


Solicitamos, en definitiva, el apoyo de todos: de los profesores, que saben de la importancia de un exigente nivel de contenidos, de alumnos, madres y padres, de las Administraciones Públicas y de todo ciudadano conocedor de los requerimientos de una cultura democrática. Pues no reclamamos sino los medios y la organización necesarios para la formación científica y teórica de los ciudadanos cultos que nuestra sociedad reclama.

Para firmar el manifiesto, rellene el formulario adjunto en la página: Filosofia.net
 
María Dubón | 16:31 | Permalink |
15 de febrero de 2008
Ateo
La palabra “ateísmo” data de 1532; “ateo” existe desde el siglo II de nuestra era entre los cristianos que denuncian y estigmatizan a los atheos, aquellos que no creen en su dios resucitado al tercer día. De aquí a concluir que estos individuos con criterio, que no se dejan embaucar con historias para niños y no veneran a ningún Dios, sólo hay un paso, que se da enseguida. De manera que los paganos (los que rinden culto a los dioses del campo –lo confirma la etimología- pasan por ser unos negadores de los dioses y, por tanto, de Dios. El jesuita Garrasse convirtió a Lutero en un ateo, y Ronsard hizo lo mismo con los hugonotes…

La palabra equivale a un insulto absoluto: el ateo es inmoral, el personaje inmundo que se convierte en culpable de querer saber más o de estudiar los libros una vez le ha caído encima el epíteto. No basta con una palabra para impedirle actuar. Funciona como el engranaje de una máquina de guerra que se lanza contra aquellos que no evolucionan en la línea de la más pura ortodoxia católica, apostólica y romana. Ateo y hereje son, finalmente, una misma cosa. Y esto incluye a un montón de gente.

Epicuro tuvo que hacer frente bien pronto a acusaciones de ateísmo, pero lo cierto es que ni él ni los epicúreos niegan la existencia de los dioses. Formados de materia sutil, éstos son numerosos y ocupan mundos intermedios, impasibles, despreocupados del destino de los hombres y de la marcha del universo, verdaderas encarnaciones de la ataraxia, ideas de razón filosófica; modelos susceptibles de generar sabiduría por imitación, los dioses del filósofo y de sus discípulos existen con todos los puntos y comas, además, en un número considerable. Pero no como los de la polis griega, que convidan, por medio de sus sacerdotes, a doblegarse a las exigencias comunitarias y sociales. Ésta es su única culpa: la naturaleza antisocial.

Así pues, la historiografía del ateísmo, escasa, lenta y más bien mala, comete un error cuando lo data en los primeros tiempos de la humanidad. Las cristalizaciones sociales apelan a la trascendencia: el orden, la jerarquía (etimológicamente, el poder de lo sagrado). La política y la polis funcionan con mayor facilidad cuanto más apelan al poder vengativo de los dioses, representados presuntamente en la Tierra por los dominadores que, muy oportunamente, disponen del mando.

Los dioses (o Dios) embarcados en una empresa de justificación del poder, pasan por ser los interlocutores preferidos de los jefes de la tribu, de los reyes y príncipes. Estas figuras terrenales pretenden hacer creer que su poder les viene directamente de los dioses, que ellos le confirmarían mediante unas señales descodificadas, obviamente, por la casta de los sacerdotes, también interesada en los beneficios del ejercicio de una fuerza supuestamente legal. A partir de aquí, el ateísmo se convierte en un arma útil para llevar a éste o a aquél, a poco que se resista o proteste, a la prisión, a la mazmorra o, incluso, al patíbulo.

El ateísmo no comienza con aquellos que la historiografía oficial condena e identifica como tales. El nombre de Sócrates no puede figurar con una justificación en la historia del ateísmo. Ni el de Epicuro y los suyos. Ni tampoco el de Protágoras, que se contenta con afirmar en “Sobre los dioses” que él, respecto a este tema, no puede llegar a ninguna conclusión, ni de la existencia ni de la inexistencia. Algo que, como mucho, define un agnosticismo, una indeterminación, un escepticismo, si se quiere, pero de ninguna manera el ateísmo, ya que éste supone una clara afirmación de la inexistencia de los dioses.

El dios de los filósofos entra a menudo en conflicto con el de Abraham, Jesús y Mahoma. Para comenzar, porque el primero procede de la inteligencia, de la razón, de la deducción, del razonamiento, y después porque el segundo comporta un dogma, la revelación, la obediencia (a causa de la colusión entre los poderes espiritual y temporal). El Dios de Abraham define sobre todo el de Constantino, después el de los papas o de los príncipes guerreros muy poco cristianos. No tiene nada que ver con las elucubraciones extravagantes compuestas con causas incausadas, con los primeros motores inmóviles, con ideas innatas, con armonías preestablecidas y otras pruebas cosmológicas, ontológicas o psicoteológicas.

Con frecuencia, cualquier veleidad filosófica de pensar en Dios sin ceñirse al modelo político dominante se convierte en ateísmo. Así, cuando la Iglesia corta la lengua al sacerdote Jules-César Vanini, lo cuelga y después lo envía a la hoguera en Toulouse, el 19 de febrero de 1619, asesina al autor de una obra que lleva por título “Amphithéâtre de l’éternelle Providence divino-magique, christiano-physique et non moins astrologico-catholique, contre les philosophes, les athées, les épicuriens, les péripatéticiens et les stoïciens” (1915).

Pasando por alto que el título no es muy adecuado, es una equivocación, si atendemos a su longitud, hay que entender que este pensamiento oximórico no recusa la providencia, el cristianismo, el catolicismo, sino que, en cambio, rechaza claramente el ateísmo, el epicureismo y otras escuelas filosóficas paganas. Pues bien, la suma de todo esto no da como resultado un ateo –motivo por el que se le condena a muerte-, sino más probablemente un tipo de panteísmo ecléctico. Algo que de todas maneras es herético porque es heterodoxo.

Spinoza, otro panteísta, también fue condenado por ateísmo, es decir, por falta al la ortodoxia judía. El 27 de julio de 1656, los “parnassim” con su “mahamad” –las autoridades judías de Ámsterdam- leen en hebreo ante el arca de la sinagoga, el Houtgracht, un texto de una violencia escalofriante: se le imputan herejías horribles, actos monstruosos, opiniones peligrosas, mala conducta, es decir, motivos suficientes para pronunciar un “herem” que nunca se ha anulado.

La comunidad gusta de palabras de una brutalidad extrema: excluido, expulsado, execrado, maldito de día y de noche, mientras duerme y mientras vela, al entrar y salir de su casa… Los hombres de Dios apelan a la cólera de su ficción y a su maldición que se desencadena sin límites ni de espacio ni de tiempo. Para completar el cuadro, los “parnassim” quieren que el nombre de Spinoza sea borrado de la faz del planeta por siempre. No lo han conseguido.

La lista de los pobres desgraciados ajusticiados bajo la acusación de ateísmo en la historia y que eran sacerdotes, creyentes, practicantes, sinceramente convencidos de la existencia de un Dios único, católicos, apostólicos y romanos; la de los testigos del Dios de Abraham o de Alá pasados, también ellos, por las armas en una cantidad increíble por no haber profesado su fe dentro de las normas y las reglas; la de los anónimos que no llegaron a ser rebeldes u opositores a los poderes que invocaban el monoteísmo, ni refractarios; todos estos hechos macabros son testimonio: ateo, antes que definir a quien niega a Dios, sirve para perseguir y condenar el pensamiento del individuo que se ha deshecho, aunque sea de manera mínima, de la autoridad y la tutela social en materia de pensamiento y reflexión. ¿Quién es ateo? Es el hombre libre ante Dios, hasta para negar su existencia.
 
María Dubón | 17:31 | Permalink |