1 de marzo de 2012

El final de un tiempo de certezas

Según la metáfora de Nietzsche, los europeos se hallaban a la deriva, habían quemado los puentes y se habían echado a la mar con sus naves. Ante ellos se extendía el mar abierto, misterioso, infinito y terrible. Si se dejaban llevar por la nostalgia de la tierra firme, se encontrarían con serias dificultades, ya que la tierra firme no existía. Nietzsche hablaba “de una minoría de espíritus libres”, pues sabía que la “mayoría de la gente de la Vieja Europa” continuaba necesitando la religión, la metafísica o la ciencia. Asimismo, nadie podía vivir mucho tiempo con esta cómoda incertidumbre. “Quizás nunca antes en la historia existió un mar abierto semejante”. Esta abertura infinita observada por Nietzsche era la culminación de un siglo de pensamiento crítico, de duda corrosiva, pero también de positivismo. La desorientación, más radical que en cualquier otra época anterior, era la tendencia inevitable, una sensación de no saber donde estaba la certeza y si todavía existía, y de no saber que podría traer el futuro.

Esta desorientación podía contemplarse como la aparición de todas las formas posibles de conocimiento o como la pérdida de la única forma posible de conocimiento. Nietzsche celebró esta contingencia, pese a todos sus riesgos. La desorientación, tanto si despertaba un sentimiento positivo como uno negativo, modeló las nuevas respuestas a las preguntas de siempre. La naturaleza humana comenzó a considerarse menos racional, el conocimiento más subjetivo y la historia menos comprensible y predecible. La corriente general del pensamiento iba hacia un universo dominado por el azar, sometido al cambio constante, sin finalidad ni objetivo. Y a pesar de que el fin del siglo XIX no representó un modo predominante y unificado de pensamiento, se podrían establecer los rasgos comunes y las constantes que aparecen en el pensamiento de los últimos años del siglo XIX y de los primeros del XX.

La revuelta contra el positivismo es una constante de este pensamiento. Esta revuelta era esencialmente una reacción contra el culto a la ciencia y contra la visión del mundo proyectada por la ciencia que, según afirmaba, denigraba la vida y el espíritu; pese a todo, no era tanto una revuelta contra la ciencia en sí misma, como en contra del cientificismo. Más concretamente, esta revuelta se centraba contra la pretensión de la ciencia de considerar todo conocimiento como de dominio propio y contra la idea del determinismo, que era considerado limitador de la libertad. En realidad, se insistía en el afianzamiento de la irracionalidad de los hombres, no porque se defendiera la desrazón, sino porque se consideraba que la razón no era la única ni la más perfecta forma de conocimiento. No se atacaba a la razón, se atacaba la presunción de que la razón positiva fuese el único medio para salir de la ignorancia.

1 de febrero de 2012

Conciencia

Las opiniones sobre lo que está bien y lo que está mal difieren. Una de las posibles conclusiones de esta observación sería la de que cada persona debe seguir su propia conciencia. Pero, que sea correcto o no actuar según la conciencia depende, de hecho, de lo que ésta diga al respecto. La falacia de que siempre se tiene que seguir la propia conciencia se basa en dos consideraciones: la primera es “que los dictados de la conciencia siempre son acertados”; y la segunda, que “nadie debería ser obligado a actuar en contra de su conciencia”. Actuar en conciencia no exonera a la persona de su responsabilidad moral. La conciencia puede cometer errores o ser consultada con demasiada ligereza. A veces es preciso seguir la conciencia en contra de la opinión general, o incluso en contra de la ley. Pero esto no es excusa para obrar mal.

En sus inicios, la Iglesia cristiana consideró la conciencia como un esclarecimiento interno dado por Dios para distinguir el bien del mal. Pero como los filósofos griegos habían alcanzado sólidas conclusiones sobre la sabiduría práctica y la virtud moral cinco siglos antes de la llegada del cristianismo, los pensadores cristianos razonaron que debía de haber otro modo, independiente de la revelación o la autoridad eclesiástica, de llegar a tal comprensión. Se pensaba que ésta debía ser una facultad interna, propia de la razón o de la intuición, común a todos los seres humanos. En el periodo preescolástico se atribuyó a la intuición. Agustín enseñó que dios había otorgado una conciencia como medio directo de conocer la ley moral. Sin embargo, más adelante se remitió a la razón, y Tomás de Aquino pensó que, más allá de la evidencia de que se debe hacer el bien y evitar el mal, la conciencia, como facultad más compleja, ayuda a razonar sobre la corrección o incorrección moral de las acciones concretas.

En los siglos XVII y XVIII, los filósofos también pensaron en una facultad moral, “un sentido moral o conciencia”. Shaftesbury y Hutcheson consideraron que el sentido moral es una cuestión que atañe al sentimiento: repugnancia del mal y aprobación del bien. Otros pensadores contemplaron que estas reacciones estaban basadas más en la razón que en el sentimiento. El obispo Joseph Butler criticó a Shaftesbury por hacer que la moral dependiera del sentimiento más que de la razón y por relacionarla únicamente con la felicidad. En cambio, él consideraba que la naturaleza humana está constituida por una jerarquía en cuyo ápice se asienta la conciencia. El amor por uno mismo y la benevolencia, en posición intermedia, son principios importantes pero menores; y en el peldaño inferior se hallan las pasiones y los apetitos personales.

La descripción kantiana del papel que desempeña la razón en la toma de decisiones morales es más abstracta y compleja que esta simple apelación a la conciencia. No obstante, Kant concedió también especial atención a la conciencia en su teoría moral y, de hecho, creía que la conciencia ofrecía el único móvil moral. Para Kant, la conciencia es el deseo de seguir la ley moral: el principio del deber por el deber mismo.

En el siglo XX, el filósofo intuicionista H.A. Prichard atribuyó a la filosofía moral anterior el error de buscar un motivo o una razón para cumplir con el deber. Si uno tiene dudas respecto a su deber, si se pregunta, por ejemplo, si debería pagar una deuda, lo único que puede hacer es imaginar una situación en la que el principio en cuestión esté involucrado y “dejar que la propia capacidad de pensar moralmente haga su trabajo”.

Es habitual presuponer que se debe obedecer la conciencia. Pero esta sencilla idea presenta una serie de dificultades. Muchos problemas morales son complejos y necesitan analizarse de un modo que no está al alcance de la conciencia. Además, parece haber excepciones legítimas a principios generalmente acordados, como el de que uno no debería mentir, y parece asimismo, en in, que la conciencia no siempre transmite el mismo mensaje. Esto fue reconocido en la antigüedad, como demuestra el siguiente relato del historiador griego Herodoto. Según éste, el rey Darío de Persia preguntó a unos visitantes griegos qué tendría que ofrecerles para persuadirles de que comieran los cuerpos de sus difuntos padres. Horrorizados, los griegos dijeron que ninguna cantidad de dinero en el mundo podría convencerles para hacer tal cosa. Entonces Darío hizo entrar en la estancia a los miembros de una tribu que consideraban un deber sagrado comer los cuerpos muertos de sus padres y les preguntó qué tendría que darles para que en lugar de comerlos los quemaran. Estos últimos se sintieron igualmente horrorizados.

Actualmente, las prácticas varían tanto como en tiempos de Herodoto. Por ejemplo, algunas personas creen que la pena capital es la manera más justa para tratar a los asesinos, mientras que a otros les asquea la idea de acabar deliberadamente con cualquier vida humana. Unas sociedades aceptan la poligamia, mientras que otras defienden la monogamia.

De lo antes mencionado, algunas personas extraerán conclusiones escépticas sobre la naturaleza de la conciencia. Pero, ¿está justificado este escepticismo? Cada cultura tiene un concepto del asesinato que lo diferencia de la ejecución judicial o de matar en una guerra. La regulación de una conducta sexual, aunque puede variar en áreas específicas, es universal, como también lo son las obligaciones entre padres e hijos. Es posible exagerar las diferencias, pero, aunque existan, la idea de que la conciencia es una fuente de valores compartidos puede encontrar su base en la similitud de las necesidades humanas.

1 de enero de 2012

Alejandro Magno

Encontrándose al borde de la muerte, Alejandro Magno convocó a sus generales y les comunicó sus últimos deseos:

1. Que el ataúd fuese llevado en hombros y transportado por sus propios médicos de la época.

2. Que los tesoros que hubiera conquistado (plata, oro, piedras preciosas) fueran esparcidas por el camino hasta su tumba.

3. Que sus manos quedaran balanceándose en el aire, fuera del ataúd y a la vista de todos.

Uno de los generales, asombrado por tan insólitos deseos, le preguntó a Alejandro ¿cuáles eran sus razones?

Alejandro explicó:

1. Quiero que los más eminentes médicos carguen con mi ataúd para así mostrar que ellos no tienen ante la muerte el poder de curar.

2. Quiero que el suelo sea cubierto por mis tesoros para que todos puedan ver que los bienes materiales aquí conquistados aquí permanecen.

3. Quiero que mis manos se balanceen al viento, para que las personas puedan ver que vinimos con las manos vacías y con las manos vacías partimos.

1 de diciembre de 2011

Ser religioso no significa ser bueno

Si la existencia de Dios, independientemente de que sea judío, cristiano o musulmán, previniera, por poco que fuera, del odio, la mentira, la violación, el pillaje, la inmoralidad, la extorsión, el perjurio, la violencia, el menosprecio, la maldad, el crimen, la corrupción, la perfidia, el falso testimonio, la depravación, la pedofilia, el infanticidio, la canallada y la perversión, habríamos visto, no a los ateos (pues son considerados intrínsecamente viciosos) sino a los rabinos, sacerdotes, papas, obispos, pastores, imanes y con ellos a sus fieles, a todos sus fieles, que suman mucha gente, practicar el bien, sobresalir en la virtud, dar ejemplo y demostrar a los “perversos” que no tienen Dios que la moralidad está de su lado: que respetan escrupulosamente los Mandamientos y obedecen las consignas de las suras; por tanto, no mienten, no roban ni violan, no difunden falsos testimonios, ni matan, y todavía menos fomentan atentados terroristas en Manhattan, expediciones punitivas en la franja de Gaza o no encubren los actos de sus sacerdotes pedófilos. Entonces veríamos que a su alrededor los fieles se transforman gracias a su comportamiento intachable y ejemplar. Pero en vez de eso…

Por tanto, que nunca más se asocie el mal de este planeta al ateísmo. La existencia de Dios, en mi opinión, ha generado en su nombre muchas más batallas, masacres, conflictos y guerras a lo largo de la historia que serenidad, amor al prójimo, perdón de los pecados o tolerancia. Por lo que yo sé, los papas, los príncipes, los reyes, los califas y los emires no han brillado mayoritariamente por su virtud, hasta el punto que Moisés, Pablo y Mahoma sobresalían, respectivamente, en el asesinato, las palizas o las razias, algo que demuestran sus biografías. Quizás estos actos puedan considerarse como variaciones sobre el tema del amor al prójimo.

1 de noviembre de 2011

El sentido de la vida

Los seres humanos tendemos a la excentricidad intelectual, a la parcialidad, a la compartimentación de la vida y de sus problemas. Eso si no caemos en el egoísmo más recalcitrante. Es posible que este desenfoque corresponda a un intento de la mente por mantenerse sana entre tantos inputs y estímulos como recibe. Lo que resulta lamentable es que a caballo entre –ismos e –istas parciales se pierda el norte. Las agendas se llenan de actos que organizan oenegistas, animalistas, asambleístas, catequistas… El hombre completo, global, integrador, se halla en vías de extinción. La pregunta de por qué no se indigna hoy la gente es retórica: la indignación está, como casi todo, parcelada y dividida. Se le ha aplicado a los ciudadanos el principio bélico de divide y vencerás

Tiempo atrás, casi todos los habitantes del mundo conocían el sentido de su existencia: la vida humana es un lapso de prueba para el alma, quien se acerca a Dios y a su doctrina consigue la auténtica vida, la vida eterna al lado del Padre y de sus seres queridos. Así pues, el objetivo de vivir era hacerlo conforme a las propuestas del programa de salvación, una especie de filantropía oriental con toques místicos. Si vivir es un penar en el valle de lágrimas, morir es el paso necesario para alcanzar la vida eterna. Todavía quedan personas que piensan de esta manera, en cristiano. Y a su manera son felices, y lo más importante, son objetivamente coherentes y consecuentes. También son felices, coherentes y consecuentes las personas sin creencias religiosas, que saben que al final de sus días hay un non plus ultra y se aplican el carpe diem de los clásicos. También los agnósticos y los ateos conocen el sentido de la vida. Y los que dudan y se pasean por el filo de la navaja de la creencia y la descreencia. La mayoría de personas, en cambio, ignoran qué sentido tiene la vida y, por descontado, si tiene sentido la muerte, la propia y la de los demás. Si uno no sabe ni eso, ni por qué ha de morir, y le da igual planteárselo, difícilmente dará sentido a su vida.

Aunque solo fuera por principio de supervivencia: tengo que saber dónde está el peligro para caminar en dirección contraria; aunque fuera por aplicar el principio escolta: procuraré dejar el mundo mejor de cómo lo he encontrado, cada hijo de vecino debería saber qué hace en esta vida, plantearse el sentido de sus días. ¿Hay algo más triste que no saber qué finalidad tiene tu vida?


6 de octubre de 2011

Discurso de Steve Jobs en la Universidad de Stanford

El 12 de junio de 2005, Steve Jobs pronunció en la Universidad de Stanford un discurso que es considerado pieza de oratoria y una lección magistral de filosofía para la vida.

El cuerpo de su doctrina puede resumirse en tres puntos:

-Apartarse de los caminos pautados y tener como guía la intuición y la curiosidad.

-Encontrar una pasión que nos mueva y amar lo que uno hace.

-Recordar que uno va a morir pronto es la mejor herramienta para tomar las grandes decisiones de la vida.

A continuación, el discurso íntegro.



Gracias.

Tengo el honor de estar hoy aquí con vosotros en vuestro comienzo en una de las mejores universidades del mundo. La verdad sea dicha, yo nunca me gradué.

A decir verdad, esto es lo más cerca que jamás he estado de una graduación universitaria.

Hoy os quiero contar tres historias de mi vida. Nada especial. Sólo tres historias.

La primera historia versa sobre "conectar los puntos".

Dejé la Universidad de Reed tras los seis primeros meses, pero después seguí vagando por allí otros 18 meses, más o menos, antes de dejarlo del todo. Entonces, ¿por qué lo dejé?

Comenzó antes de que yo naciera.

Mi madre biológica era una estudiante joven y soltera, y decidió darme en adopción. Ella tenía muy claro que quienes me adoptaran tendrían que ser titulados universitarios, de modo que todo se preparó para que fuese adoptado al nacer por un abogado y su mujer.

Solo que cuando yo nací decidieron en el último momento que lo que de verdad querían era una niña.

Así que mis padres, que estaban en lista de espera, recibieron una llamada a medianoche preguntando:

"Tenemos un niño no esperado; ¿lo queréis?"

"Por supuesto", dijeron ellos.

Mi madre biológica se enteró de que mi madre no tenía titulación universitaria, y que mi padre ni siquiera había terminado el bachillerato, así que se negó a firmar los documentos de adopción. Sólo cedió, meses más tarde, cuando mis padres prometieron que algún día yo iría a la universidad.

Y 17 años más tarde fui a la universidad. Pero de forma descuidada elegí una universidad que era casi tan cara como Stanford, y todos los ahorros de mis padres, de clase trabajadora, los estaba gastando en mi matrícula.

Después de seis meses, no le veía propósito alguno. No tenía idea de qué quería hacer con mi vida, y menos aún de cómo la universidad me iba a ayudar a averiguarlo.

Y me estaba gastando todos los ahorros que mis padres habían conseguido a lo largo de su vida. Así que decidí dejarlo, y confiar en que las cosas saldrían bien.

En su momento me dio miedo, pero en retrospectiva fue una de las mejores decisiones que nunca haya tomado.

En el momento en que lo dejé, ya no fui más a las clases obligatorias que no me interesaban y comencé a meterme en las que parecían interesantes. No era idílico. No tenía dormitorio, así que dormía en el suelo de las habitaciones de mis amigos, devolvía botellas de Coca Cola por los 5 céntimos del envase para conseguir dinero para comer, y caminaba más de 10 Km los domingos por la noche para comer bien una vez por semana en el templo de los Hare Krishna.

Me encantaba.

Y muchas cosas con las que me fui topando al seguir mi curiosidad e intuición resultaron no tener precio más adelante.

Os daré un ejemplo.

En aquella época la Universidad de Reed ofrecía la que quizá fuese la mejor formación en caligrafía del país. En todas partes del campus, todos los póster, todas las etiquetas de todos los cajones, estaban bellamente caligrafiadas a mano.

Como ya no estaba matriculado y no tenía clases obligatorias, decidí atender al curso de caligrafía para aprender cómo se hacía.

Aprendí cosas sobre el serif y tipografías sans serif, sobre los espacios variables entre letras, sobre qué hace realmente grande a una gran tipografía.

Era sutilmente bello, histórica y artísticamente, de una forma que la ciencia no puede capturar, y lo encontré fascinante. Nada de esto tenía ni la más mínima esperanza de aplicación práctica en mi vida. Pero diez años más tarde, cuando estábamos diseñando el primer ordenador Macintosh, todo eso volvió a mí.

Y diseñamos el Mac con eso en su esencia. Fue el primer ordenador con tipografías bellas. Si nunca me hubiera dejado caer por aquél curso concreto en la universidad, el Mac jamás habría tenido múltiples tipografías, ni caracteres con espaciado proporcional. Y como Windows no hizo más que copiar el Mac, es probable que ningún ordenador personal los tuviera ahora. Si nunca hubiera decidido dejarlo, no habría entrado en esa clase de caligrafía y los ordenadores personales no tendrían la maravillosa tipografía que poseen.

Por supuesto, era imposible conectar los puntos mirando hacia el futuro cuando estaba en clase, pero fue muy, muy claro al mirar atrás diez años más tarde.

Lo diré otra vez: no puedes conectar los puntos hacia adelante, sólo puedes hacerlo hacia atrás. Así que tenéis que confiar en que los puntos se conectarán alguna vez en el futuro. Tienes que confiar en algo, tu instinto, el destino, la vida, el karma, lo que sea.

Esta forma de actuar nunca me ha dejado tirado, y ha marcado la diferencia en mi vida.

Mi segunda historia es sobre el amor y la pérdida.

Tuve suerte - supe pronto en mi vida qué era lo que más deseaba hacer. Woz y yo creamos Apple en la cochera de mis padres cuando tenía 20 años. Trabajamos mucho, y en diez años Apple creció de ser sólo nosotros dos a ser una compañía valorada en 2 mil millones de dólares y 4.000 empleados.

Hacía justo un año que habíamos lanzado nuestra mejor creación - el Macintosh - un año antes, y hacía poco que había cumplido los 30.

Y me despidieron.

¿Cómo te pueden echar de la empresa que tú has creado?

Bueno, mientras Apple crecía contratamos a alguien que yo creía muy capacitado para llevar la compañía junto a mí, y durante el primer año, más o menos, las cosas fueron bien. Pero luego nuestra perspectiva del futuro comenzó a ser distinta y finalmente nos apartamos completamente. Cuando eso pasó, nuestra Junta Directiva se puso de su parte.

Así que a los 30 estaba fuera. Y de forma muy notoria.

Lo que había sido el centro de toda mi vida adulta se había ido y fue devastador.

Realmente no supe qué hacer durante algunos meses. Sentía que había dado de lado a la anterior generación de emprendedores, que había soltado el testigo en el momento en que me lo pasaban. Me reuní con David Packard [de HP] y Bob Noyce [Intel], e intenté disculparme por haberlo fastidiado tanto. Fue un fracaso muy notorio, e incluso pensé en huir del valle [Silicon Valley].

Pero algo comenzó a abrirse paso en mí - aún amaba lo que hacía. El resultado de los acontecimientos en Apple no había cambiado eso ni un ápice. Había sido rechazado, pero aún estaba enamorado. Así que decidí comenzar de nuevo.

No lo vi así entonces, pero resultó ser que el que me echaran de Apple fue lo mejor que jamás me pudo haber pasado.

Había cambiado el peso del éxito por la ligereza de ser de nuevo un principiante, menos seguro de las cosas. Me liberó para entrar en uno de los periodos más creativos de mi vida. Durante los siguientes cinco años, creé una empresa llamada NeXT, otra llamada Pixar, y me enamoré de una mujer asombrosa que se convertiría después en mi esposa.

Pixar llegó a crear el primer largometraje animado por ordenador, Toy Story, y es ahora el estudio de animación más exitoso del mundo. En un notable giro de los acontecimientos, Apple compró NeXT, yo regresé a Apple y la tecnología que desarrollamos en NeXT es el corazón del actual renacimiento de Apple. Y Laurene y yo tenemos una maravillosa familia.

Estoy bastante seguro de que nada de esto habría ocurrido si no me hubieran echado de Apple. Creo que fue una medicina horrible, pero supongo que el paciente la necesitaba. A veces, la vida te da en la cabeza con un ladrillo. No perdáis la fe. Estoy convencido de que la única cosa que me mantuvo en marcha fue mi amor por lo que hacía. Tenéis que encontrar qué es lo que amáis. Y esto vale tanto para vuestro trabajo como para vuestros amantes.

El trabajo va a llenar gran parte de vuestra vida, y la única forma de estar realmente satisfecho es hacer lo que consideréis un trabajo genial. Y la única forma de tener un trabajo genial es amar lo que hagáis. Si aún no lo habéis encontrado, seguid buscando.

No os conforméis.

Como en todo lo que tiene que ver con el corazón, lo sabréis cuando lo hayáis encontrado. Y como en todas las relaciones geniales, las cosas mejoran y mejoran según pasan los años. Así que seguid buscando hasta que lo encontréis.

No os conforméis.

Mi tercera historia es sobre la muerte.

Cuando tenía 17 años, leí una cita que decía algo como: "Si vives cada día como si fuera el último, algún día tendrás razón". Me marcó, y desde entonces, durante los últimos 33 años, cada mañana me he mirado en el espejo y me he preguntado: "Si hoy fuese el último día de mi vida, ¿querría hacer lo que voy a hacer hoy?" Y si la respuesta era "No" durante demasiados días seguidos, sabía que necesitaba cambiar algo.

Recordar que voy a morir pronto es la herramienta más importante que haya encontrado para ayudarme a tomar las grandes decisiones de mi vida.

Porque prácticamente todo, las expectativas de los demás, el orgullo, el miedo al ridículo o al fracaso se desvanece frente a la muerte, dejando sólo lo que es verdaderamente importante.

Recordar que vas a morir es la mejor forma que conozco de evitar la trampa de pensar que tienes algo que perder. Ya estás desnudo. No hay razón para no seguir tu corazón.

Hace casi un año me diagnosticaron cáncer.

Me hicieron un chequeo a las 7:30 de la mañana, y mostraba claramente un tumor en el páncreas. Ni siquiera sabía qué era el páncreas. Los médicos me dijeron que era prácticamente seguro un tipo de cáncer incurable y que mi esperanza de vida sería de tres a seis meses. Mi médico me aconsejó que me fuese a casa y dejara zanjados mis asuntos, forma médica de decir: prepárate a morir.

Significa intentar decirle a tus hijos en unos pocos meses lo que ibas a decirles en diez años. Significa asegurarte de que todo queda atado y bien atado, para que sea tan fácil como sea posible para tu familia. Significa decir adiós.

Viví todo un día con ese diagnóstico.

Luego, a última hora de la tarde, me hicieron una biopsia, metiéndome un endoscopio por la garganta, a través del estómago y el duodeno, pincharon el páncreas con una aguja para obtener algunas células del tumor. Yo estaba sedado, pero mi esposa, que estaba allí, me dijo que cuando vio las células al microscopio el médico comenzó a llorar porque resultó ser una forma muy rara de cáncer pancreático que se puede curar con cirugía.

Me operaron, y ahora estoy bien. Esto es lo más cerca que he estado de la muerte, y espero que sea lo más cerca que esté de ella durante algunas décadas más. Habiendo vivido esto, ahora os puedo decir esto con más certeza que cuando la muerte era un concepto útil, pero puramente intelectual:

Nadie quiere morir.

Ni siquiera la gente que quiere ir al cielo quiere morir para llegar allí. Y sin embargo la muerte es el destino que todos compartimos. Nadie ha escapado de ella. Y así tiene que ser, porque la Muerte es posiblemente el mejor invento de la Vida. Es el agente de cambio de la Vida. Retira lo viejo para hacer sitio a lo nuevo.

Ahora mismo lo nuevo sois vosotros, pero dentro de no demasiado tiempo, de forma gradual, os iréis convirtiendo en lo viejo, y seréis apartados. Siento ser tan dramático, pero es bastante cierto. Vuestro tiempo es limitado, así que no lo gastéis viviendo la vida de otro.

No os dejéis atrapar por el dogma que es vivir según los resultados del pensamiento de otros.

No dejéis que el ruido de las opiniones de los demás ahogue vuestra propia voz interior.

Y lo más importante, tened el coraje de seguir a vuestro corazón y vuestra intuición.

De algún modo ellos ya saben lo que tú realmente quieres ser.

Todo lo demás es secundario.

Cuando era joven, había una publicación asombrosa llamada The Whole Earth Catalog [Catálogo de toda la Tierra], una de las biblias de mi generación. La creó un tipo llamado Stewart Brand no lejos de aquí, en Menlo Park y la trajo a la vida con su toque poético. Eran los últimos años 60, antes de los ordenadores personales y la autoedición, así que se hacía con máquinas de escribir, tijeras, y cámaras Polaroid. Era como Google con tapas de cartulina, 35 años de que llegara Google, era idealista, y rebosaba de herramientas claras y grandes conceptos. Stewart y su equipo sacaron varios números del The Whole Earth Catalog, y cuando llegó su momento, sacaron un último número.

Fue a mediados de los 70, y yo tenía vuestra edad.

En la contraportada de su último número había una fotografía de una carretera por el campo a primera hora de la mañana, la clase de carretera en la que podrías encontrarte haciendo autoestop si sois aventureros. Bajo ella estaban las palabras:

"Sigue hambriento. Sigue alocado".

Era su último mensaje de despedida. Sigue hambriento. Sigue alocado.

Y siempre he deseado eso para mí. Y ahora, cuando os graduáis para comenzar de nuevo, os deseo eso a vosotros.

Seguid hambrientos. Seguid alocados.

Muchísimas gracias a todos.



1 de octubre de 2011

Encontrarle sentido a la vida

La ausencia de Humanismo de los planes de estudio agrava la vacuidad de las personas, que se enfrentan a la muerte sin saber por qué viven. De hecho, racional y tradicionalmente, solo son posibles dos vías para dotar de sentido a la existencia humana: o vivir con los otros o encerrarse en el propio yo a explorar la existencia. O sea, descubrir que el hombre es un ser que necesita comunicarse, expandirse, interaccionarse, asociarse (en nombre de una ideología o de una religión, es lo mismo); darse cuenta de que la calidad de la vida individual depende de la colectiva y aceptar que de todo individuo, la sociedad espera un poco de colaboración. O por el contrario, averiguar que lo único que da sentido a la vida es el yo, un yo que enferma, que caduca, que muere, un yo melancólico, lábil, autoestimado. Los primeros hacen, los segundos dicen que los que deben hacer son los otros.

Gabriel Celaya, nacido hace cien años, y militante de la poesía social, ya lo dejó escrito: *pobres de los que, pobres, lloramos los sudores, creyéndonos divinos y del existencialismo: pues sí, me estoy muriendo, amigos míos./ ¿Sois felices? Me alegro. Yo, no tanto. Descubrió el poder salvador del amor y le dedicó estos versos a su Amparitxu: Estoy vivo todavía gracias a tu amor, mi amor,/ y aunque sea un disparate todo existe porque existes". Y es que sin amor, nada tiene sentido.



* Poema El martillo de Gabriel Celaya


Cuando el trabajo, cuando lo cotidiano

nos va y nos va golpeando,

se abandonan los bellos disfraces con que un día

jugamos a inmortales. Y el alma queda en nada.

Y el hombre es sólo humano, repetible, cualquiera,

anónimo y sagrado.


Cuando el martillo, cuando lo duro y terco

con tacto y metal seco

ataca destellante, declara hasta la estrella,

claro y seco, sonoro, totalmente inmediato,

lo mínimo y precioso del centro diamantino,

señala en mí el destino.


Dando en el clavo, dando en firme verdades

de claridad constante,

pulveriza implacable la ganga de ideales

y el yo que se inflacciona y espesa gasa a gasa

la opacidad que esconde, durísima, en el fondo,

mi pequeñez más pura.

Dando iracundo, dando a luz con coraje,

me forja mi atacante.

Ya no soy quién con nombre. Ya todo lo doliente

-la sombra que me sigue, la vida que aún me cuento-

trabajado, desnuda su principio intangible:

nadie es nadie si es hombre.

Donde se calla, donde las vidas mudas

fielmente se permutan

y dan una por otra continuo testimonio

de aliento sostenido, de corazón perpetuo,

yo pongo mis pequeñas palabras para todos

y una esperanza en alto.



Donde los días, donde lo lento y largo,

cuenta a cuenta es rezado,

nacido para amar, para morir, aún canto

y apenas perceptible mi voz corre en el fondo

del mundo que sí existe, y es fugaz, y es hermoso.

Soy, perdido, un amante.


Canto la muerte. Canto, libre de engaños,

los días y trabajos,

los oficios humildes que rezan los obreros,

la dureza consciente, los héroes cotidianos,

los hombres que se siguen sin alzar la cabeza,

sin bajarla tampoco.



Manda, martillo. Manda, aunque me duelas.

Levanta en mí la estrella.

Contra mí mismo lucho cuando busco ese estado

de radiante conciencia, de humildad trascendente,

y esa luz sin materia ni yo central clamante

de un dolor bien tallado.



Manda, implacable. Manda tú, necesario.

Formarme con tu rayo.

El aire es un halago cuando muevo los brazos

transporto sin sentarme lo que otros me entregaron

me olvido de mi mismo, tomo y doy -iah!- respiro.


Soy mortal; soy activo.

Duro es mi tiempo. Duro y ciego es mi mundo.

Mas yo seré más duro,

golpeando sin odio, martillando verdades

necesarias, sagradas, salvadores, terribles

como un amor oculto que al fin dice su nombre,

resulta ser combate.


Duro es el sino. Duro, el vivir abrupto.

Duro es también el puño

donde estoy apretando, y ocultando, y formando,

mi voluntad, mi furia, mi decisión de entrega

y el valor de ser hombre.

Contra lo vago, contra lo dulce y triste

que en lo ancho me desvive

y en el agua sin forma de lo total irisa

una leve sonrisa, quizá melancolía,

propongo estrictamente, con una rabia heroica,

lo claro, amargo y frío.


Contra lo blando, contra los mil perdones,

hoy mato corazones.

Soy la luz y el martillo, soy el terco trabajo

de los hombres cualquiera, y ese motor sin pausa

que afirma y más afirma, golpe a golpe labrando

la estatua colectiva.


¡Pobre de ti! ¡Pobre de mí, que a veces,

como tú, siento fiebre.

agiganto mi pulso, me imagino que siempre

durarán por intensos mis mínimos instantes,

lo mío y solo mío, lo ineludible y loco

del verso que ahora apuesto!

¡Pobre de mí! ¡Pobres de los que, pobres,

lloramos los sudores,

creyéndonos divinos, gota a gota acabando

en esa cristalina verdad que transparenta

lo mucho que debemos, lo poco que valemos,

la nada de los nombres!



Canta, martillo. Canta tú hasta matarme.

Contra mí, sé constante,

hasta hacerme y hacerme notar qué poco importo,

y hacerme ver qué poco soy si soy quien se explica,

y cómo cuanto existe se vuelve en mí plausible,

y es en mí, sin yo, vida.


Canta, martillo. Canta claro verdades.

Canta lo irremediable.

He abrazado el difícil destino que me cumple.

Soy como tú. Soy nadie. Soy un hombre clavado.

Mas no cejes, martillo, por mucho que me queje.

Sé mi estampa fulgente.

1 de septiembre de 2011

El factum. El hado

El factum, el hado, el sentido y el sentimiento o presentimiento de lo fatídico: Nada de lo que yo haga podrá cambiar las cosas de un destino que está escrito. Por mucho que haga. Y por esa razón inhibo o reduzco al mínimo esfuerzo mi acción, y eludo el cansancio de toda renovación. Es el anonadamiento pesimista, contrario a todo sentido del ser, la degradación y el desmerecimiento de la persona. La negación de la voluntad como potencialidad. Es una actitud que en el terreno personal abre las puertas a la depresión psíquica, y en el colectivo de los pueblos a todo género de esclavitud. De éste último viven los detestables imperialismos. Incluso los más aviesos, del signo cultural.


Huyamos de ellos como de nuestro peor enemigo, sin abandonar las únicas armas que los pueden combatir: la independencia de juicio, la crítica sagaz y la actividad creadora.

1 de agosto de 2011

Darwin no fue un hereje

La Iglesia católica no ha censurado a Darwin, si obviamos a Teilhard de Chardin, pero existen algunos grupos religiosos que defienden a ultranza el creacionismo y consideran que la historia de la creación que aparece en el Génesis es rigurosamente cierta y que los datos sobre la edad de la tierra, el origen de la vida, la diversidad de seres vivos y su evolución carecen de una base científica.


Fueron también grupos radicales los que sacaron de contexto las palabras de Darwin y lo acusaron de ligar el linaje humano al del mono, convirtiendo al hombre en un descendiente del simio. Darwin lo único que afirmó fue que existía un parentesco entre ambos, no una descendencia, y conviene recordar que ya Linneo incluye en el siglo XVIII la especie Homo sapientes dentro del orden de los primates.


Darwin ignoraba cuestiones que hoy son elementales cuando escribió en 1859 Sobre el origen de las especies por la selección natural. Desconocía los experimentos de Mendel con los guisantes de su jardín, no sabía qué era el ADN, su época no fue la de la ingeniería genética y aun así su teoría no ha sido desbancada, continúa siendo uno de los puntales de la ciencia. La evolución explica los fundamentos de los cambios biológicos, lo que Darwin denominó “descendencia con modificación” y se opone a las ideas hasta entonces imperantes de Linneo para demostrar que los seres vivos se modifican de forma accidental y progresiva a lo largo de los años.


Aunque Darwin haya pasado a la historia por haber sacudido los cimientos de la biología con su concepto de la evolución, su aportación mayor a la ciencia ha sido descubrir el mecanismo que posibilita la selección natural como respuesta a los cambios ambientales. Su teoría no pretende ofender los sentimientos religiosos de nadie, pese a negar la necesidad de un dios sobrenatural para explicar la Naturaleza y, sin embargo, a Darwin se le ha tachado de blasfemo y ateo y es que la ciencia y la teología chocan con demasiada frecuencia cuando quienes la defienden abogan por el integrismo.

1 de julio de 2011

Conocimientos





Hace muchos años, trabajé como vendedora en una librería de cinco plantas. Todo lo que abarcaba la vista eran libros con cubiertas tentadoras de brillantes colores: best-sellers, novela negra, libros de cocina, de medicina, manuales de derecho, historia, ingeniería… Un cliente podía pasarse horas mirando y luego marcharse sin haber comprado ni uno. Y, desde luego, el problema no era la variedad.



La librería es una mínima expresión de la sociedad mediática que nos abruma. En este paisaje, los libros ya no son los únicos protagonistas. El aluvión de datos que debemos asimilar proviene de periódicos y revistas, de la radio y la televisión, y eso sin mencionar la sobre estimulación de la capacidad humana para absorber información que supone Internet. Parece que son demasiados conocimientos. Se habla de la sociedad de la información. Cada cinco años se duplica nuestro saber, aseguran. Y cuesta abarcar incluso esta explicación.




Mientras se produce una explosión de contenidos, nosotros sabemos cada vez menos acerca de cómo dominarlos. Antes, al terminar el colegio, salías provisto de todo el bagaje cultural que ibas a necesitar durante el resto de tu vida (éste era el ideal). Los colegios de hoy, deben proporcionar un nivel de conocimiento con el que uno pueda orientarse cuando éste cambie.




Estrenamos el siglo XXI y nuestros conocimientos se asemejan a un océano donde el horizonte siempre es igual de lejano. Quien quiera descubrir una red infinita de referencias y relaciones tiene la oportunidad de hacerlo conectándose a Internet, aunque desde aquí resulta imposible vincular todo el conocimiento entre sí de manera que se conserve una visión de conjunto. En la inmensidad ilimitada del océano es fácil perder el rumbo y por eso hace falta disponer de una brújula.




Inundados de información, padecemos déficits de conocimiento. Esta combinación se define usualmente como “sabiduría de expertos” y lamenta la existencia de “idiotas especializados”. Una calificación injusta si tenemos en cuenta que nuestra sociedad precisa conocimientos específicos. De manera que no es censurable ser un especialista, el único problema es que no basta con esto. El saber específico no es saber cultural. Con éste no es posible comprender la propia cultura. El que lo sabe todo sobre el maíz transgénico o el diseño de páginas web no sabe sobre el concepto de arte o el nacimiento de las civilizaciones prehistóricas.




La selección de información que hacemos se forma con aquello que hemos decidido excluir. No es fácil escoger qué aprender. De cada información nacen nuevas conexiones que conformarán la parte del mundo que cada uno ha de descubrir por sí mismo.

1 de junio de 2011

El cartesianismo

El Dios de Descartes, frente a la mayoría de los dioses anteriores, no queda simbolizado por las cosas que ha creado; no se expresa en ellas. No existe ninguna analogía entre Dios y el mundo; no hay imagines y vestigia Dei in mundo. La única excepción la constituye nuestra alma, es decir, una mente pura, un ser, una sustancia cuya única esencia consiste en pensar, una mente dotada de una inteligencia capaz de captar la idea de Dios, esto es, del infinito (que es incluso innata) y de voluntad, es decir, de una libertad infinita. El Dios cartesiano nos suministra algunas ideas claras y distintas que nos permiten hallar la verdad, suponiendo que nos atengamos a ellas y nos cuidemos de caer en el error. El cartesianismo es un Dios veraz; por tanto, el conocimiento acerca del mundo creado por Él, que nuestras ideas claras y distintas nos permiten alcanzar, es un conocimiento verdadero y auténtico. Por lo que respecta a este mundo, Él lo ha creado por su pura voluntad y, aun cuando tuviese alguna razón para hacerlo, tales razones sólo las conoce Él. Nosotros no tenemos ni podemos tener la menos idea sobre ellas. Por tanto, no sólo es inútil, sino también absurdo tratar de descubrir sus propósitos. Las explicaciones e ideas teleológicas no tienen lugar ni valor en la ciencia física, del mismo modo que no tienen lugar ni sentido en matemáticas, tanto más cuanto que el mundo creado por el Dios de Descartes, es decir, el mundo de Descartes, no es en absoluto el mundo multiforme, lleno de colorido y cualitativamente determinado del aristotélico, el mundo de nuestra experiencia y vidas diarias (tal mundo no es más que un mundo subjetivo de opiniones inestables e inconsistentes basadas en el infiel testimonio de la confusa y errónea percepción sensible), sino un mundo matemático estrictamente uniforme, un mundo de geometría hecha realidad sobre el que nuestras ideas claras y distintas nos proporcionan un conocimiento cierto y evidente. En este mundo no hay más que materia y movimiento; o, siendo la materia idéntica al espacio o extensión, no hay más que extensión y movimiento.

1 de mayo de 2011

El mundo es un teatro



Toda filosofía comienza por crear inseguridad. Alguien dice: lo que tomáis como verdad es un absurdo, no es más que un montón de prejuicios fruto de vuestros deseos y de vuestra estrechez de miras.



Para el filósofo el mundo es como un teatro, pero, para él, la obra que se interpreta en el escenario es una ilusión que sólo los espectadores ingenuos toman por una realidad; el filósofo se interesa por lo que pasa detrás del escenario, por el lugar desde el que se dirige la obra. En una palabra, mira por debajo de la falda de la realidad en busca de la verdad desnuda porque su objetivo es explicarla.