1 de octubre de 2016

Entre dos pasiones

«La vida equivocada no puede ser vivida correctamente».



En 1903 nació en Frankfurt Theodor W. Adorno. Era hijo de un próspero comerciante de vinos de origen judío, Oscar Wiesengrund, y de Maria Calvelli-Adorno delle Piane, una cantante de ópera, perteneciente a una familia católica italiana. En el hogar familiar residía una hermana de la madre que era pianista y su figura contribuyó de forma decisiva al interés por la música que desde pequeño sintió Adorno. Enseguida sus padres vieron en él cualidades de niño prodigio y lo mimaron y protegieron. Pero en la escuela las cosas eran bien distintas, sus compañeros de clase le pegaban y le ridiculizaban con insultos antisemitas. Tiempo después, el filósofo redujo su apellido paterno, de origen claramente judío, a la letra inicial, W. Las secuelas del estigma influyeron y perduraron en el pensamiento de Adorno, que enfrentaba la utópica bondad del amor a la maldad del mundo.

Influido por el amor familiar hacia la música, Adorno estuvo siempre muy ligado a ella. Con diecinueve años, publicaba ensayos y críticas musicales, y era un firme defensor de las nuevas tendencias. Estudió en Viena las novedosas técnicas de composición y se convirtió en alumno de Alban Berg, discípulo de Arnold Schoenberg. Pero al cabo de un año se truncaba su carrera como compositor y concertista porque la Segunda Escuela Vienesa era muy competitiva.


Este fracaso y el interés por la sociedad y la política llevaron a Adorno a iniciar su actividad docente. A los veintiún años se había doctorado con un trabajo sobre la fenomenología de Husserl, aunque sus influencias más marcadas procedían de pensadores que secundaban la tradición marxista. Colaboró con la Revista para la Investigación Social que editaba el filósofo Max Horkheimer y comenzó a estudiar las causas del proceso de autodisolución de la sociedad burguesa por la tendencia de las modernas sociedades liberales hacia formas autoritarias y represivas de poder. Con un criterio opuesto al de Hegel, que afirmaba que la historia se mueve por el ingenio de la razón, Adorno intenta demostrar que se encamina hacia el caos. Su proyecto era también el de la Escuela de Frankfurt, entender el motivo por el que en ese momento histórico de gran desarrollo técnico y científico, en vez de la emancipación individual se producía todo lo contrario: la destrucción del individuo. Por desgracia, esa tendencia analizada por Adorno se convirtió, con la llegada al poder del nazismo, en una dolorosa realidad.

1 de septiembre de 2016

La historia de la filosofía y la historia de la literatura

La historia de la filosofía y la historia de la literatura están confluyendo, encontrándose en la radicalidad de la crisis a la que asistimos como protagonistas. La inquietud filosófica ha dejado atrás el problema de existir y del conocer como etapas superadas y se abisma, aun sin quererlo, sin aceptarlo plenamente, en el extramundo del pensar. Desde que Nietzsche, trasvaluando todos los valores, tuvo la audacia de afirmar que “el arte vale más que la verdad”, tanto la realidad como el conocimiento se vieron desplazados a un plano menos decisivo en relación con el auténtico desarrollo del hombre. La creatividad literaria, por su parte, camina también con aire resuelto hacia una conciencia en la que ni el cosmos ni sus leyes, ni el realismo ni la verosimilitud, pueden condicionar o limitar la elaboración de sus criaturas más propias. Decir lo semejante ya no es objetivo suyo; de lo que ahora se trata es de dar el ser a lo que antes no era, de permitir que aparezcan las criaturas del pensamiento en un marco que, a lo lejos, vislumbra la libertad. El sentido de este proceso, sin embargo, no ha logrado todavía hacerse consciente ni entre los filósofos ni entre los literatos y sus críticos. El peso de lo establecido, la herencia de la tradición o, quizá, el peso de la realidad misma, han motivado que las interpretaciones se apoyasen siempre en una mirada hacia atrás; así, por ejemplo, la conclusión nietzscheana de que el arte vale más que la realidad, no dejó de ser tomada en el sentido de que, como método para acceder al conocimiento, el arte ofrece determinadas ventajas que la verdad no posee, o que el arte hace visibles zonas profundas de la realidad que la verdad no logra desvelar. En cuanto a la literatura, pese a que la distancia establecida con respecto a la realidad y su conocimiento es mucho mayor, las consideraciones conscientes hechas a su sentido no se han despegado tampoco del prejuicio realista y los esfuerzos por mantener firme el pretendido vínculo entre ambos planos, el cósmico y el de la creatividad pura, prosiguen sin debilitarse. Hoy, más que nunca, se pregunta reiteradamente: ¿Para qué la literatura?, descubriendo siempre en las intenciones del que interroga un dilema que pretende hacer extensivo a los demás: o la literatura tiene efectos reales o todo valor que pueda atribuírsele es ilusorio. Ahora bien, pese a que esta pregunta nunca le sigue respuesta alguna, la inquietud no cesa, ya que el ámbito en el que cobra sentido el arte literario es otro.

26 de agosto de 2016

El ocaso de Nietzsche

El día 25 de agosto se cumplieron 116 años de la muerte de uno de los pensadores más importantes: Friedrich Wilhelm Nietzsche. Su declive personal se inició el 3 de enero de 1998, en Turín. Nietzsche vio como un carretero golpeaba a su caballo en una plaza y, conmovido, se abrazó al cuello del animal mientras lloraba apenado sobre su crin. El patrón de la casa de huéspedes en la que se alojaba, lo encontró horas después tirado en el suelo de la plaza y lo llevó de vuelta a su habitación. Esa noche algo se quebró en su mente hasta entonces preclara, pues el filósofo y pensador se la pasó escribiendo cartas incoherentes. Una de las misivas iba dirigida a su amigo Jacob Burckhardt, que tras leer aquel texto incongruente se quedó tan preocupado que le pidió al músico Peter Gast que fuese a Turín a recoger a su amigo común y regresase con él a Basilea.

Los años que transcurrieron hasta su muerte, acaecida a causa de una neumonía el 25 de agosto de 1900, los pasó Nietzsche acurrucado en un rincón, en un estado de demencia psicótica, llegando a beber su propia orina. La sífilis le provocó una parálisis progresiva y recibió los cuidados, primero de su madre, y más tarde de su hermana Elisabeth. Los restos mortales de Nietzsche se inhumaron en la iglesia de Röcken.

No tuvo mucho reconocimiento en vida, pero el tiempo le ha concedido a Nietzsche el lugar que le corresponde como pensador. Su obra se ha hecho ya imprescindible por sus críticas a la religión, la cultura y la moralidad.

Monumento obra de Klaus F. Messerschmidt. Fue erigido con motivo del centenario de la muerte de Nietzsche junto a la iglesia de Röcken, no muy lejos de su tumba real.

1 de agosto de 2016

Filosofía y Literatura

La historia de la filosofía, en su conjunto, ha identificado razón y logos como si solo hubiera un modo correcto de pensar, el que se atiene a lo real y sus leyes, el que se mantiene en estricto paralelo con las manifestaciones del cosmos. La literatura no se mantuvo nunca fiel a tales pretensiones de lógica, pero le guardaba un cierto respeto que le hacía mantener las apariencias: la literatura debía ser realista o, al menos, verosímil. Para salirse de lo considerado como razonable era preciso acudir al personaje loco, al hombre a quien una especie de enfermedad, la demencia, le había liberado de las leyes naturales y le permitía pensar de otra manera. La nueva manera literaria, la de las últimas décadas, se caracteriza, sobre todo, por ese pensamiento liberado de lo razonable sin necesidad de recurrir a subterfugios, sin disfrazar de locura lo que es solo pensamiento puro, la mente por sí misma.

Nos encontramos, pues, desembocando en un nuevo estrato del conflicto que enfrenta lo real y la irrealidad y también la existencia y el ser, manifestado esta vez en el proceso seguido por la literatura, es decir, por el arte que se apoya en el lenguaje como su materia.

Todavía no hemos dejado de admirar la sagacidad de Aristóteles respecto al sentido y valor de la metáfora. El lenguaje presenta por medio de esta figura un salto cualitativo: el paso de un decir las cosas y sus manifestaciones a un hablar utilizando la semejanza para hacer comprensible algo que la realidad por sí misma no nos muestra. La filosofía más actual no cesa de volver sobre el tema, perdiéndose con frecuencia en taxonomías o en análisis que poco o nada aclaran acerca del verdadero alcance de ese momento en la evolución humana: el acceso a la metáfora permite al lenguaje liberarse un grado más del cosmos y de sus leyes y, en consecuencia, aproximarse al plano de lo irreal autocreado. Ya la palabra primera como símbolo de las cosas y de las acciones suponía un distanciamiento del mundo, pero sin la metáfora la lengua no pasaba de ser un duplicado abstracto de la realidad. Al adquirir el nivel metafórico, la palabra alude a un contenido que solo puede manifestarse en el hombre. El primer estadio del lenguaje, el previo a la utilización de la metáfora, nunca ha dado origen a obras que merezcan llamarse literarias. La literatura, por tanto, el arte construido mediante el lenguaje, no es realista, ni siquiera verdadero, sino creador. La calificación de realismo obedece, sobre todo, al intento de influir en la conducta humana, de dar a la obra un valor pedagógico directo, prejuzgando que solo la realidad pertenece al hombre. De ahí que los personajes caracterizados por su irrealismo fueran disfrazados de locura o de otras desviaciones que permitieran mantener la obra dentro de la lógica. El problema de fondo, sin embargo, quedaba intacto, pues la literatura no es un medio para conocer la realidad, para acercarnos al mundo, sino para permitirnos un distanciamiento.

1 de julio de 2016

El infierno según el Corán

¿El infierno es eterno? La respuesta que ofrece el Corán no es clara, pues deja la puerta abierta a dos posibilidades. Los fasik, los hombres de las cimas, creyentes pecadores, se salvarán tras la aspersión con el agua del río de la vida, con tal que tenga una fe aunque sea del tamaño de un grano de mostaza. Parece ser que ese es también el caso de los condenados de los pisos superiores.

La suerte de los infieles, sin embargo, es más problemática. Muchos pasajes del Corán afirman que para ellos será el infierno eterno y critican la opinión contraria de los judíos. Para los hipócritas, las penas no tendrán fin. Pero la noción de eternidad en la lengua árabe es bastante imprecisa. Así como se habla del paraíso como “morada de eternidad”: dar al-khuld, la eternidad del infierno se expresa como: ahqab, palabra que designa un periodo de setenta años. En el versículo 11, 107, se da pie a la esperanza: el infierno durará eternamente, mientras duren los cielos y la tierra, a menos que tu Señor disponga otra cosa. Tu Señor hace siempre lo que quiere.

A partir de aquí se han originado dos tradiciones: la rigorista, que mantiene la eternidad de lo suplicios y la que admite el final del infierno, pues considera que tanto el infierno como el paraíso son accidentes y no substancias y, por tanto, serán destruidos un día, lo mismo que cualquier otra realidad creada.

La posición del Islam respecto al infierno es más flexible que el cristianismo. Aquí no se ponen límites a la misericordia divina, que termina por prevalecer a la estricta justicia. El infierno musulmán no es un infierno total, ya que existe la esperanza. Los condenados imploran su salvación y, aunque el proceso sea lento, el recurso siempre es posible. Por tanto, es preferible ir al infierno musulmán que al cristiano, esa implacable y atroz máquina de triturar a los malvados que ha inventado el ingenio humano.

1 de junio de 2016

El origen del dualismo

Empédocles de Aciagas (492-432 aC) acepta la eternidad del ser sin desnudar el universo físico y perceptible de toda realidad. Comenta: “Te diré otra cosa, no hay nacimiento de ningún ser mortal, ni ningún fin en el execrable muerto, sino mezcla y separación de aquello que es mezclado; nacimiento es el nombre que los hombres dan a estas dos cosas”. Como investigador de la naturaleza, Empédocles se enfrenta a una múltiple revelación de lo divino, descubierto, en primer término, en las formas primarias de la existencia corpórea. Después, en las fuerzas de la amistad y la discordia, una centípetra y otra centrífuga, según él, la causa genuina que, al actuar sobre la materia de los elementos, propicia su unión y su separación. La temporalidad queda así reservada a los seres compuestos, las cosas y los entes de este mundo, mientras que la eternidad se refiere únicamente a los cuatro elementos: agua, tierra, fuego y aire, juntamente con las fuerzas del amor y la discordia. Un periodo de progresiva purificación tendrá que desplazar la discordia u odio respecto a los límites externos del shairos, y en este punto comenzará un movimiento opuesto o de dispersión, en que ahora nos encontramos, que llevará al dominio del principio antes en retirada.

El dualismo que cruza la cosmología de Empédocles tiene, como era de esperar, consecuencias antropológicas. Las almas encarnadas en los cuerpos mortales son espíritus divinos que deben expiar alguna falta y desde este momento se elevarán a la categoría que les corresponde, como “adivinos, médicos, poetas, médicos y príncipes entre los hombres que hay sobre la tierra”.

Empédocles, en el inicio de su poema Purificaciones, se presenta a sí mismo como un “dios inmortal, honorado como conviene”, con la elevada y concreta misión de mostrar a sus compatriotas el camino de la salvación. Afirmación que pasa por el estudio y conocimiento de la divinizada naturaleza. De esta manera, el sistema de Empédocles, una física regida por la más estricta causalidad mecánica, implica un amplio abanico de creencias religiosas, presididas en lo esencial por el orfismo, en una filosofía de la naturaleza. Al reducir drásticamente el olimpo homérico a los cuatro dioses personificados en los elementos, avanzó por la vía de la forma religiosa ante la tradición del mito, potenció el conocimiento racional del universo y preparó  el camino al pensamiento posterior con su tesis predarwiniana de la supervivencia de las formas más aptas, con más logos, para la vida.

1 de mayo de 2016

El otro Rousseau

Rousseau nos exhorta a juzgar a las personas principalmente por sus cualidades humanas y morales, pero él no es el mejor ejemplo, porque desde el punto de vista “humano” deja bastante que desear. Una vez, acusó a una criada de un robo que él mismo había cometido. Más tarde se arrepintió de su conducta y escribió en sus “Confesiones” una especie de autorrevelación, en la que culpa siempre a los demás de no haber llegado a ser él mismo. En otra ocasión, dejó tirado en la calle a un amigo cuando sufría un ataque de epilepsia. A los diecisiete años tenía la costumbre de enseñar el trasero desnudo a las mujeres jóvenes que pasaban por la calle. Al ser descubierto, alegó como disculpa que era un aristócrata en misión secreta y que no estaba muy bien de la cabeza, le dejaron ir. Al final de sus días padecía manía persecutoria y sospechaba que el filósofo escocés David Hume había planeado acabar con su vida.

1 de abril de 2016

El problema de Dios

Con el problema de Dios ocurre lo mismo que con todos los problemas, que es mucho más fácil dejar de pensar en ellos que planteárselos. Por eso el problema de Dios, la gente lo resuelve por inanición, dejando de pensar. Y es que la sociedad actual, pese a sus neurosis y vacío, se las va arreglando bastante bien para vivir sin Dios. Aunque una cosa es la sociedad y otra, cada hijo de vecino.


El problema de Dios somos nosotros: lo más propio y más noble del hombre es esa inquieta mirada hacia la altura que, a la vez que mira, nos eleva. Un hombre solo, intentando resolver con las armas humildes de la palabra, de la inteligencia y de la emoción una adivinanza que carece de respuestas categóricas puede estar sosteniendo el alto e inestable edificio del alma humana y de la cultura.

1 de marzo de 2016

Lutero, el protestante

Martín Lutero, fraile agustino y profesor de la universidad de Wittemberg, se atrevió a desafiar a la Iglesia, acusándola de preocuparse más por los asuntos temporales que de acercar el hombre a Dios. La chispa que desató el conflicto contra Roma saltó por la predicación de las bulas expedidas por el pontífice León X con el fin de recaudar los fondos que se requerían para demoler la antigua basílica de San Pedro y erigir una nueva. Lutero defendía como única fuente de verdad las Escrituras y que el hombre era capaz de llegar personalmente a ella mediante la lectura, sin el magisterio de la Iglesia.

Las doctrinas de Lutero encontraron comprensión entre algunos príncipes seglares, en la nobleza, en el pueblo y en los intelectuales, incluso entre religiosos, que colgaron los hábitos y salieron de los conventos. Los sacerdotes abandonaron el celibato y empezaron a casarse. El emperador Maximiliano trató de atajar la Reforma convocando dietas para llegar a acuerdos, pero ante la imposibilidad de lograrlos, recurrió a las armas para frenar a los protestantes. En 1555, la Dieta de Augsburgo zanjó la cuestión: los príncipes gobernantes tenían libertad religiosa, sin embargo, sus súbditos debían seguir la fe de su soberano. El catolicismo perdió la mitad de Alemania y la unidad del imperio quebró.

Pero Lutero no fue una voz solitaria. El rey de Inglaterra Enrique VIII creó la Iglesia nacional inglesa separada de Roma y algunos rebeldes como Zuinglio desde Zurich y Calvino desde Ginebra se mostraron radicales en sus deseos de reforma.


La imprenta se alió con los reformistas, que propagaron sus ideas mediante libros, carteles y hojas. Sin ella, es muy probable que el moviendo religioso hubiera fracasado. El éxito de venta de los escritos de Lutero, entre los que se encontraban obras como manifiestos, sermones y opúsculos fue impresionante, se calcula que durante el siglo XVI se llegaron a vender unos dos millones de ejemplares. Aunque la obra que le dio mayor prestigio fue la traducción de la Biblia al alemán, que, ilustrada con más de cien grabados, se publicó en 1534, de ella llegaron a imprimirse cien mil ejemplares en cuarenta años.

1 de febrero de 2016

El ateísmo hoy

El ateísmo es la ausencia de una creencia concreta.
 
Hasta hace no mucho, el ateo confeso constituía una rareza. No resultaba habitual que alguien cuestionase creencias y dogmas asentados en nuestra cultura, negara la existencia de cualquier dios o renunciase a creer en ninguno de ellos. El ateísmo es minoritario en los países occidentales, aunque poco a poco la sociedad se va haciendo más laica, y esta opción puede exponerse con cierta libertad, sin que se prendan las piras.
Como en cualquier religión, en el ateísmo existen distintas formas de interpretarlo. Encontramos al ateo anticlerical, al antirreligioso, al científico intelectual que solo confía en la razón o al que defiende valores morales parecidos al de cualquier religión.
El ateísmo ha existido desde siempre. Algunos filósofos griegos elaboraron justificaciones racionales para serlo. El siglo XVII trajo el racionalismo, luego vino el liberalismo, la revolución industrial, Nietzsche mató a dios y logró que aumentase el número de ateos y de agnósticos. Aunque algunos filósofos y científicos se declararon ateos, como Bertrand Russell o Carl Sagan, lo hicieron sin estridencias, sin intentar convencer a nadie de su falta de creencias. Y las sociedades modernas separaron la Iglesia de Estado, con excepciones como Estados Unidos, que mantiene alusiones a dios: «En Dios confiamos» es un lema nacional y va impreso en los billetes.
Aún en países laicos o aconfesionales, donde la religión es un asunto privado, esta frena ciertos avances sociales, en concreto en asuntos relacionados con la reproducción y la sexualidad. Esto en cuanto a la religión cristiana y sus derivados, porque el islamismo lleva décadas radicalizándose y en la actualidad conduce sus ideas al paroxismo.
Quizá por eso vuelve a tomar fuerza el ateísmo, porque la lógica de sus argumentos es más poderosa y porque la religión es todavía un tabú sobre el que conviene pasar de puntillas, para no soliviantar a nadie. En el mundo moderno tiende a imponerse la democracia y la libertad de expresión. Poder discutir cualquier asunto resulta imprescindible, especialmente ahora que el extremismo religioso se está convirtiendo en un problema que no se sabe cómo atajar y da la razón a quienes piensan que la religión es nociva y alienante por creer en causas sobrenaturales.

1 de enero de 2016

Reflexiones sobre la vida

 
No hay que lamentarse por la muerte, como no hay que lamentarse por una flor que crece. Lo terrible no es la muerte, sino las vidas que la gente vive o no vive hasta su muerte. No hacen honor a sus vidas, les mean encima. Las cagan. Estúpidos gilipollas. Se concentran demasiado en follar, ir al cine, el dinero, la familia, follar. Sus mentes están llenas de algodón. Se tragan a Dios sin pensar, se tragan la patria sin pensar. Muy pronto se olvidan de cómo pensar, dejan que otros piensen por ellos. Sus cerebros están rellenos de algodón. Son feos, hablan feo, caminan feo. Ponles la gran música de los siglos y no la oyen. La muerte de la mayoría de la gente es una farsa. No queda nada que pueda morir.
Charles Bukowski, El capitán salió a comer y los marineros robaron el barco.
 
Si la Historia tuviera una finalidad, qué lamentable sería el destino de quienes no hemos hecho nada en la vida. Pero en medio del absurdo general nos alzamos triunfadores, piltrafas ineficaces, canallas orgullosos de haber tenido razón.
Emile M. CioranSilogismos de la amargura
 
Hoy jugaría a la ruleta rusa:
sería tan sencillo desenfundar revólveres,
elegir el calibre
que mejor se adaptara a mi fracaso
y apretar el gatillo
como quien se lanzase de cabeza
a un mar en donde acechan tiburones.
De nada sirve rellenar cuartillas
y más viejas cuartillas
que hacen alusión a mi nostalgia.
Y si hoy jugase a la ruleta rusa,
haría jugar en círculos exactos
esa posible bala con pasaje
a una región de tonos buganvilla.
Porque hoy se desploma mi tristeza
sobre inhóspitos lechos,
y me hiere con todas sus escamas.
 
V. Aranda, Tatuaje (fragmento)
 
Al llegar aquí no puedo contener un suspiro. Hay días en que anida en mí un sentimiento más negro que la más negra melancolía: el desprecio hacia los hombres.
Frederic Nietzsche, El Anticristo
 
¿Por qué no se acaba el mundo? ¿O se acabó ya y no lo sabemos todavía? Espantoso laberinto.
Max Aub, Aforismos en el laberinto
 
Soy los alrededores de una ciudad que no existe, el comentario prolijo a un libro que no se ha escrito. No soy nadie, nadie.
No sé sentir, no sé pensar, no sé querer. Soy una figura de novela por escribir, que pasa aérea y deshecha sin haber sido, entre los sueños de quien no supo completarme.
Fernando Pessoa
 
Después de un tiempo,
uno aprende la sutil diferencia
entre sostener una mano
y encadenar un alma,
y uno aprende que el amor
no significa acostarse
y una compañía no significa seguridad
y uno empieza a aprender.
Que los besos no son contratos
y los regalos no son promesas
y uno empieza a aceptar sus derrotas
con la cabeza alta y los ojos abiertos
y uno aprende a construir
todos sus caminos en el hoy,
porque el terreno de mañana
es demasiado inseguro para planes…
y los futuros tienen una forma de
caerse en la mitad.
Y después de un tiempo
uno aprende que si es demasiado,
hasta el calor del sol quema.
Así que uno planta su propio jardín
y decora su propia alma, en lugar
de esperar a que alguien le traiga flores.
Y uno aprende que realmente puede aguantar,
que uno realmente es fuerte,
que uno realmente vale,
y uno aprende y aprende…
y con cada día uno aprende.
 
Jorge Luis Borges, Aprendiendo

1 de diciembre de 2015

Conócete y conocerás

Según la mitología griega, Zeus lanzó desde el monte Olimpo dos águilas y ordenó a los hombres que construyesen un templo en el lugar en el que se posaran, pues ese templo sería el puente entre los hombres y los dioses. Ese lugar fue Delfos y allí se dirigía cada año un grupo de hombres para escuchar el consejo de los dioses. En la entrada del templo de Delfos se colocó el siguiente lema: Conócete a ti mismo y conocerás la naturaleza del hombre y de los dioses.
Conocernos es el paso imprescindible para comprendernos. Si no nos conocemos, ¿cómo vamos a poder comprender nuestra forma de pensar, de sentir y de actuar?
Al hablar de ética utilizamos el término griego y cuando hablamos de moral, el latino. En ambos casos, nos referimos a un tipo de conducta acorde con nuestra naturaleza. Por eso, definimos como los valores a todo lo que nos perfecciona. Cuando los seguimos y se convierten en hábitos, hemos integrado dentro de nosotros esos valores y entonces se conocen como virtudes. Son las virtudes, es decir, la práctica e integración de los valores, las que nos ayudan a florecer como personas y a alcanzar nuestra plenitud.
Nuestra inteligencia, con su capacidad de penetrar en la realidad de las cosas y nuestra voluntad, con su capacidad para liberarnos de nuestros instintos, deben ser los instrumentos esenciales para ayudarnos a navegar en cualquier mar turbulento. A la incertidumbre existente, fruto de la velocidad con que se producen los cambios, no podemos añadirle además la desorientación. Cada uno debe de encontrar dentro de si esas referencias que conviertan nuestra vida en una vida lograda y no en una vida malograda.
León Tolstoi publicó en 1886 una novela corta titulada La muerte de Iván Ilich. El argumento gira en torno a Iván Ilich, un pequeño burócrata que fue educado en su infancia con la convicción de poder alcanzar un puesto dentro del Gobierno. Aunque al final Ilich logra su meta, en el camino ha dejado malestar y sufrimiento por todas partes. Cuando finalmente llega el momento previo a su muerte, mira a su mujer a los ojos y le pregunta: ¿Y si toda mi vida hubiera sido un error?