1 de julio de 2009
La memoria del hombre
Los hombres se reproducen logrando perpetuarse de algún modo en sus propios hijos. No todos tienen hijos, pero todos tenemos padres, de los cuales hemos heredado unos genes, un apellido, tal vez unas hectáreas de olivar, y un largo pasado. En la memoria de cada uno de nosotros, en el subsuelo, por debajo del inconsciente personal, late un inconsciente colectivo donde hay huellas pertenecientes a los albores de la historia. Los recuerdos del individuo se sustentan sobre los recuerdos de la humanidad. Porque la vida es acumulativa. Vivimos en la azotea de un edificio cuyo primer piso es de estilo gótico, construido sobre una planta baja románica, la cual fue trazada aprovechando unos cimientos ibéricos. Estos cimientos se apoyan sobre la roca donde un día vinieron a guarecerse, tras ser expulsados de alguna parte, Adán y Eva.

Pero hay algo más. Desde esa cueva que sirvió de asilo a nuestros primeros padres podríamos descender, a través de unos corredores que sólo a primera vista parecen intransitables, hasta aquella madriguera donde se cobijaron otras criaturas más antiguas que el hombre. La memoria de la especie humana se remonta a un pasado inmemorial. En lo más hondo de nuestro corazón resuena el eco de un lejano clamor, el rumor amortiguado del sufrimiento animal, del placer animal, del miedo animal. Debajo de la memoria humana hay una memoria insondable que acaba en el engrama o memoria matriz, común a toda materia orgánica. La historia del hombre es una rama de la historia animal, y ésta es una rama de la historia del planeta. No sólo la geografía remite a la astronomía, también el psicoanálisis.

Todo esto explica muchas cosas. Por ejemplo, el hecho de haya personas que no osen subirse a un avión. Sienten hacia el avión una especie de miedo atávico. Saben perfectamente que el avión es el medio de locomoción más seguro; las estadísticas lo han demostrado de sobra y alguna compañía aérea supo expresarlo en un texto publicitario muy elocuente: “Todavía no podemos ofrecer a nuestros viajeros la seguridad absoluta porque todavía hay que ir al aeropuerto en coche”. ¿Entonces? Obsérvese que hablo de miedo atávico; los atavismos no se curan con razonamientos. Ocurre sencillamente que todos tenemos los ancestros animales muy activos dentro de nosotros. Descendemos, por vía directa, de especies biológicas habituadas a vivir en tierra firme. ¿Otra prueba? Cualquier ruido artificial interrumpe nuestro sueño, que jamás es turbado por la lluvia. Y es que aún no estamos bien adaptados para vivir fuera de la selva.
 
María Dubón | 13:41 | Permalink |
15 de junio de 2009
Antoine Roquetin
Cuando pienso, el desaliento se apodera mí. Lo que hago es inútil y nada de lo que me rodea tiene sentido. Será que la vida humana es eso, un sinsentido, algo sin propósito. Aun así me siento libre y responsable porque conservo la consciencia, de la que soy prisionera. Ella lo determina todo. Ojalá fuera posible inventar un nuevo hombre liquidando los sistemas que lo alienan y le roban la libertad.

Hay días en que la visión existencialista del mundo determina mi testimonio insobornable de la realidad y el individualismo es un valor que permite creer en el poder creativo más que en las leyes sociales.

La existencia del prisionero es tan angustiosa que produce asco, una náusea que no debe privarle de ser libre.

*Antoine Roquetin, personaje central de la obra de Jean Paul Sastre “La náusea”.
 
María Dubón | 09:04 | Permalink |
1 de junio de 2009
Dilema
Si los hombres son buenos, entonces las leyes para el control de armas no son necesarias; y si los hombres son malos, las leyes para el control de armas no serán eficaces. Por consiguiente, las leyes para el control de armas, o bien no son necesarias, o no son eficaces.
 
María Dubón | 14:14 | Permalink |
15 de mayo de 2009
Datación para ateos

Alberto me propone una alternativa a la hora de datar. En vez de aplicar el conocido a.d.C. o d.d.C. (antes de Cristo o después de Cristo), optar por a.n.e. o d.n.e (antes de nuestra era o después de nuestra era).
 
María Dubón | 10:37 | Permalink |
1 de mayo de 2009
Destino, azar y libre albedrío
Entre científicos, filósofos y gente común hay una tajante división de opiniones acerca de si el futuro está o no completamente determinado por el pasado. Los deterministas creen que el estado total del universo en un momento dado cualquiera determina completamente el estado total del universo en cualquier momento futuro. Ésta era, por ejemplo, la convicción de Einstein. Entre los más grandes de los muchos filósofos que abrazaron la causa determinista estuvo Benedicto de Spinoza, y Einstein se consideraba a sí mismo spinozista. Fue ésta una de las razones por las que Einstein nunca aceptó como definitiva la teoría cuántica, pues en la teoría cuántica el azar interviene de manera fundamental en la determinación de los acontecimientos de microcosmos. Como el propio Einstein manifestó en cierta ocasión: “No creo que Dios juegue a los dados con el universo”.

Los indeterministas juzgan que el futuro del universo está sólo parcialmente determinado por su estado actual. Los indeterministas no creen necesariamente en el libre albedrío, y pueden no creer tampoco que el papel que desempeñe el azar a nivel subatómico sea la causa que impida la completa determinación del futuro. Por otra parte, pueden tal vez creer que los seres vivos, y muy especialmente los humanos, tienen “albedrío”, una voluntad libre que les otorga capacidad para modificar perceptiblemente el futuro de manera que ni siquiera un ser sobrehumano capaz de conocer todo acerca del estado actual del universo podría predecir. Charles Peirce y William James fueron dos eminentes filósofos norteamericanos, paladines de la causa indeterminista.

Estas profundas cuestiones filosóficas están, en última instancia, íntimamente ligadas a la naturaleza del tiempo, e igualmente, a lo que se entiende al decir que un suceso es causa de otro. Nadie duda de que aplicando técnicas matemáticas a nuestras mediciones del universo podamos predecir con exactitud casi perfecta: el momento en que se producirá el próximo eclipse solar, por ejemplo. Y nadie niega que otros sucesos, tales como el resultado del próximo lanzamiento de un dado, o el tiempo que hará la semana que viene, sin impredecibles en la práctica, precisamente a causa de que los factores que los determinan son demasiado complejos.

La gran cuestión estriba en elucidar si las leyes básicas del universo son completamente determinísticas o no, o si la novedad genuina está originada por el puro azar en el nivel microcósmico, o por los seres vivos del nivel macroscópico, o tal vez por ambos. Estas cuestiones fueron ya debatidas por los antiguos griegos; científicos, filósofos y gentes de a pie han estado desde entonces debatiéndolas sin cesar.

 
María Dubón | 12:06 | Permalink |
15 de abril de 2009
Dios en la filosofía experimental
El modo en que Newton concibió el espacio y el tiempo revela el papel decisivo que Dios ocupo en su visón del universo. Conviene matizar con más detalle cómo relacionó la teología natural con su filosofía experimental, y cómo, en definitiva, pudo la religión natural encontrar apoyo en la ciencia. Siendo el objeto y el método de cada una obviamente diferentes, ¿de qué manera pudo hacerlas compatibles? Y, sobre todo, ¿cómo pudo admitir una hipótesis teológica tan determinante y sostener a la vez el lema de “no fingir hipótesis” en filosofía natural? ¿Puede considerarse Dios una hipótesis en su imagen filosófico-científica del mundo? Y, de serlo, ¿tuvo el carácter de una hipótesis deducida de los fenómenos o actuaba como mera conjetura? Es más, ¿consideró Newton que Dios era una certeza a salvo de cualquier duda racional? En el Escolio General aparece una descripción de los atributos de Dios. Newton comienza el escolio con un breve párrafo en el que refuta la hipótesis cartesiana de los vórtices mediante los datos observacionales de planetas y cometas. Pone de manifiesto cuál es la constitución del sistema solar (seis planetas girando alrededor del Sol en el mismo sentido plano, junto con sus lunas) y defiende la capacidad de la ley de la gravitación para explicar la regularidad y continuidad de las órbitas de los cuerpos celestes. Ahora bien, esta misma ley no puede dar razón inicial del sistema de órbitas. Partiendo de la constitución actual del universo, no puede suponer que “simples causas mecánicas den nacimiento a tantos movimientos regulares”. “Este sistema sumamente bello del Sol, los planetas y los cometas sólo pueden proceder del designio y dominio de un ser inteligente y poderoso”. I. B. Cohen, gran especialista en Newton, pregunta: ¿equivale la existencia de Dios a una hipótesis no deducida de los fenómenos? De serlo, semejante hipótesis no tendría cabida en la filosofía experimental, según la declaración del mismo Newton en el Escolio. La respuesta, según Cohen, es que, para Newton, Dios sí es una hipótesis derivada de los fenómenos, porque el sistema solar nos hace patente en su estructura que no puede haber sido producido solamente por causas mecánicas. En sus cartas al doctor Bentley y en la Cuestión 28 de la Óptica, Dios aparece como causa de las propiedades del universo y de los fenómenos, respectivamente. Sus palabras en el Escolio confirman tal posición: “Y esto por lo que concierne a Dios, de quien procede ciertamente hablar en filosofía natural partiendo de los fenómenos”.
 
María Dubón | 16:26 | Permalink |
1 de abril de 2009
Conocimiento del mundo
Conocemos el mundo mediante sensaciones que nos llegan por los cinco sentidos. Pero más lejos de la sensación que nos permite ver u oír algo, podemos preguntarnos qué es ese algo. No indagamos lo que vemos, sino lo que no vemos, pues las cosas no se reducen a lo que de ellas se ve y por eso se ha de distinguir entre ver y entender. Y entender no es lo mismo que sentir. Entender el calor no calienta, mientras que sentirlo sí. Y si lo que entiendo es el fuego, mi entendimiento no arde en llamas ni siente el menor calor. A diferencia de lo que les ocurre a nuestras manos, nuestra inteligencia puede jugar con fuego sin quemarse. Esto es así porque lo que conoce son formas conceptuales y los conceptos son ultrasensoriales, es decir, inmateriales.

Las preguntas sobre el qué no se contestan con los datos captados por el ojo o los demás sentidos. El ojo ve, pero no es su incumbencia saber en qué consiste eso que ve. Ésta incumbencia pertenece al entendimiento.

Es propio de la materia presentarse formalizada ante nuestros ojos. Un reloj es una combinación de cristal, cuero y metal. Nuestros sentidos captan los aspectos materiales, pero la inteligencia capta, por medio del concepto, lo que tenemos delante: una máquina para medir el tiempo. El concepto es la imagen que refleja en nuestro interior la exterioridad que nos rodea, pero no refleja la materialidad de las cosas, sino su esencia o función. Así, a diferencia de cualquier otro animal, si entiendo el concepto de reloj, reconoceré como tales a todas las máquinas o instrumentos que sirvan para medir el tiempo, desde un reloj digital a uno de arena. Es patente que el modo de ser de los conceptos en el entendimiento es un modo de ser inmaterial y por eso podemos aseverar que entender lo que es el fuego no quema y entender lo que es la muerte no mata. De esto se deduce que la facultad de elaborar conceptos inmateriales debe ser igualmente inmaterial.

El concepto es una representación mental de una clase de objetos o seres unidos por una característica común. Todo concepto tiene comprensión y extensión. Por comprensión entendemos el conjunto de partes que lo integran. El concepto de “ser humano” integra la animalidad, la racionalidad y la sociabilidad. La extensión indica el conjunto de individuos englobados en un concepto. Así, el concepto “ser humano” es más extenso que “poeta” y menos extenso que “animal”. La abstracción es el proceso mental que nos permite encontrar rasgos esenciales y comunes a muchos seres y formar los conceptos correspondientes.

La unión de dos o más conceptos según el esquema sujeto-verbo-predicado da lugar a un juicio. La unión de juicios o proposiciones en forma de premisas y conclusión da lugar a un razonamiento. Por los conceptos entendemos la realidad y gracias a los juicios y a los razonamientos nuestro conocimiento progresa.
 
María Dubón | 09:23 | Permalink |
15 de marzo de 2009
Contra todos los valores
Nietzsche es un beligerante oponente de casi todo valor, en términos ilustrados, liberal o democrático. Debemos resistir a toda debilidad sentimental, se recuerda a sí mismo: “La vida misma es esencialmente aprobación, daño, dominación, de los más extraño y débil; supresión, dureza, imposición de las propias formas, incorporación y cuando menos, en el mejor de los casos, explotación…”

Debemos endurecernos frente al sufrimiento de los otros, guiar nuestros carros por encima de lo mórbido y decadente. La simpatía, la compasión, tal como nosotros las sentimos, son virtudes enfermizas propias del judeo-cristianismo, síntomas de ese autoodio y disgusto por la vida que los órdenes más bajos, en su rencoroso resentimiento, y a través de un golpe de genio, han logrado que sus propios señores interiorizaran. Dado que los hombres han infectado de forma siniestra a los fuertes su propio y repugnante nihilismo, Nietzsche aboga inversamente por la crueldad y el placer de la dominación, por “todo lo altivo, viril, conquistador, dominador”. Como William Blake, sospecha que la piedad y el altruismo son los rostros aceptables de la agresión, piadosas máscaras de un régimen depredador; de ahí que él no pueda ver nada en el socialismo que no sea una desastrosa extensión de la nivelación abstracta. El socialismo no es suficientemente revolucionario, es una mera versión colectivista de las debilitadas virtudes burguesas, que no acierta a desafiar esos fetiches totales que son la moralidad y el sujeto. Se trata simplemente de una marca alternativa de la ética social, ligada en este sentido a su antagonista político; el único futuro que realmente vale la pena es el que conlleva la transmutación de todos los valores.
 
María Dubón | 13:02 | Permalink |
1 de marzo de 2009
El mundo es un teatro
Toda filosofía comienza por crear inseguridad. Alguien dice: lo que tomáis como verdad es un absurdo, no es más que un montón de prejuicios fruto de vuestros deseos y de vuestra estrechez de miras.

Para el filósofo el mundo es como un teatro, pero, para él, la obra que se interpreta en el escenario es una ilusión que sólo los espectadores ingenuos toman por una realidad; el filósofo se interesa por lo que pasa detrás del escenario, por el lugar desde el que se dirige la obra. En una palabra, mira por debajo de la falda de la realidad en busca de la verdad desnuda porque su objetivo es explicarla.
 
María Dubón | 16:41 | Permalink |
15 de febrero de 2009
Aprender a vivir

Filosofar es aprender a pensar para vivir mejor, es responder a la pregunta: ¿Cómo vivir? Y el objetivo final es vivir felices, pues la filosofía tiene a la vida como objeto, a la razón como medio y a la felicidad como objetivo. Tras años y años de búsqueda, he descubierto que la felicidad está en conseguir las cosas que dependen de uno mismo, sobre las demás no tenemos ningún poder y es imposible controlarlas, por eso aquél que desea y espera la felicidad no la consigue nunca, porque desear la felicidad es perderla y es desesperarse por no encontrarla.

Felicidad es ilusión, no autoengaño, y sólo se es feliz a ratos, depende del momento, por eso hace falta ser sabio, lúcido, para admitir con serenidad que nadie es cien por cien feliz ni sabio. Basta con amar la vida para disfrutarla. Basta con aceptarla tal cual es y modificar aquello que tú puedas cambiar.
 
María Dubón | 03:04 | Permalink |
1 de febrero de 2009
Creer o no creer
El acto de fe no consiste en creer lo que no se ve, sino en creer que se ve. A. Machado

Creer es querer creer. Unamuno


Creer es una opción, una apuesta, un consuelo…, cualquier cosa excepto una creencia. Porque la fe, lo que mueve mi creencia, es ya per se un acto de fe.

Optamos por un nombre y adoptamos una actitud frente a él: Dios, Destino, Azar, Universo. Podemos rechazar, apostar o dudar de aquello que creemos, lo que no cabe es creer lo que creemos.
 
María Dubón | 14:55 | Permalink |
15 de enero de 2009
Brindis por Sofía
He estudiado lo suficiente para no saber nada. Con tales antecedentes debería ser realista o escéptica, pero me estoy convirtiendo en una cínica díscola y subversiva, dedicada a denunciar fallos, empeñada en demostrar la endeblez de la autoridad y dejar sus poderes desenmascarados, ridiculizados e inservibles, en llevar la razón un poco más lejos de lo razonable. Me gusta caminar sobre esa cuerda floja que divide la ortodoxia en dos herejías contrarias.

La Filosofía no es una lamentable necrópolis de nombres y de fechas. Brindo por ella, por Sofía, por la verdad indemostrable, por la realidad inabarcable, por las incongruencias del pensamiento, por las paradojas, por el suelo que se mueve bajo nuestros pies y nos deja sin ninguna base, con el culo al aire...
 
María Dubón | 19:19 | Permalink |