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Mostrando entradas de febrero, 2004

A un pedancio cualquiera

El ridículo está hecho casi siempre de sufrimiento, del escarnio inherente a un yo idealizado, obstinado o susceptible en exceso. Pero yo no sé evaluar a los humanos: juzgar, comprender, reconocer que no comprendo nada, un proceso claramente disuasorio.De ordinario, las incongruencias no suelen ser graves, sólo son regocijantes. ¿Se ha fijado alguien en que la defensa cerril de una idea se ampara en la infalibilidad de los instintos? Es porque no puede cimentarse en los titubeos propios de la razón.
A mí no me gusta discutir ni tampoco adoctrinar, mi escepticismo difícilmente cuadraría con el ejercicio del magisterio o con la controversia ideológica, pero puedo colaborar sin dificultad en una reflexión humorística.
Los extravíos de la razón, la vanidad, las virtudes que no son virtudes y los vicios que no son vicios, el afán de complicarlo todo... todos esos rasgos ridículos que no son privativos de nadie, sino extensivos a la humanidad entera, incluida yo, son temas universales y perma…

Probabilidades de que Dios exista

No hay certezas absolutas, sólo existen certezas estadísticas. Hasta los diplomados en estadística reconocen que sus sistemas sólo pueden prever el resultado global de una serie, cada uno de cuyos elementos será siempre una incógnita. Dentro de la conducta predecible de una bandada de gansos, cada uno de ellos es un caso impredecible. En cualquier golpe de dados, en el milésimo igual que en el primero, las probabilidades de triunfo siguen siendo iguales, siguen siendo igualmente exiguas. Por lo tanto, la conclusión final será también muy modesta: sólo estadísticamente cabe decir que las estadísticas resultan fiables. ¿Qué luz podrían aportar éstas en el arduo problema de la existencia de Dios? Los creyentes afirman que Dios existe, los ateos lo niegan; estadísticamente, pues, Dios sólo existe en días alternos.