Disquisiciones sobre Dios

¿Dios existe? Los ateos lo niegan ateniéndose a la más estricta evidencia, y es que Dios, más que aparecerse aquí o allí, prefiere transparentarse en todas partes para quien tenga los ojos bien abiertos: las epifanías son muy raras, la diafanía puede ser constante. Es cierto que alguna vez se ha aparecido en forma de mendigo, de luz deslumbrante, de aerolito... es su modo predilecto de evadirse de esa ubicuidad teórica y aburrida a la que le han relegado los teólogos. Pero de ordinario, ya digo, prefiere ir de incógnito. No me sorprendería nada que se esmerase en borrar sus huellas o trucar las apariencias, estoy convencida de que haría cualquier cosa para desorientar a sus perseguidores.


Visible o invisible, Dios controla siempre la situación y sabe cómo proceder con los humanos para traerlos a mandamiento. Lo mismo se vale de un escapulario, o de un fracaso amoroso, de una catástrofe aérea, de un terremoto o de una promesa de vida eterna. Para evitar ciertos pecados ni siquiera ha de intervenir personalmente, le basta con atizar la rivalidad que existe entre los enemigos del alma haciendo que se neutralicen dos vicios de signo contrario: por pereza solemos renunciar a nuestras intenciones de venganza. Otras veces, sin embargo, Dios debe actuar de manera directa, pues, como es sabido, el diablo ejerce una fuerte seducción en los humanos. Frente a estas habilidades de su adversario, Dios sólo dispone de su omnipotencia. De ahí que, para ganarse a la gente, tenga que emplear de vez en cuando medidas excepcionales, como hizo con Jonás: en vez de obtener su alma con demostraciones sobrenaturales, lo tiró al mar e hizo que lo secuestrase una ballena y lo llevase a donde Él quería; o en el caso de los israelitas, que para ir de Egipto a Canaán, un trayecto que de ordinario costaba quince días, tardaron cuarenta años, con lo cual quedó demostrado que el Éxodo es el camino más largo entre dos puntos.


Dios le concedió al hombre la libertad y normalmente suele respetar las reglas del juego. Todos sabemos que la libertad es fuente de muchos males, de muchas equivocaciones y extravíos, ya de suyo presupone el mal, lo presupone como alternativa posible. ¿Y no es la posibilidad del mal un verdadero mal? Dios no opina así, puesto que prefirió hacer libres a sus criaturas. Esto significa, obviamente, que la libertad, aun con la posibilidad de todos los males, es preferible a la falta de libertad. Entonces cabe preguntarse por qué demonios (uy, me temo que la expresión no es muy afortunada tratando de Dios) por qué demonios, decía, Dios quiso que el hombre fuera libre. Veámoslo con su lógica. Si Dios quería ser amado por el hombre, no tuvo más remedio que darle la libertad. Sólo un ser libre puede amar verdaderamente, ya que para amar es preciso poder dejar de amar. Sin libertad el hombre sería una marioneta y Dios tendría que tirar de los hilos y hacer de ventrílocuo: Amo a Dios, amo a Dios. Dios desea ser amado de verdad. Dios desea de verdad ser amado. Y decir que a Dios no le importa ser amado equivale a decir que Dios no ama. Aunque, efectivamente, Dios no ama a quien le es indiferente que su amor sea correspondido o no. No entraré a debatir ahora sobre las promesas de vida eterna que pudieran condicionar de alguna manera el amor a Dios, porque el amor, si es sincero, no requiere de tales estímulos.

Dios, repito, suele respetar las normas del juego. Su misericordia no contradice propiamente a su justicia, al contrario, la hace más comprensiva, más clarividente, más justa en definitiva. Curiosamente, muchas personas llegan a atribuir a Dios lo que no atribuirían nunca a ningún hombre medianamente bueno: el resentimiento y la voluntad de desquite, el deseo de venganza contra los pecadores, el propósito de enviarles la muerte cuando se hallen en estado de impenitencia. Pero, desde luego, Dios es omnipotente, puede hacer un triángulo con menos de tres lados; es el Creador, tan buen arquitecto que edificó el mundo sobre el vacío; es íntegro e imparcial, y, no obstante, se deja sobornar por una lágrima o una jaculatoria; es impasible, no le afecta ni el gélido invierno ni el verano asfixiante; es omnipresente, pero, de vez en cuando, se deja localizar; es eterno, qué duda cabe, pero le gusta celebrar su cumpleaños; Dios sufre con los pobres, se enoja con los ricos, se alegra cuando recupera a un pecador.


Dios es perfecto, absolutamente perfecto, pero lo es en la medida de nuestro concepto de perfección y de todos los otros conceptos que hemos forjado para Él. Nosotros le hemos dado sus atributos, su trascendencia, su dignidad. Nosotros hemos diseñado a Dios con unas argumentaciones tan consoladoras como legítimas, hemos elaborado una ingente y meritoria obra teológica, basada en la revelación divina, pero ¿qué son las palabras de Dios comparadas con sus silencio? El silencio de Dios es el galardón irónico y precioso con el que se topan los esfuerzos de tantos teólogos de buena voluntad.