Reflexiones filosóficas

Sucede que las ciencias son múltiples y necesitan lenguajes diversos; por lo cual cada especialidad ha creado su propio código, su propio idioma. La confusión resultante se llama Babel. Lo de menos fue que un momento dado los constructores de aquella torre empezaran a hablar sumerio, babilonio o egipcio. El verdadero desastre consistió en que cada oficio estableció un lenguaje diferente, y ya no podían entenderse los albañiles con los plomeros, los arquitectos con los ecologistas, los políticos con los maestros de moral, hasta tal punto que empezaron a discrepar no sólo sobre el objetivo de la construcción de dicha torre, sino incluso sobre si aquello era una torre o era otra cosa. Fue entonces cuando se hizo necesaria la presencia del filósofo.

Entonces, ahora y siempre por los siglos de los siglos. Ahora también el filósofo aparece en nuestra convulsa sociedad, convoca a los científicos y empieza contándoles una instructiva historia. Cierto santón hindú trajo a la plaza pública un elefante y luego mandó venir a tres hombres con los ojos vendados, para preguntarles qué era lo que había allí. Se acerca el primero de los tres, toca la oreja del animal y dice: "Es una hoja de higuera". El segundo toca una pata y afirma sin vacilar: "Es el tronco de un castaño". Acude el tercero, coge la trompa y la suelta espantado: "Es una serpiente". Se trata de un chiste muy del gusto de los filósofos y de los profesores dedicados a estudios interdisciplinares.

La tentación específica del filósofo es el eclecticismo. Ante una disputa en la cual alguien afirma que las urracas son blancas y otro que son negras, el ecléctico resuelve la situación diciendo que son grises. A fin de no caer en los excesos de la extrema derecha o de la extrema izquierda, él ha abrazado el extremo centro. En su opinión, la verdad es siempre un equilibrio, una maroma de funambulista que divide el error en dos partes iguales. Hay que discernir y luego conciliar; sólo así puede llegarse al conocimiento de la realidad. Está convencido de que abriendo alternativamente uno y otro ojo se obtiene una visión completa. Desprecia al científico, especializado en un único ramo del saber: todo especialista, limitándose cada vez más en su propio tema, cada vez sabe más de menos cosas, hasta que llega a saber todo de nada. El filósofo no incurrirá en semejante disparate. El filósofo ha averiguado que por encima de los conocimientos concretos, y frecuentemente contra ellos, existe un conocimiento superior caracterizado por la abstracción. Cuando se han dejado de lado todos los datos exteriores, de naturaleza siempre impura, la mente empieza a trabajar exclusivamente con sus propios materiales. De este modo, lo que se obtenga será una verdad del todo incontaminada, incorpórea, una verdad intachable.

Pienso que existo, luego pienso que existo. El filósofo contempla embelesado cómo las ruedas de su maquinaria mental giran cada vez más deprisa, a un ritmo acelerado que nada perturba. ¿Qué sucede? Las ruedas giran en el vacío, no muelen nada. El filósofo es un especialista en generalidades. He ahí la síntesis última de los grandes sistemas, el puro caldo de cabeza, lo que queda en el filtro después de colar una sopa de unicornio. Apoteosis de la razón.

Lo único que ve el filósofo es lo que espera ver, lo único que halla es una confirmación de sus ideas. Los principios teóricos distorsionan los datos objetivos a fin de que éstos puedan sancionar la validez de aquéllos. Para transformar en tesis una hipótesis sólo hace falta un hecho empírico, que indefectiblemente será contemplado y analizado desde los presupuestos dictados por dicha hipótesis. Cabría esperar que así como el razonamiento está llamado a detectar las ilusiones de los sentidos, éstos sirvieran para denunciar los extravíos del razonamiento. Pues bien, a menudo sucede todo lo contrario: como ya advirtió Pascal, además de equivocarse cada cual por separado, la razón y los sentidos tienden a engañarse mutuamente. No me negaréis que es algo hilarante, un excelente montaje del humor para lubidrio y enmienda de filósofos: un diálogo en que los interlocutores, además de mentirosos, fueran sordos.

Pero el auténtico filósofo no tiene enmienda y halla en la impugnación un estímulo y un acicate. La suya es una actividad sin fin, porque se trata de un camino sin meta. Demócrito afirma que los griegos son mentirosos; ahora bien, Demócrito es griego; por consiguiente, Demócrito miente; por consiguiente es falso que los griegos sean mentirosos; por consiguiente, Demócrito no miente; por consiguiente es cierto que los griegos son mentirosos; por consiguiente, Demócrito miente; por consiguiente... He aquí el famoso silogismo llamado bicornuto. Y yo me pregunto: si pusiéramos en fila todos los silogismos que se han ido elaborando a lo largo de los siglos, ¿no resultaría un único y colosal silogismo bicornuto? Cada capítulo de la Historia de la Filosofía refuta el anterior y es refutado por el siguiente. El silogismo bicornuto es sólo una página de humor en los tratados de lógica.

Demócrito miente, Demócrito no miente... Nunca jamás se parará el disco, porque se trata de un disco rayado. El filósofo seguirá argumentando ininterrumpidamente, pedaleando sin pausa, ya que en el momento en que dejase de pedalear se caería de la bicicleta, sería fulminado por el resplandor de la evidencia. Pero el filósofo es sólo un caso extremo. ¿Qué decir del resto de los humanos? El hombre piensa y el filósofo es un ser pensante en estado de gravedad. Mejor dicho, es un arquetipo, un paradigma de la humanidad, como en otro sentido lo son también el soldado, el peregrino, el comediante, imágenes estilizadas del hombre, ese ser cuya vida constituye una lucha continua, un azaroso viaje y una farsa casi constante. El filósofo es otro arquetipo del hombre, ese ser cuya vida constituye también, y sobre todo, una incesante máquina de pensar. Dígase, pues, del hombre en general cuanto quedó dicho del filósofo en particular.