Soy presuntuosa

Acaso pensaréis, y con razón, que soy una presuntuosa, que me tengo por una de esas personas clarividentes, capaces de comprender en toda su hondura el misterio de la trivialidad humana. Tamaña pretensión por mi parte sólo podría ser corregida por otra pretensión mayor, afirmando que pertenezco a otra especie distinta, que soy un extraterrestre en viaje de inspección por este planeta azul.

¿Tal vez alguien podría desmentirme? ¿Quizás podría demostrar lo contrario? Si yo afirmo que soy extraterrestre, nadie puede desmentir mi afirmación. La fuerza de la Lógica es impepinable.

Admitamos otra hipótesis más trivial, admitamos que, efectivamente, soy una mujer, bípeda, implume, racional, locuaz, curiosa, cínica, amante de la Filosofía y con una cierta propensión a divagar sobre las flaquezas de la condición humana. Vosotros sois internautas, aficionados a la lectura, pero deberíais comprender que entre los escasos placeres que le quedan a un "filósofo", está el de presumir de haber encontrado la Verdad indubitable y, por tanto, hablar con conocimiento de causa.

¿Os habéis fijado? Si algo caracteriza al ser humano es su insoportable conciencia de superioridad, su conciencia de especie biológica dominadora del mundo. Todos somos iguales: prepotentes, avasalladores y falsamente modestos. Somos humanos, somos engreídos.

Sin embargo, en momentos excepcionales de gran humildad, hemos llegado a formular esta tremenda hipótesis: la posibilidad de una vida superior que nada tenga que ver con el hidrógeno y miserias afines; unos seres vivos tan evolucionados, tan distintos originariamente de nosotros o tantos trillones de años por delante de nosotros, que en sus eventuales visitas a la Tierra nunca se les haya ocurrido entablar contacto con nosotros, por la misma razón por la que nosotros no tenemos ningún interés en relacionarnos con una colonia de insectos.

Pues bien, aun en este caso, tendemos a atribuir a esos seres algún parecido con nosotros. Y es que nuestra imaginación es tan limitada como nuestra inteligencia. Admitamos que su cuerpo sea muy distinto al nuestro, quizá cilíndrico, quizá invisible, pero se trata de seres que piensan y codician, son crueles o bondadosos. De manera inevitable les atribuimos nuestros deseos y nuestras pasiones, si bien corregidos y aumentados. Su campo de operaciones es más amplio dentro del espacio sideral, sus máquinas más perfectas, su lenguaje más polisémico, hasta ahí llega nuestra fantasía. Pero sus manías son las mismas, hasta ahí llega nuestra simpleza. Nuestra simpleza y nuestra vanidad, como si por encima del hombre sólo pudiera existir algo semejante al hombre, como si el argumento de la comedia humana fuera tan importante que exigiese nuevos espacios donde prolongarse. Esto nuestro es orgullo corporativo, y lo demás zarandajas.

"El hombre es la medida de todas las cosas", dejó escrito Protágoras en un arranque de delirante megalomanía. El hombre se ha constituido en centro y eje del universo. Nuestro mundo es un orbe antropocéntrico: la Historia Universal narra sólo la historia de la humanidad. La Biología estudia la vida del hombre y de cuatro organismos monocelulares. La Lógica ha decretado cuando dos cosas son imposibles: cuando no caben juntas en la cabeza de un filósofo. La Moral fija taxativamente las fronteras entre el bien y el mal: lo que es bueno y malo para el hombre. La Religión no ha conseguido divinizar al hombre, por eso ha humanizado a Dios.

Todo lo que carece de denominación humana, no existe. No existe lo que está más allá del firmamento que vemos, ni lo que está por debajo de eso que llamamos subconsciente, ni lo que está por encima de lo que llamamos Dios. ¿Qué pensaría de nosotros un extraterrestre objetivo, realista y desapasionado? ¿Qué opinión le merecería la frasecita de Protágoras?

Mi jefe alienígena me ha encargado un informe sobre los habitantes de la Tierra, y estoy tan estupefacta por mis descubrimientos que no sé por dónde comenzar. ¿Alguna pista?