Sum, ergo cogito

Sabemos que el instinto de los animales es siempre certero, aunque restringido, mientras que la inteligencia del hombre es de suyo ilimitada pero expuesta al error. ¿Hemos salido ganando los humanos?

Nuestra inteligencia funciona a partir de los sentidos, todas las ideas y elucubraciones arrancan de eso que perciben los sentidos. Porque nosotros no somos espíritus puros. Verdaderamente, nuestros sentidos abarcan un campo muy pequeño; los ojos sólo captan una gama de colores bastante pobre, el oído sólo registra aquellos sonidos que no son ni demasiado agudos ni demasiado graves. Luego viene el trabajo de la inteligencia, que es capaz de añadir al color violeta el ultravioleta y al rojo el infrarrojo, y que, tras haber oído campanas, se pregunta dónde. Nuestros sentidos, repito, son muy limitados. Cinco angostas ventanas, situadas casi a ras del suelo, para otear el mundo; cinco conchillas con las que ir recogiendo el agua del océano. Pero esto es lo de menos. Al fin y al cabo, los sentidos de los animales adolecen de la misma estrechez. Lo grave en nuestro caso no es que sean limitados, es que son falaces. Entre las llamadas ilusiones ópticas goza de gran renombre el fenómeno del espejismo; conviene advertir que dicho fenómeno reviste formas muy variadas y se da con igual frecuencia en la ciudad que en el desierto. En realidad no percibimos lo que vemos, sino lo que esperamos o tememos ver. No vemos con el ojo, sino a través del ojo. Nuestro aparato perceptivo es ya un aparato interpretativo. Pues bien, a estas ilusiones de los sentidos hay que sumar luego las ilusiones propias de la razón, la cual se comporta con la misma o mayor arbitrariedad. Generalmente, nuestros juicios no vienen determinados por los datos que recogemos, sino por el esquema ideológico previo con que examinamos dichos datos. Nuestros juicios dependen de nuestros prejuicios. Ya sé, me diréis que el hecho de hablar de tales ilusiones demuestra que han sido detectadas, que su falsedad ha sido advertida y corregida. Pero ¿cómo saber si los instrumentos de rectificación no son también defectuosos? Lo que difiere de un error no es necesariamente verdad, quizá sea otro error distinto. ¿Y cuando esos instrumentos corroboran lo que nosotros ya teníamos por cierto pero hemos querido someter a comprobación? Bien podría tratarse de algo así como una división equivocada que luego viniese a ratificar una prueba del nueve igualmente equivocada.

Desde luego, nada de esto impide que en nuestra vida cotidiana nos vayamos arreglando mejor o peor a base de verdades que, aunque hipotéticas, son útiles, son funcionales. Sin embargo, no debe ignorarse que el valor práctico de una certidumbre no garantiza en absoluto su verdad teórica. ¿Qué hacer? Por fortuna, disponemos de la Filosofía. La Filosofía va al fondo del problema, preguntándose del modo más radical sobre las posibilidades de la mente humana para aprehender la verdad.