La astrología destronada

Las primeras fuentes escritas sobre Astrología hablan del nacimiento sagrado de esta disciplina, ya que fue un regalo que los dioses hicieron a los hombres en forma de revelación, también es cierto que sus orígenes se remontan a los antiguos sumerios, que empezaron a estudiar el cielo e interpretaron lo que los astros decían.

Augurios, previsiones y predicciones servían para conocer el futuro, hasta que la Astrología permitió averiguar el destino escrito por los astros en los renglones del universo. Traducir el enigmático significado de las estrellas fue una tarea difícil, pero apasionante, para ello sirvió la mitología grecorromana. Los famosos diez dioses del Olimpo, con sus peculiaridades psicológicas, dieron validez al comportamiento de los astros-dioses: Sol, Luna, Mercurio, Venus, Marte, Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno y Plutón. Así tenemos al dios Sol, que coronado del laurel triunfador recorre el cielo en su cuadriga; a la diosa Luna, caprichosa, malhumorada, encantadora, tierna, romántica... según el humor que tenga cada semana; a la hermosa Venus, seductora y causante del delirio de los hombres; a Plutón, señor de los infiernos que huele a azufre... Cada dios rige uno de los doce signos del zodiaco e imprime su huella a los nacidos bajo su dominio. Aquí es donde el relato fantástico choca con mi racionalidad más cartesiana para producirme una rebeldía consustancial a mi naturaleza escéptica. Porque el carácter es una disposición innata del individuo, que no proviene de dioses-astros, sino de los genes. Sumemos a los genes el influjo de las circunstancias y tendremos nuestra personalidad esbozada.

Conocer los avatares que me deparará el futuro a través de mi horóscopo es para mí un entretenimiento divertido, a veces hilarante. En una ocasión leí un libro en el que se decía que Moisés habría encargado las finanzas del grupo de hebreos que atravesaba el desierto camino de la tierra prometida a un Tauro. Por suerte para ellos, Moisés no me escogió para llevar sus libros de contabilidad, habría ido a la bancarrota en dos días.

El viernes será un día relajado y favorable a las conquistas, me vaticina un astrólogo desde una revista. Ese viernes, el coche no arranca y llego al trabajo por los pelos, el ordenador pierde un archivo que he de rehacer a toda prisa, la impresora no funciona y no puedo presentar un documento importante, el teléfono no deja de sonar, mi jefe está de mal humor porque no le han pagado una factura con un importe de siete cifras, la bibliotecaria ha prestado el libro que dejé reservado para documentar un artículo. Al llegar a casa, rendida y atacada de los nervios, no ansío conquistar a George Clooney, me conformo con que Morfeo me acune en sus brazos. Menos mal que iba a tener un buen día.

Cuando Marte se halla a 90º de Venus, las relaciones amorosas se rompen, nos explica la Astrología, sin embargo, se producen rupturas sentimentales cada segundo, y o bien es debido a que Marte y Venus mantienen fijo su ángulo o es que el fin del amor obedece a causas que nada tienen que ver con los astros: traición, falta de entendimiento, tedio... Lo que yo digo, hilarante.

Existen personas supersticiosas, sugestionables y llenas de fe que se dejan condicionar por el horóscopo y siguen sus recomendaciones al pie de la letra: juegan a la lotería en las fechas en que supuestamente la fortuna les es favorable, no se embarcan en una relación sin conocer de antemano que su signo y el de su pareja resultan complementarios... Son víctimas de su inseguridad y de sus miedos proyectados a escala cósmica.

Puedo pecar de arrogancia, pero estoy convencida de que mi destino no se halla en los astros, está en mis manos, y es consecuencia directa de mis decisiones. Considero absurdo e inmaduro responsabilizar a determinado planeta de mis fracasos, creer que soy nerviosa por pertenecer a un signo de tierra o llegar a la conclusión de que mis éxitos amorosos se deben a la benéfica influencia de Venus.

Paparruchas. Hermosos relatos para nautas astrales en un viaje tan loco como entretenido. Antiguas leyendas para mentes ignorantes. Argumentos sin base, cimentados en polvo de estrellas. Luces que dibujaban animales, cambios en el decorado nocturno, eclipses, equinoccios, días, estaciones... hechos magníficos que obedecían a leyes inextricables. Curiosidad frente a los misterios y urgencia por encontrar respuestas. De la mirada a un cielo oscuro salpicado de luces, nació la Astrología para explicar la complejidad del cosmos y la esencia humana. En la actualidad, la ciencia y los instrumentos de observación han modificado las explicaciones que antaño se dieron para resolver los enigmas del universo. Hoy sabemos que los eclipses se producen porque los astros describen órbitas elípticas y no porque el anciano Saturno, temeroso de ser destronado por sus hijos, se los vaya comiendo; que los signos zodiacales cambian cada 2.000 años y no cada mes; que desde que se estableció el horóscopo los planetas han variado su posición en el cielo y ahora los Aries son Tauro, los Tauro son Géminis y así sucesivamente. En resumen, que la ciencia, la razón y la lógica contradicen a la Astrología, que no deja de ser una bella historia para espíritus fantasiosos.