Sobre la risa

La risa tiene latitudes. De ese modo, quien quiere reírse en todas partes, ha de viajar con sextante, porque el humor, dependiendo del paralelo donde uno se encuentre, aparece unas veces bajo forma de conejo (Alicia en el país de las maravillas) y otras bajo el disfraz de un polichinela torpe (como sucede en la Comedia del arte). Aunque el problema no es siempre del ropaje del humor, en ocasiones el problema es una cuestión de cercanía o lejanía. En el cine, sin ir más lejos, el público, en general, se desternilla desde las primeras filas con las tonterías de Jim Carrey, mientras los críticos más sesudos, sentados en las filas traseras, sudan la gota gorda durante la proyección, para luego cargarse sus películas a base de compararlas con Chaplin o Keaton (qué tiempos aquellos; ya saben). ¿Será que cuanto más cerca se está de la pantalla, más posibilidades hay de reírse? Quizás. Lo cierto es que si uno quiere reír con las imitaciones de Cruz y Raya o de cualquier otro humorista, ha de conocer antes a los personajes imitados, es decir, debe estar familiarizado con ellos para sacarle verdadero rendimiento a lo que, de otra manera, difícilmente pasaría de ser una tontería, que por asociación puede llegar a transformarse en un chiste. Pero eso tampoco quiere decir mucho, porque no siempre salen los números en este tipo de axiomas. En un mismo edificio, los vecinos del tercero, personas de muy mala uva, se ríen de las tribulaciones de los del cuarto, que tienen una hija con leucemia en fase terminal; en este caso, y atendiendo a la teoría anterior, quien debería entonces reír a mandíbula batiente es la enferma, que es, al fin y al cabo, la que sabe si su enfermedad hace o no cosquillas. Así pues, ni demasiado cerca ni demasiado lejos; un término medio, un meridiano, sería lo mejor para solucionar este galimatías. ¿Será, por consiguiente, una mirada cercana sobre una presencia lejana lo que define el humor, la risa? Desde luego, uno prefiere no ser quien tropieza con las farolas, pero le encanta servir de observador, más cuando el accidentado es algún alma cándida que conoce, menos su pobre madre, claro.