Arts longa, amor brevis

Concebir el éxito del amor, la historia feliz del amor, como una lenta evolución desde la rivalidad de dos egoísmos hasta la complicidad más perfecta entre ambos, puede parecer una declaración de cinismo.

Se trata, no lo olvidemos, de criaturas muy indigentes y muy propensas al error. Además de perecedera, la carne es opaca. La carne es lo que permite allegarse por un momento a los amantes, a la vez que los mantiene permanentemente distanciados; es como un tabique que separa dos celdas contiguas y a través del cual, por medio de unos golpes convenidos, se comunican los reclusos que en ellas están encerrados.

Siempre quedará en la persona amada un fondo de opacidad, un reducto inaccesible, porque las palabras humanas son equívocas o insuficientes. Dicho reducto, el amante tiende a considerarlo como una posible plenitud de intimidad, como una tierra de promisión hacia la que dirige sus pasos día tras día, ilusionadamente. No sabe que esa tierra es inalcanzable y es totalmente calcárea.

El amor mueve el Sol y las otras estrellas, es capaz de todo, menos de ser realista, porque no posee sentido de lo relativo. Por eso no evita las falsas ilusiones, y quien evita el engaño, evita el desengaño.

El amor permite perdonar setenta veces siete, alegra los corazones, parece que ponga bálsamo cuando en realidad pone sal. El amor es un arma, pero sólo defensiva. El amor es atroz, sublime. Está demostrado: el amor tiene magia, pero la tiene donde las avispas.