El origen de todo

Al final de su ensayo Historia del tiempo, Stephen Hawking se atreve a decir que la ciencia, por mucho que avance, jamás será capaz de responder a la más grande de las preguntas: por qué el universo se ha tomado la molestia de existir.

La astrofísica explica el origen de todo lo conocido: el universo, con la teoría de una gigantesca explosión, el Big-bang. Pero lo que había antes del Big-bang, esa fabulosa concentración de energía miles de millones de veces más pequeña que el núcleo de un átomo, existía ya. Y es precisamente la existencia de esa especie de chispa en el vacío lo que debemos explicar para hablar del origen radical del universo.

La física reconoce que no puede hacerlo, pues uno de los límites del conocimiento físico es el muro de Planck, que oculta el comportamiento de los átomos cuando la gravedad es extrema: justo hasta 10 elevado a una potencia negativa de 43 segundos después de la gran explosión. Además, aunque traspasara el muro de Planck, el origen radical del universo quedaría fuera del campo de su estudio, pues dicho origen implica el salto de lo físico a lo no físico.

Ninguno de los seres que integran el universo se ha dado vida a sí mismo: todos, tanto los vivos como los inertes, son eslabones de una larga cadena de causas y efectos. Pero esa cadena ha de tener un inicio. Si el cosmos no se da la existencia a sí mismo, debe haber algo más, debe haber un ser que exista por derecho propio y que transmita existencia a los demás. ¿Adónde llegamos cuando nos remontamos hasta la fuente radical de la existencia? A una causa que sólo puede ser extracósmica.

La Filosofía tampoco llegará más lejos que la ciencia, puesto que es humana, y nunca sabremos la causa de la existencia: ¿por qué el ser y no la nada?