Practiquemos la espeleología

Os invito a que practiquéis alguna vez esta clase de deporte, muy relacionado con la espeleología. Se trata de ahondar en la propia conciencia. Primero hallaremos el estrato de nuestros actos más recientes, luego otros actos inmediatamente anteriores que influyeron en éstos, después las intenciones que de forma directa los inspiraron. Sigamos descendiendo. Enseguida descubriremos que por debajo de dichas intenciones había otras más profundas que en cierto modo quedaban enmascaradas. ¿Las reconocéis como vuestras? Aunque pasaron inadvertidas a la hora de actuar, no por eso dejaron de influir en nuestra conducta. Si no se hicieron presentes a nivel de conciencia fue porque estaban más arraigadas y mejor asimiladas que aquellas otras razones superficiales que aparentemente nos movían. Enfoquemos ahora la linterna hacia esa zona del alma nunca visitada. Continuemos bajando. Cada estrato geológico significa un juicio de valor sobre el anterior. Pero he aquí que en cierto momento, inevitablemente, surge una sospecha: si entonces existieron motivaciones ocultas y desconocidas que nos impulsaron a obrar de cierta manera, ¿no existirán también ahora otras razones, igualmente ocultas y desconocidas, que nos impulsen a enjuiciar aquéllas de cierta manera? Es como un proceso sin fin, dentro del cual el sujeto observador pasa a ser inmediatamente un objeto observado. Es como un juego inacabable de muñecas rusas. Se tiene la impresión de que un psicoanalista profundiza poco más que un dermatólogo. Vamos quitando capas y más capas, vamos alcanzando nuevas cotas de profundidad, ¿y qué conseguimos con ello? ¿Acaso la cota número 7 es más verdadera que la cota número 6? ¿Dónde está la verdad? Los griegos hablaban de la verdad como alétheia o revelación, como una operación consistente en ir retirando velos. ¿Y si la conciencia fuera igual que una cebolla, compuesta nada más de sucesivas capas? Los puristas del amor se empeñan en limpiarlo de toda adherencia, suprimiendo cuanto haya en él de atracción sexual, gratitud, costumbre, alianza contra terceros, miedo a la soledad, etc.; al final ¿qué nos queda en las manos? El amor ¿es la resta de todo esto o es más bien la suma de todo esto? Después de bajar a la cota de conciencia número 18, una acaba preguntándose dónde estará exactamente la verdad, si en la cota 238 o tal vez en la 239.

Ni siquiera los más viejos del pueblo saben dónde está la verdad. Es una recomendación galante y caritativa: debemos comprender cada vez más y juzgar cada vez menos. Incluso habría que tratar de comprender a los jueces y no juzgarlos. Que tire la primera piedra contra la adúltera quien nunca ha adulterado su corazón; de acuerdo, pero también que tire la primera piedra contra los jueces quien nunca ha tenido la osadía de juzgar a su prójimo. En este sentido, la única actividad legítima sería la que desempeña un confesor: su misión es absolver; sólo debe juzgar sobre la sinceridad del arrepentimiento, y para ello tiene que creer al penitente, tiene que atenerse a su palabra. Alguien dijo que comprenderlo todo equivaldría a perdonarlo todo. Yo pienso que lo más parecido a comprenderlo todo es reconocer que no comprendemos casi nada.