Enquiridón de Epicteto

Epicteto nació aproximadamente el año 50 d.J.C. en Hierápolis, una de las ciudades más populosas y ricas de la Frigia meridional y a la sazón provincia del Imperio romano. Es probable que fuera llevado a Roma de niño y, en calidad de esclavo, estuvo al servicio de Epafrodito, un liberto que fue secretario de Nerón.

Asistió a las lecciones que daba el caballero romano y filósofo estoico Musonio Rufo, famoso en la Urbe por aquel entonces. Allí, de boca del que sería siempre su querido maestro Rufo, aprendió Epicteto los ideales y dogmas estoicos junto con muchas máximas de una pedagogía vívida y eficaz.

Según cuenta una anécdota muy divulgada por la tradición, su amo se divertía retorciéndole una pierna a Epicteto con un instrumento de tortura, mientras el pobre filósofo se limitaba a advertirle que se la iba a romper; cuando esto sucedió, Epicteto exclamó por todo reproche: “Ya te dije que me la romperías”. Es una leyenda emblemática y un tanto caricaturesca, síntesis gráfica del lema epicteteo: “Sustine et abstine”. Resiste y abstente, una recomendación que compendia gran parte de su filosofía y de su actitud. Frente a la brutalidad que supone la referida anécdota, hay que mencionar que otras fuentes atribuyen la cojera o lisiadura de Epicteto al reuma.

“Tal fue Nerón que en su tiempo ser esclavo en Roma no era nota; sino ser ciudadano; pues era esclavo en la República, que era esclava. Todos lo eran: el Emperador, de sus vicios; la República, del Emperador; Epicteto, de Epaphrodito. ¡Oh alto blasón de la filosofía, que cuando el César era esclavo y la República cautiva, sólo el esclavo era libre!” Ésta es la descripción que hace Francisco de Quevedo y Villegas, traductor brillante de la obra de Epicteto. En la Roma de la época, la oposición a la tiranía de los Césares era principalmente de carácter estoico entre las clases más elevadas y estoico-cínica entre la plebe y los esclavos. Las mismas prédicas de religiones advenidas del Oriente, sobre las que no tardó en destacar la cristiana, abundan en elementos connaturalmente cercanos al estoicismo. Algunos de los libros sapienciales de la Biblia fueron redactados por buenos conocedores de la Estoa: san Pablo, el apóstol de las gentes, se había formado en su ciudad natal, Tarso de Cilicia, famosa por sus centros de enseñanza estoica. La misma Citio, de Chipre, patria de Zenón el fundador del estoicismo, fue en su origen una colonia tarsense y mantuvo después estrechas relaciones con su metrópoli. Doctrinas como las de que todos los hombres son hermanos, descendientes o hijos de Dios, que llevan en sí una chispa de divinidad, que todos son, por tanto, de la misma dignidad y estirpe, sin ninguna diferencia natural entre libres y esclavos; que todos deben aspirar a mayor justicia en sus acciones; que el mundo entero es la universal y pasajera patria... debían de parecerles muy subversivas a los endiosados déspotas imperiales, a los Calígulas y Nerones. Incluso el relativamente tolerante Vespasiano expulsó de Roma a cínicos y estoicos y el cruel Domiciano, perseguidor del cristianismo y cuyo reinado fue una dominación por el terror, emitió varios decretos contra los filósofos.

En el año 93, Epicteto, que ya había sido manumitido y disfrutaba de su condición de liberto, decidió imitar a su maestro Rufo vistiendo los atuendos de filósofo y empezaba a profesar públicamente el estoicismo, motivo por el cual tuvo que salir de Italia desterrado como sus colegas. Se estableció entonces en Nicópolis, ciudad de Egipto en la que abrió una escuela pública donde enseñaba la doctrina estoica y daba ejemplo de una vida ascética, contentándose con lo justo para subsistir y paupérrimo. Habitaba una casucha ruinosa, sin más mobiliario que una mesa, un jergón y una lámpara de metal que, cuando se la robaron, fue sustituida por otra de barro. Estuvo solo hasta que recogió a un niño abandonado y tomó a su servicio a una pobre mujer para que lo cuidara.

La filosofía era en esos días algo parecido a lo que hoy entendemos como profesión religiosa e implicaba, como ésta, exigencia de renuncia, mortificación, austeridad y sometimiento a unos principios y reglas de carácter casi monástico. Los filósofos devenía pues en una especie de predicadores cuyas enseñanzas iban dirigidas tanto o más al corazón y a la voluntad que a la inteligencia de sus oyentes. Se acudía al filósofo en busca de dirección práctica para el espíritu, sintiendo la necesidad de recibir consejo y aliento con los que arrostrar los envites de la existencia y pretendiendo hallar la paz y la felicidad interna mediante la observancia de la virtud.

Epicteto enseñó, disfrutando de una enorme aceptación y casi veneración entre sus discípulos, todas las doctrinas estoicas, aunque haciendo especial hincapié en la ética. No dejó nada escrito, y se debe a la devota solicitud de uno de sus discípulos el que sus enseñanzas hayan perdurado a través de los tiempos. Arriano de Nicomedia recogió la palabra de su maestro Epicteto y trató de reproducirla con la máxima exactitud. Compiló las notas o apuntes que fue tomando en clases o conferencias y redactó unos cuantos libros destinados, en un principio, a su propio uso y al de sus amistades, con la intención de que le sirvieran para recordar lo aprendido y como estímulo en el ejercicio de la virtud. Parece ser que aquellos apuntes informales y privados trascendieron a círculos más amplios en lo que podría denominarse una edición pirata y Arriano se vio obligado a impedir el abuso y a corregir las alteraciones que habría sufrido el texto original. Publicó ocho –o más- libros de Diatribas, disertaciones exhortatorias, de los que se conservan cuatro completos y varios fragmentos de los demás. Después, Arriano compone “El Inquiridón o Manual”, y lo hace entresacando el núcleo más esencial de aquellas doctrinas y enseñanzas antes recopiladas.

La intención con la que Arriano redactó el Manual no era la de dar a conocer el estoicismo, ni su ambiente, ni tampoco quién era Epicteto, ni cómo se le entendió o se le dejó de entender, ni si influyó o no en el pensamiento de la época. Todo esto se daba por sabido o se pensó que no hacía falta saberlo. El Manual se escribió como recordatorio, para mantener presente y actualizado algo antes aprendido, de aquí que muchos de los capítulos del opúsculo comienzan con un imperativo “recuerda...”

Para saber del estoicismo, de sus orígenes, ambientación, maestros fundadores, doctrinas principales y secundarias, evolución, recepción e influencias culturales del mismo hay estupendos trabajos realizados por eminentes expertos. Pero para habérselas dignamente con el Manual, nada mejor que una lectura directa de la obra, porque el texto debe escapar a cualquier intento de interpretación o tergiversación. Sus directrices y consejos todavía pueden resultar útiles a cuantos busquen liberar su ánimo de las angustias y tensiones que oprimen al hombre actual y pueden servir para fortalecer la voluntad y adquirir mayor dominio de uno mismo.

A continuación anoto una muestra de inapreciables valores prácticos para conseguir la libertad interior, la tranquilidad del espíritu o la paz de conciencia, eso sí, siempre que se cumplan esforzadamente los preceptos estoicos:


* No pretendas que lo que sucede suceda como quieres, sino quiérelo tal como suceda, y te irá bien.

* Si quieres progresar, rechaza reflexiones como éstas: “Si descuido mis negocios, no tendré de qué vivir”. “Si no castigo al joven esclavo se maliciará”. Mejor es morirse de hambre habiéndose librado de la tristeza y del miedo que vivir en la abundancia pero lleno de inquietudes, y mejor que el esclavo sea una calamidad que no que tú estés siempre de mal genio.

* Amo es de cada uno quien lo que el tal quiere o no quiere tiene la facultad de dárselo o quitárselo. Por consiguiente, todo aquel que trate de ser libre ni quiera ni rehuya cosa alguna de las que dependen de otros; y si no, será necesariamente esclavo.

* Invencible puedes ser si a ningún combate desciendes en el que la victoria no dependa de ti.

* Recuerda que no es el que insulta o el que golpea quien ultraja, sino la opinión que enjuicia estas acciones como ultrajantes. Por tanto, cuando alguien te irrite, sábete que tu juicio te ha irritado. Así que, en los primeros momentos, procura no ser cautivado por la engañosa fantasía, pues, una vez hayas ganado tiempo y dilección, más fácilmente serás dueño de ti.

* Si alguna vez llegas a volverte hacia lo extremo por querer agradar a alguien, sábete que habrás perdido el rumbo acertado. Conténtate, pues, en toda circunstancia con ser filósofo. Y si también quieres parecerlo, parécetelo a ti mismo y basta.

* Si alguien te hiciere saber que un individuo habla mal de ti, no te defiendas contra lo que se haya dicho, sino responde: “Pues ignora los demás defecto que hay en mí, de lo contrario, no habría dicho sólo estos”.

* Cuando hagas algo habiéndote juiciosamente convencido de que hay que hacerlo, en ningún momento rehuyas ser visto mientras lo pones en práctica, por más que la gente pueda pensar de manera desfavorable acerca de ello. Pues, si no obras con rectitud, evita la acción misma, y si con rectitud, ¿por qué temes a los que injustamente te harán reproches?

* Señal es de incapacidad natural pasarse la vida ocupado en cosas concernientes al cuerpo, como en hacer mucha gimnasia, comer mucho, beber mucho, evacuar mucho, copular mucho. Estas cosas se han de hacer, más bien, accesoriamente; dedíquese, en cambio, a la mente toda la atención.

* Razonamientos como estos son incoherentes: “Yo soy más rico que tú, luego soy superior a ti”, “Yo soy más elocuente que tú, luego soy superior a ti”. En cambio, estos otros son más concluyentes: “Yo soy más rico que tú, luego mi riqueza es superior a la tuya”, “Yo soy más elocuente que tú, luego mi elocuencia es superior a la tuya”. Ya que tú no eres, ciertamente, ni riqueza ni elocución.

* Ya no eres un muchacho, sino hombre plenamente adulto. Si ahora te descuidas y emperezas, y siempre vas cambiando de propósitos y fijando unas tras otras las fechas a partir de las cuales te ocuparás de ti, ni te darás cuenta de que no progresas, sino que seguirás siendo un vulgar ignorante al vivir y al morir.