El amor

El amor es lo que nos hace vivir, él torna la vida digna de ser amada. Es el amor lo que nos salva; es, pues, el amor lo que hemos de salvar. Pero ¿qué amor? ¿Amor a qué? El amor es múltiple, se puede amar el poder, el dinero, a un amigo, a un hombre, a una mujer, a los hijos, a los padres, a Dios, a uno mismo... El empleo de una única palabra para designar amores tan diferentes genera confusiones. ¿Sabemos de qué hablamos cuando hablamos de amor? ¿No usamos la ambigüedad de esta palabra para adornar amores dudosos, para autoengañarnos, para aparentar que amamos algo distinto de nosotros mismos, para ocultar errores o extravíos?

Necesitaríamos palabras diferentes para nombrar amores distintos. En español, no faltan palabras: amistad, ternura, pasión, afecto, cariño, simpatía, concupiscencia... La única dificultad estriba en saber elegir entre ellas. Los griegos, más lúcidos que nosotros, o con mayor capacidad de síntesis, se sirvieron de tres palabras para designar tres amores diferentes: éros, philia, agapè.

¿Qué es éros? Es la falta y la pasión amorosa. Según Platón es: “Lo que no tenemos, lo que no somos, lo que nos falta, he aquí los objetos del deseo y del amor”. Es el amor que toma, que quiere poseer. ¿Cómo no amar lo que nos falta? ¿Cómo amar lo que no nos falta? Es el secreto de la pasión, que sólo dura mientras hay falta, desdicha, frustración. Necesita amar lo que no tiene, y sufrir, o tener lo que ya no ama -pues sólo ama lo que le falta- y aburrirse... Sufrimiento de la pasión, aburrimiento de las parejas: no hay amor (éros) dichoso.

Pero ¿cómo seríamos felices sin amor? ¿Y cómo no serlo cuando se ama? Platón no tiene razón en todo, ni siempre. El amor no siempre es falta: a veces también amamos lo que no nos falta, amamos lo que tenemos, lo que hacemos..., y lo gozamos con alegría. Es lo que los griegos denominaban philia. Según Aristóteles: “Amar es alegrarse” y el secreto de la felicidad. En este caso amamos lo que no nos falta, aquello de lo que gozamos, y esto nos alegra, nuestro amor es este mismo gozo. Placer del sexo, dicha de las parejas, de los amigos: no hay amor (philia) desdichado.

Ágape es un concepto tardío. Éros y philia bastaban para describir la pasión o la amistad, el sufrimiento ante la carencia o la alegría de compartir, hasta que llegó Jesucristo y empezó a predicar cosas sorprendentes: “Dios es amor... Amad al prójimo... Amad a vuestros enemigos...”. ¿Qué clase de amor era éste? ¿Éros? ¿Philia? Esto nos conduciría a un absurdo. ¿Cómo puede Dios carecer de algo o ser amigo de cualquiera? ¿Quién podría pedirnos que amemos a todos y a cualquiera, al prójimo, y que seamos amigos de nuestros enemigos? Los discípulos de Cristo tuvieron que popularizar un neologismo para traducir al griego sus enseñanzas, y éste surgió del verbo agapan: amar, que carecía de un sustantivo corriente, lo que dio lugar a ágape, término que los latinos tradujeron por caritas y que nosotros conocemos como caridad. Caridad es el amor al prójimo, amar sin pedir nada a cambio, amar por nada, amar al enemigo.

Éros, philia, ágape: el amor que toma, que sólo sabe gozar o sufrir, poseer o perder; el amor que se alegra y comparte, que desea el bien de quien nos lo hace; el amor que acoge y da, que no necesita ser correspondido. Los tres tipos de amor son necesarios, no se excluyen mutuamente, son más bien tres momentos del proceso de vivir.