1 de agosto de 2007

Racismo científico

En el preciso contexto del racismo científico de finales del siglo XIX o de principios del XX el atraso tecnológico del “otro” resultaba fácilmente explicable: aquellos pobres miserables de piel oscura y cabello rizado estaban biológicamente determinados a persistir en la barbarie y la ofuscación o, como mucho, a mejorar un poco bajo la tutela colonial, eso sí, hasta los límites naturales que los condicionaban como seres “inferiores”. Esta actitud, materializada o no en disposiciones legales segregacionistas, ha persistido hasta hace bien poco de iure en algunos países y perdura de facto en el inconsciente de los occidentales. En cualquier caso, todas aquellas teorías pseudocientíficas basadas en la frenología o en la politización de la genética han caído por su propio peso desde el punto de vista académico (la teoría de los atavismos de Lambroso, las escalas craneométricas de Alfred Bidet, los delirios sobre las supuestas características “morales” que separaban a los dolicocéfalos de los braquicéfalos, etc.) y, afortunadamente, ha acabado difuminándose como consigna política, con la patética excepción de algún grupo de iluminados. ¿Hemos de llegar a la conclusión de que el racismo es una enfermedad social inextirpable que nos atormentará siempre?, se preguntaba en una obra reciente el famoso genetista Luca Cavalli-Sforza.

El problema de estos grupúsculos gritones e incansables es que, por norma general, no han sido contestados ni rebatidos por especialistas competentes, por científicos o eruditos, como el mismo Cavalli-Sforza, sino por otros grupúsculos, tan gritones e incansables como los primeros. Así hemos pasado en menos de un siglo de la “falacia naturalista” a la “falacia antinaturalista”, tan primaria y falta e fundamentos como la primero, pero supuestamente menos peligrosa. Desde 1859 hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, desde Spencer hasta los frenólogos nazis, pasando por la burda cosificación de la inteligencia de Cyril Buró o del mismo Spearma (autores de auténticos fraudes científicos que con el tiempo se ha convertido en dogma de fe, como la capacidad medidora de ciertos tests factoriales), el darwinismo y más concretamente la psicología evolucionista han sido objeto de un constante abuso ideológico.

En estos dos contextos, el colonialismo inglés y francés, y, más adelante, la violenta aparición de los fascismos europeos, la tentación de sustituir los pájaros o las tortugas descritas por Darwin por blancos y negros o por arios y semitas, resultaba casi inevitable; la pura ideología o los simples intereses económicos de determinadas metrópolis quedaban así solidamente legitimadas por una pátina de inmaculada y aséptica cientificidad. Con la selección natural se podía explicar, con una rara simultaneidad, la altura del cuello de las jirafas, el atraso tecnológico del África negra, el alcoholismo de los proletarios que pasaban doce horas en la fábrica por unos salarios de miseria o las disposiciones legales que prohibían el voto femenino; en lo que respecta a esta última cuestión, por ejemplo, el inefable Gustave Le Bon escribió el año 1879 que “entre las razas más inteligentes, como es el caso de los parisinos, hay un gran número de mujeres que tienen un cerebro más parecido al del gorila que al del hombre”. Después de informarnos que los habitantes de París constituyen una raza aparte (y superior, evidentemente) el eminente psicólogo de la escuela de Paul Broca, otro medidor compulsivo de cráneos que falsificó sistemáticamente todos los datos que no cuadraban con su teoría, se vio obligado a admitir que había “algunas” mujeres brillantes; ¿cómo explicar esta anomalía? Muy fácil: Le Bon las situaba en el contexto de la pura monstruosidad; si de tanto en tanto nacen animales con dos cabezas o sin extremidades, ¿por qué no pude haber también “algunas” mujeres inteligentes? No hace falta añadir nada más.

La contundencia insultante y vejatoria de esta tesis que, no hay que olvidar, a lo largo de muchos años llegaron a ser plenamente “científicas”, se ha diluido casi del todo. De rebote, han quedado en el campo de batalla antítesis tan contundentes y absurdas como aquellas. Desafortunadamente, la falacia naturalista tiene su correlación en la falacia antinaturalista; según ésta, los seres humanos “naturales”, no corrompidos todavía por el capitalismo patriarcal, viven armónicamente junto a sus semejantes y respetan las plantas y los animales; la guerra, la agresividad, la envidia o la competencia sexual son un producto de los artificios sociales, y no tienen nada que ver con la verdadera naturaleza humana. Cuando uno se atreve a recordar que el 25% (uno de cada 4) de los varones yanomamos, los buenos salvajes de la Amazonia, muere en acciones violentas entre miembros de la misma tribu, se le puede acusar de cualquier cosa. De racista o de neocolonialista. Y si osa comparar conceptos como andrógenos, estrógenos, adrenalina o feromonas para explicar ciertas conductas consideradas estrictamente culturales (la curiosa noción de opción sexual, pongamos por caso) no es extraño que acabe siendo tildado de machista incorregible y opresor de las minorías que añora el orden patriarcal…

Dejemos de lado estos dos extremos que, en realidad, son las dos caras de una misma moneda: el aparatoso fracaso del racionalismo universal en su aplicación real, es decir, en su proyecto político ilustrado. Éste resulta, entonces, incontestable, al menos si tenemos el valor de contemplarlo cara a cara, sin cómodos matices disculpatorios o sonoras expresiones grandilocuentes parapetadas detrás de la corrección política: la precariedad del alcance geográfico del modelo democrático y la concretísima localización de los avances científicos y tecnológicos es manifiesta, evidente, y en ocasiones muy dolorosamente.

Descartado cualquier tipo de condicionamiento basado en toscas mistificaciones biologicistas, conviene retomar la cuestión desde otra, desde la otra, perspectiva: la cultural, pero sin caer tampoco en la pueril falacia antinaturalista comentada antes. Aquí la respuesta puede parecer de una simplicidad engañosa. Es obvio que no existe ningún condicionante estricto capaz de impedir a un niño yanomamo llegue a ser ingeniero aeronáutico, físico nuclear o doctor en filología eslava. Esto es totalmente cierto. Ahora bien, se necesitan pequeños detalles: al nacer, este niño tendrá que abandonar la selva y su pequeña comunidad, no aprender su lengua, la de sus progenitores, en la que conceptos como silogismo, protón o inercia no tienen cabida; tendrá que renunciar a una visión mítica del mundo y sumergirse en una cosmovisión donde la Naturaleza se expresa con las ecuaciones de Newton y no con los sueños o las drogas alucinógenas. ¿Habremos conseguido, por tanto, un yanomamo, el primero, doctorado en física nuclear? Evidentemente, no: habremos conseguido un doctor en física nuclear, que podrá ser más o menos brillante, pero que en cualquier caso ya no será un yanomamo. Éste se ha volatilizado, ha desaparecido, y en un sentido ontológico, ha dejado de ser. Pensar lo contrario es puro racismo decimonónico, es creer que, de alguna manera, aquel niño que se ha educado en la fría ciudad de Oxford, por ejemplo, es todavía un indio de la tórrida Amazonia y aquello que condiciona su ser es, por tanto, la biología, la raza, la genética, que como remarca la cita: no perdona.

El sincretismo es frecuente en la religión, el folclore o la música, también es posible, y relativamente habitual, conjuntar una cosmovisión irracional y precientífica con los últimos avances tecnológicos: cartas astrales hechas con ordenador, tarot a través de Internet…; pero resulta estrictamente imposible pensar desde dos lógicas diferentes o armonizar de forma inteligible dos concepciones de la Naturaleza diametralmente opuestas. Las nociones de razonamiento hipotético o de invalidez de un razonamiento recursivo, por ejemplo, no son un tipo de determinación mental innata, sino de un esquema de “nuestra lógica”. El antropólogo Nigel Barley lo ilustra con dos casos muy significativos. Mientras intentaba averiguar las estructuras de parentesco en el pueblo dowai preguntó a un nativo qué tipo de relación tendría su hermana respecto a otro miembro determinado del grupo. “Yo no tengo ninguna hermana”, le interrumpió. “Bien, pero supongamos que la tuvieras” insistió. “Pero es que no la tengo…”. Era imposible concluir la indagación: el razonamiento hipotético era conceptuado como una especie de falsedad. Con la noción del razonamiento discursivo pasaba algo parecido: “¿Por qué os circuncidáis?” “Porque lo hacían nuestros antepasados”. “Pero, ¿por qué lo hacían vuestros antepasados?” “Porque es bueno”. “¿Y por qué es bueno?” “Porque lo hacían nuestros antepasados”… Es difícil negar que estamos ante dos lógicas y, por tanto, ante dos mundos. “Los hechos en un espacio lógico son el mundo”, dijo Wittgenstein.

Asimismo, añadir que nuestro mundo es mejor o, al menos, preferible al suyo es una tentación irrefrenable. Sería poco honrado intelectualmente negar que en la gran mayoría de occidentales esta tentación todavía existe. En sí misma, como idea o simple prejuicio, resulta vagamente inocua, su concreción en acción política, sin embargo, ha provocado los estragos más sangrientos de la historia de la humanidad, y esto no se debe olvidar.