Disquisiciones sobre Dios: respuesta

Respuesta a un lector que opina sobre mi trabajo Disquisiciones sobre Dios y me dice: "Tu ensayo sobre Dios es irreverente, injusto e insultante para cualquier creyente. Haces bien en ser escéptica, si es lo que quieres ser, pero deberías respetar las creencias de los demás y no ridiculizar las Escrituras ni blasfemar.
Sin duda eres una excelente pensadora, sabes darle la vuelta a todo y hacer que cualquier idea aparezca a los ojos de los demás como tú deseas. Conviertes en verdad absoluta tu verdad relativa con hábil palabrería. Dios con su divina misericordia te sabrá perdonar".

Caray, Menkes, leyendo tu comentario tengo la impresión de que acaban de anatematizarme y excomulgarme, condenando mi alma al fuego eterno hasta que se recupere de las redes del diablo y vuelva a la enmienda y a la contrición. Excommunicamus et anathematizamus.

Soy escéptica, no lo niego, dudo mucho, tengo pocas certezas y por eso sé que mi verdad, como bien apuntas, es una verdad relativa, pues se halla determinada por la perspectiva desde la que la contemplo. Ni siquiera una evidencia constituye una absoluta garantía de verdad, y es que no podemos estar absolutamente seguros de nada: ni de que Dios exista ni de lo contrario. Además, la verdad no es otra cosa que lo que uno decide creer.

No pretendía herir ninguna sensibilidad con mis palabras, me he limitado a exponer lo que pienso, pues yo más que creer pienso, a eso me enseñaron en la facultad. Respeto a los demás, eso incluye todo el lote: ideas, actuaciones, fes... y procuro ser una persona de bien, en la medida en que mi mísera condición humana me lo permite.

Tal vez te parezca inadecuada mi forma de hablar sobre Dios. Lo sé, es la clásica acusación contra los lenguajes antropomórficos. Para evitar tal reproche, la filosofía se ha esmerado siempre en manejar nociones neutras y asépticas, llamando a Dios Primera Causa, Ser Necesario o Ser Subsistente. Son ideas de laboratorio, como esa leche a la que, con el afán de librarla de impurezas, terminan quitándole el sabor y el poder nutritivo. La Escritura no gasta tantos remilgos. En ella se nos habla de la risa de Dios, de su ira, de su alegría y sufrimiento. Yahvé no era un ente de razón, ni tampoco un Dios remoto, como los dioses babilónicos, atareados exclusivamente en el gobierno de los astros, sino un Dios de pie a tierra, de andar por casa, el Dios de Abrahán, Isaac y Jacob, un Dios capaz de encolerizarse, de reír, de arrepentirse... En suma, un Dios muy semejante a cualquiera de nosotros.

He opinado sobre las locuciones bíblicas con lenguaje fatalmente humano, si con ello he ofendido a alguien, que la grandeza de su corazón sepa disculparme. Si he ofendido a Dios, Él me perdonará, es su oficio.