Líbranos, Señor, de los hipócritas

La hipocresía está presente en todas partes, porque la mentira lo envuelve todo y lo impregna todo. Al ser una palabra demasiado fuerte, demasiado incómoda, utilizamos otros términos más suaves y más honrosos. Ahí estriba precisamente la esencia de la hipocresía, ya que la mentira nunca será designada con su nombre propio sino con paliativos, mediante expresiones convencionales, distintas para cada materia. En política la mentira se llama propaganda; en economía, contabilidad doble; en investigación histórica, selección de fuentes; en comercio, publicidad; en psicología, tendencia a la fabulación; en diplomacia, patriotismo; etc. Y es que la humanidad posee una gran capacidad de artificio cuya máxima expresión es su capacidad de inventar eufemismos.

Desde el punto de vista moral, los manuales suelen distinguir tres clases de mentiras: dolosas, piadosas y jocosas. ¿Será una mentira jocosa decir que todas ellas resultan en último término igualmente jocosas? Basta para ello sustituir el punto de vista moral por el punto de vista físico, adicto al mundo en constante evolución, según el cual lo que llamamos verdad no pasaría de ser una mentira arraigada, generalizada, mientras que eso que llamamos mentira consistiría en una verdad aún incipiente, en estado de gestación.

Desde luego, todo puede perfeccionarse, todo puede convertirse en una obra de arte. Hay quienes llevan tan lejos su hipocresía, la refinan de tal modo, que han llegado a adquirir fama de sinceros. ¿Una contradicción? En absoluto. Esa falsa sinceridad, lejos de ser una contradicción, es uno de tantos fenómenos humanos, tan frecuentes que yo diría triviales, igual que el amor egoísta, la fe supersticiosa o la justicia meramente legal. La falsa sinceridad no es una cualidad más contradictoria ni menos corriente que el hecho de perder un imperdible.

El castellano dispone de un vocablo para definir a la persona que obra con fingimiento: farsante. El mejor farsante será aquel que mejor simule una falsa naturalidad, el que mejor haya preparado una falsa improvisación, el que posea el arte de ocultar su arte. Diríamos que en él se da una suerte de afirmación por acumulación de dos negaciones, como ocurre en latín si empleamos dos palabras negativas o como cuando decimos que los enemigos de mi enemigo son mis amigos. Dos negaciones afirman.

Si la peor soberbia es enorgullecerse de ser humilde, la peor hipocresía es presumir de sinceridad. Pero esto no es lo peor, todavía hay algo más grave. Tratamos de engañar frecuentemente a los demás, pero ¿es que no intentamos engañarnos también a nosotros mismos? Me temo que empiezo a oler a moralista redomada. Mala señal. Chungo, chungo. Hablo de que la humanidad en general es hipócrita y cuando alguien dice: "todos somos culpables", es que tiene algo que ver con el crimen, recordad "Fuenteovejuna", donde se pretende diluir la responsabilidad personal en una vaga culpabilidad común que no significa nada ni a nada compromete. Si todos somos culpables, nadie es culpable. Asimismo, si digo que todos somos hipócritas, estoy tratando de convenceros y convencerme a mí misma de que yo no lo soy, pues me limito a vivir dentro del sistema, aceptar los convencionalismos imperantes y evitar la descortesía de un comportamiento excéntrico que me excluya de la normalidad de la mayoría. En resumen: trato de engañarme a mí misma. La cuestión no estriba ya en decir o no decir la verdad, sino admitirla o no íntimamente. Me pregunto qué cantidad de verdad somos capaces de tolerar los humanos. Pienso que realmente no queremos oír la verdad, sólo queremos que se nos disfrace la verdad, que se nos disimule la mentira para poder tomarla como verdad.

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