Matemáticas

Las matemáticas son exactas, pero conviene recordar que la exactitud no es verdad. Uno de los ejemplos más característicos lo ofrece el intento de explicar la inteligencia humana en clave numérica. Quizá resulte imposible saber exactamente qué es el pensamiento, pero si reduzco el problema a una cuestión de neuronas puedo tener una tranquilizadora impresión de exactitud: 1.350 gramos de cerebro humano constituido por 100.000 millones de neuronas, cada una de las cuales forma entre 1.000 y 10.000 sinapsis y recibe la información que le llega de los ojos a través de 1 millón de axiones empaquetado en el nervio óptico. Por lo demás, toda neurona es una célula viva que puede ser explicada por la química orgánica. De manera que puedo explicar lo suprabiológico en clave biológica y entender la biología como procesos químicos y expresar lo químico de forma matemática. Ahora bien, lo que se preguntará cualquier mente medianamente crítica es qué tienen que ver el carbono, el hidrógeno, las neuronas y la expresión matemática de sus procesos en algo tan poco matemático como sostener la más elemental de las conversaciones, entender un chiste o interpretar una mirada.

De todo lo anterior se deduce que no podemos considerar como único objeto de conocimiento lo que se puede medir, contar, verificar y expresar numéricamente. El prestigio de la ciencia llena la modernidad, pero cuando se la toma como único conocimiento posible, se observa que no colma la vida del hombre, pues no habla de valores, de sentido, de metas, de fines, de aquello que el ser humano requiere en su vida diaria auténtica. Más allá de la ciencia hay otra cara de la realidad, más interesante, que esconde lo que Dostoiewski denominó “mitad superior” del ser humano, donde aparecen aspectos no cuantificables como la amistad y el amor: son sentimientos que no se pueden medir, pero que son la medida de nuestra humanidad.

Comentarios