Mártires de la Filosofía

La Filosofía siempre se ha opuesto a la religión, a esas revelaciones con ínfulas de verdad absoluta. Los ateos se han considerado desde antiguo rebeldes que intentan luchar, armados con la razón, contra las mordazas y las tinieblas. Por eso los ateos han sido clandestinos en unos tiempos en los que la libertad de expresión era aún una peligrosa utopía y, sin embargo, se atrevieron a servirse de su juicio individual y a favor del pensamiento libre.

La primera “mártir” de la Filosofía de que tengo noticia es Hipatia de Alejandría, que en el año 415 fue asesinada por un grupo de monjes. La apalearon hasta la muerte y la arrastraron a la iglesia principal de Alejandría, donde descuartizaron su cuerpo usando unas tejas afiladas. El obispo Cirilo, enojado porque esta mujer difundía las enseñanzas de los griegos, contrarias a los dogmas de la doctrina verdadera, elogió esta conducta ante sus feligreses porque se realizó en nombre de Dios y de la fe cristiana, y la multitud le aclamó como hombre santo. Desde entonces las víctimas del fanatismo son innumerables: brujas, endemoniados, apóstatas, herejes, científicos...

Proscritos y perseguidos, anónimos o insignes: Bruno, Galileo, Servet, Voltaire, Nietzsche... Intelectuales rigurosos, gente de valiente actitud moral, se atrevieron a pensar por sí mismos y a enfrentarse a normas, leyes y dogmas que hoy no dudaríamos en calificar de fanatismos fundamentalistas, tuvieron el coraje de ser libres y coherentes con “su” verdad y pusieron luz allí donde sólo había una pacata ceguera religiosa.

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