Objetividad

La objetividad es siempre deseable, aunque desgraciadamente es imposible. Inmersos en un mundo cuya naturaleza profunda se nos escapa, tributarios de nuestros sentidos, que a veces nos suministran informaciones de dudosa fiabilidad, como ya observó Descartes con el ejemplo del palo que parece doblarse cuando se introduce en el agua, o el de las filas de casas que parecen juntarse al final de la calle, prisioneros de la estructura de nuestro cerebro y de las categorías de nuestra inteligencia; formados o deformados por el medio ambiente, la educación, las plurales influencias que recibimos con harta frecuencia, sin que nos demos ni cuenta, sobre nuestro juicio, a lo que se añade nuestra propensión a pintar las cosas del color que más nos conviene y a no ver en ellas más que lo que nos gusta, todo viene a demostrar que la objetividad es un ideal inaccesible o, dicho más prosaicamente, una ilusión más. En resumen, es tan imposible tener una visión objetiva del mundo como que un pez salga del agua para tomar una vista general del océano.

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