Saber que no se sabe

¿Qué se gana sabiendo que no se sabe nada? ¿O empujando irónicamente hacia la perplejidad a quienes se creen en posesión del saber? Pues que el pensamiento no se olvide de la cavilación, que es su suelo y su origen.

Gracias a esta remisión, la filosofía ha superado hasta ahora todas las dudas a cerca de la legitimación de su existencia, para asombro de sus enterradores.

La filosofía no es lo mismo que la cavilación, pero de ella procede y está a su servicio. Ésta es la utilidad del hombre pensativo, la utilidad general de la demora, el alivio del aplazamiento; sin estas exoneraciones, hace tiempo que la filosofía habría desaparecido.

Wittgenstein decía que el saludo de los filósofos debería ser: "¡Liebe der Zeit!" Tómate el tiempo que quieras, no te des prisa. Es un privilegio, pero también el reconocimiento de que todo lo que los filósofos dicen, lo dicen demasiado pronto.

Al filósofo le corresponde un papel de aclaración y orientación en el saludable caos de la cultura. Y esta función la ejerce fundamentalmente problematizado, sin que esto suponga despejar incertidumbres o reemplazar a otros.

Allí donde las ciencias se ven obligadas a guardar silencio, cuando surgen el desconcierto y la dificultad, la filosofía asume el riesgo de dar una razón más, lo que casi siempre equivale a destrivializar, la tarea a mi juicio que más requiere hoy la filosofía.

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