Somos pesimistas

Se diría que el hombre está mejor dotado para el sufrimiento que para la felicidad. Obsérvese, por ejemplo, lo que ocurre en lo tocante al amor; parece ser que el amor hace felices a los humanos, pero su privación los hace desdichados. La desaparición de la persona amada les hace sufrir mucho más de lo que su presencia les permitía gozar. En términos generales, el dolor suele ser la prueba más elocuente del amor; nos damos cuenta de que amamos lo mismo que nos damos cuenta de que tenemos esófago: sólo porque nos duele, sólo cuando nos duele. Observación ésta que podría hacerse extensiva a cualquier otro tema. Sólo sabemos qué es el pan cuando nos falta, sólo sabemos qué es la salud cuando la perdemos, sólo sabemos qué es una madre cuando desaparece. Verdaderamente, somos más conscientes de los que nos falta que de lo que poseemos. Nadie se siente feliz por tener dos piernas, pero todos nos sentimos desgraciados si nos duele un dedo. Y es que existe una común propensión a fijarse en lo deficiente más que en lo normal, en lo adverso más que en lo favorable, en lo negativo más que en lo positivo. Nuestro vocabulario resulta sintomático. Literalmente, fatalidad es aquello que viene impuesto por los hados, lo que ocurre al margen de nuestra voluntad, sea bueno o sea malo, sin embargo, una fatalidad significa siempre una desgracia. Decimos sufrir un cambio, como si toda transformación tuviera que ser forzosamente a peor. Cuando alguien mata a otro, decimos que lo ha despenado, como si su alma sólo pudiera albergar penas. La palabra suceso, que en francés, italiano e inglés quiere decir éxito, entre nosotros quiere decir lo contrario, algo siniestro o al menos lamentable, perteneciente a la “página de sucesos”.

No me extraña que prevalezca el pesimismo. Un mundo finito de tormento infinito, sentenció el filósofo bajo los efectos de un cólico intestinal. El bien resulta insignificante, o mejor aún, es sólo aparente. Únicamente lo malo es real, lo bueno es ilusorio. El mundo es un paraíso imaginario con una serpiente de verdad dentro. He aquí la asombrosa, patética, irrefutable conclusión de los pesimistas.

Pero permítaseme decir que los optimistas no me convencen más, simplemente me molestan menos. Optimista es quien exclama el primer día de septiembre: ¡Ya no quedan más que once meses para las vacaciones! Mi reacción ante este comentario es más bien de ternura. Un conocido, enterado de que las herraduras traen buena suerte, colgó una en la puerta de su piso. Un día, al cerrar la puerta, se le cayó y le descalabró un pie. Cuando me lo encontré, me dijo feliz: “Qué suerte he tenido; si hubiera puesto dos herraduras en lugar de una, ahora tendría los dos pies escayolados”. Sinceramente, creo que se puede llegar a ser optimista a fuerza de pesimismo, cuando se descubre que el mundo no es tan rematadamente malo como uno se creía. Instalándose en la desesperanza, el alma evita caer en la desesperación. Si yo digo que la vida es tan indeseable como la muerte y alguien me pregunta por qué no me suicido, yo podría responderle: porque la muerte es tan indeseable como la vida. Me parece, no obstante, que lo más frecuente suele ser el camino inverso, pasando del optimismo al pesimismo a través del escarmiento.

¿Se trata, pues, de estados de ánimo fluctuantes, reversibles? No. Hay quien es optimista o pesimista de una manera estable, contumaz e irrevocable. Nació cetrino y morirá cetrino. Lo que sí hay que reconocer es que no se trata nunca de posiciones absolutas, por muy obstinadas que sean. Realmente, el optimismo no consiste en creer que todo está bien ni el pesimismo en creer que todo está mal; no tendría sentido, sería como decir que todo está a la derecha o todo a la izquierda. Chesterton matizaba mucho más: optimista es quien cree que todo está bien salvo el pesimista, y pesimista el que cree que todo está mal excepto él mismo. ¿Quién dijo que pesimismo significa clarividencia? Algún pesimista, por supuesto. ¿Quién dijo que el pesimismo es la lucidez de los cobardes, mientras que el optimismo es el coraje de los lúcidos? Algún optimista, desde luego.

Claro que también existe otra postura. Cuando a alguien le preguntas: ¿eres optimista o pesimista? Los hay que dicen que ni una cosa ni otra, que son realistas. Los que se llaman realistas me recuerdan a esos individuos que dicen ser apolíticos; se engañan lamentablemente. La verdad es que todos somos, de manera irremediable, optimistas o pesimistas. O tesis o antítesis. ¿No cabría, sin embargo, alguna síntesis? Sucede que tanto la tesis como la antítesis son simplemente hipótesis, tanto el optimismo como el pesimismo son meros entes de la razón, actitudes personales y arbitrarias. Por consiguiente, lejos de constituir una síntesis, el realismo sería más bien todo lo contrario, sería la convicción de que el mundo real nada tiene que ver con esas hipótesis, con esas visiones extremadas, unilaterales y subjetivas. ¿Cómo conseguirlo? Sabemos que sentido del humor quiere decir sentido de la realidad, pero sabemos también que esto significa tan sólo un desideratum, una cifra óptima. Las pasiones enturbian nuestra percepción de la realidad y no permiten otra cosa que un constante esfuerzo de aproximación por arriba y por abajo, una serie infinita de decimales. El único ideal de objetividad, de equilibrio, al que puede aspirar un hombre es ser optimista y pesimista alternativamente. Yo, por mi parte, trato de ser optimista los lunes, miércoles y viernes, pesimista los martes, jueves y sábados; los domingos debo descansar de tanto trajín.

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