Deseo pesimista

“Aspiro a un reposo absoluto y a una noche continua. Poeta de la loca voluptuosidad del vino y del opio, no tengo sed sino de un licor desconocido sobre la tierra, y que la farmacia celestial no podría ofrecerme; un licor que no contendría ni vitalidad ni muerte, ni la ejercitación ni la nada. No saber nada, no enseñar nada, no querer nada, no sentir nada, dormir y seguir durmiendo, éste es hoy mi único deseo”.

Baudelaire

AUNQUE SEA UN INSTANTE

Aunque sea un instante, deseamos
descansar. Soñamos con dejarnos.
No sé, pero en cualquier lugar
con tal que la vida deponga sus espinas.

Un instante tal vez. Y nos volvemos
atrás, hacia el pasado engañoso cerrándose
sobre el mismo temor actual, que día a día
entonces también conocimos.

Jaime Gil de Biedma

Cuanto más fuerte es el deseo, cuanto más potente la aspiración, más dolorosa es la existencia, más trágica la condición del hombre, más absurda la vida. Este mundo es el peor de los mundos posibles, porque si fuera peor no podría existir como tal. Y la inteligencia no hace otra cosa que acrecentar nuestro tormento y nos hace tomar consciencia del mal que hay en nosotros y de todo el mal que nos rodea. Mal que tiene su fundamento en esta condena de ser prisioneros de nuestro propio presente, porque nuestra existencia se halla verdaderamente limitada al momento actual. El flujo del pasado a la nada y el futuro es el camino de la muerte. Sólo tenemos presente, pero el presente es movimiento y se transforma y acontece pasado, y el futuro es corto e incierto.

La vida es, pues, un distraerse de la muerte; es evitar morir y posponer nuestra destrucción. La finalidad de todas nuestras actividades espirituales no es sino una forma de evitar el aburrimiento y el asco; nuestra vida es un péndulo que oscila constantemente entre el dolor y el aburrimiento, que son, en realidad, los elementos constitutivos de la vida: cuando el dolor se aligera cede el turno al aburrimiento y al tedio. La monotonía de los días que pasan, todos iguales, monocordes y obsoletos, sin relieve y sin gracia, idénticos todos con su absurdidad, su nada con la repetición incesante de los hábitos de vivir.

Todo es aburrimiento; aburrimiento como el domingo al atardecer, donde no hay ni tan solo lugar para el deseo y todo parece deshacerse en el tedio y la ardua empresa de matar el tiempo, de distraernos de la consciencia del tiempo que pasa. Matar el tiempo no es otra cosa que el deseo de abreviar la vida que tantos esfuerzos nos cuesta alargar.

Parece que hay un momento privilegiado, un instante muy leve, donde la consciencia olvida aquella voluntad de vivir. Un instante de bienaventuranza en el cual, como un milagro, cesa el tormento y se accede al reposo y a la quietud. Un instante donde cesa la necesidad y no se quiere, ni se desea, ninguna cosa. Y donde la insaciable voluntad se retira.

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