Todo es política

El hombre es un animal sociable y su insociable sociabilidad hace que no pueda prescindir de los demás ni renunciar, por ellos, a la satisfacción de sus propios deseos. Por eso necesitamos la política, para solucionar los conflictos que genera la convivencia, para que nuestras fuerzas se sumen en vez de oponerse. Por eso se necesita el Estado, porque los hombres no son buenos, ni justos, ni solidarios.

La política es la gestión eficaz de toda una sociedad. La política sirve para que gentes variopintas vivan juntas adoptando unos compromisos útiles para zanjar los desencuentros. Sin política serían la violencia y la guerra, el conflicto, el desacuerdo y la contradicción. Se trata de saber quién manda y quién obedece, quién hace la ley: un soberano -monarquía absoluta-, un pueblo -democracia-, un grupo de individuos -una aristocracia-. Sin este poder, que puede ser una mezcla de los tres, no habría política. Pero no podemos someternos al poder de cualquier jefecillo, queremos obedecer libremente a un poder que refuerce el nuestro, aunque esto jamás se logre del todo y nosotros no renunciemos nunca a conseguirlo.

La política es una tarea esencial y nadie puede sustraerse a ella. Hay que poner freno a los racistas, fascistas, demagogos... Los burócratas no pueden decidir por mí. Los tecnócratas y arribistas no conseguirán imponer una sociedad hecha a su imagen y semejanza. ¿Con qué derecho nos quejamos si algo va mal? Si no haces nada para impedirlo, te conviertes en cómplice de la mediocridad y de cosas peores. La pasividad no es una excusa, ni la falta de competencia. No participar en la política es renunciar a nuestro poder, algo siempre peligroso, pero también es renunciar a nuestras responsabilidades, algo condenable, porque el apoliticismo es a la par error y falta: es ir contra los propios intereses y contra los propios deberes.

Unas elecciones enfrentan a determinadas gentes, grupos sociales o ideológicos, partidos, alianzas, opiniones, prioridades, opciones, programas. ¿Qué proponen contra el paro, la injusticia, la barbarie...? La moral nos dice que hemos de combatirlos, pero no cómo vencerlos. Aquí entra en juego la política para decirnos cómo. La moral respalda los más nobles objetivos: que israelíes y palestinos tengan una patria propia en la que vivan seguros, que la globalización económica no se realice en detrimento de los pueblos y de los individuos, que los niños adquieran una educación que merezca este nombre. La moral no basta para regir el destino de los hombres, necesitamos de la política para defender la justicia, la paz, la libertad, la prosperidad. Y esta tarea solo puede llevarse a cabo eficazmente entre todos.

La política nos afecta a todos, nos atañe a todos. Urge rehabilitarla, pero no lo conseguiremos despotricando de quienes la hacen. En un Estado democrático se tiene los políticos que se merece. Moralmente, solo hay derecho a quejarse de él, y no nos faltan razones, si se actúa con los demás para transformarlo. La sociedad cambiará cuando todos nos involucremos. Hay que luchar, actuar, resistir, evolucionar... Para esto sirve la política. Únicamente los estúpidos aguardan a que las cosas cambien sin hacer nada. Los demás sabemos que una sociedad que no se rehace continuamente, desaparece.

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