Creer lo que creo

Creer es una opción, una apuesta, un consuelo o lo que usted quiera, lo único que no puede ser es una creencia. Y la fe, lo que mueve mi creencia, es siempre un acto de fe, un movimiento de la voluntad, antes de que la creamos. Lo que creo, como adulto, es algo que decido y acepto antes de que me pase. Así decía Unamuno: “Creer es querer creer”.

Además de no poder creer, yo no quiero creer en el Dios bueno, ubicuo y omnipotente en el que fui educada. Aquí mis motivos son personales y racionales. El cristianismo no me parece lógico, la Biblia está plagada de contradicciones. Expondré sólo una como muestra: Antes de nacer, yo no tuve ocasión de pecar y, sin embargo, nada más llegar a este mundo mi alma se manchó con el pecado original, el que cometieron Adán y Eva hace millones de años. El bautismo elimina el pecado original, no obstante, sigo padeciendo sus consecuencias: he de trabajar, padezco enfermedades, moriré… Si Dios es justo ¿cómo puede castigarme por algo que no he hecho? Si Dios es omnipotente, ¿por qué no me salva de las angustias de la vida estando bautizada? ¿Es propio de un Dios misericordioso permitir que un virus mute cada vez que descubrimos un antibiótico para combatirlo? ¿Un Dios bueno permite dos Guerras Mundiales o las catástrofes naturales?

El cristianismo es una religión pensada para explicar el mal y justificar el dolor humano: sufrimos por causa del error de nuestros primeros padres y sufrimos para ser redimidos en la vida eterna. Dios se halla permanentemente ocupado en que se mantenga su ecuación constante por los siglos de los siglos. Nosotros logramos que la vida se alargue y Él nos regala el Alzheimer, la demencia senil y la incontinencia urinaria.

Si alguien conoce alguna explicación plausible, una hipótesis verosímil de las maquinaciones divinas, que, por favor, me la cuente.

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