Sensibilidad

“El camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría”, es un aforismo de William Blake, que tal vez recoge la sabiduría de Diderot. Porque Diderot fue un hombre de excesos más que de reglas, de entusiasmo más que de juicio y de pasiones más que de razonamientos. Creyó más en lo que sentía que en lo que pensaba y si alguna vez se sintió orgulloso de algo fue de su sensibilidad y no de su capacidad reflexiva.

Diderot buscó las reglas del corazón recurriendo a la ciencia experimental y a la psicología, a la anatomía, a la cirugía y a las ciencias naturales. Aunque estas ciencias positivas solo le satisficieron momentáneamente, pues no llegaron a aportarle la explicación que buscaba sobre qué es y por qué sucede esa extraña exaltación que le hace ver lo que otros no ven y sentir lo que otros no han sentido nunca. ¿Qué es la sensibilidad? ¿Por qué me emociono ante una brava tormenta, leyendo a Séneca o contemplando una manifestación de ternura? ¿Es una cuestión química o anatómica? ¿De la imaginación? ¿O es una debilidad del espíritu?

“La sensibilidad, según la única acepción que hasta ahora se ha venido dando al término, es, a mi juicio, esa disposición era de la debilidad de los órganos, consecuencia de la movilidad del diafragma, de la vivacidad de la imaginación, de la delicadeza de los nervios, que inclina a compadecer, a estremecerse, a admirar, a temer, a turbarse, a llorar, a desvanecerse, a socorrer, a huir, a gritar, a perder la razón, a exagerar, a despreciar, a desdeñar, a no tener idea precisa de lo verdadero, lo bueno y lo hermoso, a ser injusto, a ser demente. Multiplicad las almas sensibles y multiplicaréis por igual proporción las buenas y las malas acciones de todo género, los elogios y las censuras excesivos”. [1]

La sensibilidad y la pasión son el fundamento de las artes y de la moral, son las que dan significado a nuestra existencia, a la vida y a la acción; nada se puede realizar sin ellas, pues sin ellas nada tiene sentido. El escepticismo de Diderot le ha obligado a “demostrar” científicamente el origen de su propia pasión y de su excesiva sensibilidad. Y partiendo de la materia como principio de la naturaleza ha justificado la razón del sentimiento, del entusiasmo, de la pasión, y es precisamente este materialismo el que le permite asumir sin reticencia su propio idealismo.

[1] Fragmento de Paradoxe sur le comédien.

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