Ateo

La palabra “ateísmo” data de 1532; “ateo” existe desde el siglo II de nuestra era entre los cristianos que denuncian y estigmatizan a los atheos, aquellos que no creen en su dios resucitado al tercer día. De aquí a concluir que estos individuos con criterio, que no se dejan embaucar con historias para niños y no veneran a ningún Dios, sólo hay un paso, que se da enseguida. De manera que los paganos (los que rinden culto a los dioses del campo –lo confirma la etimología- pasan por ser unos negadores de los dioses y, por tanto, de Dios. El jesuita Garrasse convirtió a Lutero en un ateo, y Ronsard hizo lo mismo con los hugonotes…

La palabra equivale a un insulto absoluto: el ateo es inmoral, el personaje inmundo que se convierte en culpable de querer saber más o de estudiar los libros una vez le ha caído encima el epíteto. No basta con una palabra para impedirle actuar. Funciona como el engranaje de una máquina de guerra que se lanza contra aquellos que no evolucionan en la línea de la más pura ortodoxia católica, apostólica y romana. Ateo y hereje son, finalmente, una misma cosa. Y esto incluye a un montón de gente.

Epicuro tuvo que hacer frente bien pronto a acusaciones de ateísmo, pero lo cierto es que ni él ni los epicúreos niegan la existencia de los dioses. Formados de materia sutil, éstos son numerosos y ocupan mundos intermedios, impasibles, despreocupados del destino de los hombres y de la marcha del universo, verdaderas encarnaciones de la ataraxia, ideas de razón filosófica; modelos susceptibles de generar sabiduría por imitación, los dioses del filósofo y de sus discípulos existen con todos los puntos y comas, además, en un número considerable. Pero no como los de la polis griega, que convidan, por medio de sus sacerdotes, a doblegarse a las exigencias comunitarias y sociales. Ésta es su única culpa: la naturaleza antisocial.

Así pues, la historiografía del ateísmo, escasa, lenta y más bien mala, comete un error cuando lo data en los primeros tiempos de la humanidad. Las cristalizaciones sociales apelan a la trascendencia: el orden, la jerarquía (etimológicamente, el poder de lo sagrado). La política y la polis funcionan con mayor facilidad cuanto más apelan al poder vengativo de los dioses, representados presuntamente en la Tierra por los dominadores que, muy oportunamente, disponen del mando.

Los dioses (o Dios) embarcados en una empresa de justificación del poder, pasan por ser los interlocutores preferidos de los jefes de la tribu, de los reyes y príncipes. Estas figuras terrenales pretenden hacer creer que su poder les viene directamente de los dioses, que ellos le confirmarían mediante unas señales descodificadas, obviamente, por la casta de los sacerdotes, también interesada en los beneficios del ejercicio de una fuerza supuestamente legal. A partir de aquí, el ateísmo se convierte en un arma útil para llevar a éste o a aquél, a poco que se resista o proteste, a la prisión, a la mazmorra o, incluso, al patíbulo.

El ateísmo no comienza con aquellos que la historiografía oficial condena e identifica como tales. El nombre de Sócrates no puede figurar con una justificación en la historia del ateísmo. Ni el de Epicuro y los suyos. Ni tampoco el de Protágoras, que se contenta con afirmar en “Sobre los dioses” que él, respecto a este tema, no puede llegar a ninguna conclusión, ni de la existencia ni de la inexistencia. Algo que, como mucho, define un agnosticismo, una indeterminación, un escepticismo, si se quiere, pero de ninguna manera el ateísmo, ya que éste supone una clara afirmación de la inexistencia de los dioses.

El dios de los filósofos entra a menudo en conflicto con el de Abraham, Jesús y Mahoma. Para comenzar, porque el primero procede de la inteligencia, de la razón, de la deducción, del razonamiento, y después porque el segundo comporta un dogma, la revelación, la obediencia (a causa de la colusión entre los poderes espiritual y temporal). El Dios de Abraham define sobre todo el de Constantino, después el de los papas o de los príncipes guerreros muy poco cristianos. No tiene nada que ver con las elucubraciones extravagantes compuestas con causas incausadas, con los primeros motores inmóviles, con ideas innatas, con armonías preestablecidas y otras pruebas cosmológicas, ontológicas o psicoteológicas.

Con frecuencia, cualquier veleidad filosófica de pensar en Dios sin ceñirse al modelo político dominante se convierte en ateísmo. Así, cuando la Iglesia corta la lengua al sacerdote Jules-César Vanini, lo cuelga y después lo envía a la hoguera en Toulouse, el 19 de febrero de 1619, asesina al autor de una obra que lleva por título “Amphithéâtre de l’éternelle Providence divino-magique, christiano-physique et non moins astrologico-catholique, contre les philosophes, les athées, les épicuriens, les péripatéticiens et les stoïciens” (1915).

Pasando por alto que el título no es muy adecuado, es una equivocación, si atendemos a su longitud, hay que entender que este pensamiento oximórico no recusa la providencia, el cristianismo, el catolicismo, sino que, en cambio, rechaza claramente el ateísmo, el epicureismo y otras escuelas filosóficas paganas. Pues bien, la suma de todo esto no da como resultado un ateo –motivo por el que se le condena a muerte-, sino más probablemente un tipo de panteísmo ecléctico. Algo que de todas maneras es herético porque es heterodoxo.

Spinoza, otro panteísta, también fue condenado por ateísmo, es decir, por falta al la ortodoxia judía. El 27 de julio de 1656, los “parnassim” con su “mahamad” –las autoridades judías de Ámsterdam- leen en hebreo ante el arca de la sinagoga, el Houtgracht, un texto de una violencia escalofriante: se le imputan herejías horribles, actos monstruosos, opiniones peligrosas, mala conducta, es decir, motivos suficientes para pronunciar un “herem” que nunca se ha anulado.

La comunidad gusta de palabras de una brutalidad extrema: excluido, expulsado, execrado, maldito de día y de noche, mientras duerme y mientras vela, al entrar y salir de su casa… Los hombres de Dios apelan a la cólera de su ficción y a su maldición que se desencadena sin límites ni de espacio ni de tiempo. Para completar el cuadro, los “parnassim” quieren que el nombre de Spinoza sea borrado de la faz del planeta por siempre. No lo han conseguido.

La lista de los pobres desgraciados ajusticiados bajo la acusación de ateísmo en la historia y que eran sacerdotes, creyentes, practicantes, sinceramente convencidos de la existencia de un Dios único, católicos, apostólicos y romanos; la de los testigos del Dios de Abraham o de Alá pasados, también ellos, por las armas en una cantidad increíble por no haber profesado su fe dentro de las normas y las reglas; la de los anónimos que no llegaron a ser rebeldes u opositores a los poderes que invocaban el monoteísmo, ni refractarios; todos estos hechos macabros son testimonio: ateo, antes que definir a quien niega a Dios, sirve para perseguir y condenar el pensamiento del individuo que se ha deshecho, aunque sea de manera mínima, de la autoridad y la tutela social en materia de pensamiento y reflexión. ¿Quién es ateo? Es el hombre libre ante Dios, hasta para negar su existencia.

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