Cuánta ignorancia

¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos? ¿Qué hacemos en este mundo?... Aunque nos parezcan preguntas trascendentales, son las más insignificantes. La grandeza de nuestra ignorancia se manifiesta cuando nos preguntamos qué es la realidad. ¿Existen diferencias entre lo que percibimos como realidad y el mundo real? ¡Hay tantas cosas que hemos asumido como verdaderas y que en realidad son falsas! ¡Hay tantas cosas falsas que pasan por verdaderas! El campo del saber es infinito. La materia, que parece tan limitada, está compuesta por millones y millones de átomos. Cuando manifestamos: “esto está tan claro como el agua”, estamos revelando que lo ignoramos todo sobre la complejidad del agua y sobre nosotros mismos, que en buena parte estamos hechos de agua. Si el principio de toda sabiduría, según el oráculo de Delfos, es el conocimiento de uno mismo, estamos arreglados. Y, si es verdad que nos conocemos, ¿cómo se explica que caigamos siempre en los mismos errores?

Admitámoslo, no sabemos nada de nada, y no es por culpa del cerebro, como alguien podría pensar. Al contrario. Nuestro cerebro trabaja día y noche, procesa 400.000 millones de bits de información por segundo. ¿Alguien es capaz de imaginárselo? Asimismo, y posiblemente es una suerte, sólo somos conscientes de unos dos mil bits, los indispensables para ir tirando, mantener una conversación con el vecino sobre el tiempo o el fútbol y poco más. Sabemos muy pocas cosas y algunas de estas pocas cosas las olvidamos fácilmente. Así se explica nuestra pretensión de saberlo todo.

La ignorancia es atrevida, ya lo dijo Gracián. Queremos demostrar que somos sabios y ni siquiera sabemos discernir que la sabiduría consiste en reconocer que “no sé nada”, como dijo Sócrates, pero ¿lo dijo de verdad? Vivimos en un mundo del cual sólo se conoce la punta del iceberg. El resto es oscuridad y misterio, por eso buscamos la luz de la trascendencia. El remedio, entonces, resulta peor que la enfermedad. Porque si además de ser ignorantes nos ponemos trascendentes, no hay quien nos aguante.

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