Debate lógico

Pocas veces en la vida se enfrentan lo positivo y lo negativo en términos absolutos; por lo general, nos las tenemos que ver con situaciones cuyos pros y contras hay que evaluar. Si no utilizáramos la balanza, mejor la de dos platillos, no podríamos resistirnos a una oferta semejante: “Ésta es la enciclopedia más actualizada del mercado, que pone en su mano el conocimiento en Cd-Rom. Dispone de la tecnología más avanzada, es portátil y fácil de consultar. No deje pasar esta ocasión de enriquecimiento cultural para su familia”. En contrapartida, cuesta un Potosí, obliga a comprar un ordenador nuevo con mayor memoria y la carga es más lenta que una llamada de chat.

Gran parte de las decisiones que tomamos presentan análogas ventajas y desventajas, por tanto se impone una valoración ponderada en la balanza de la sensatez. Incluso los juicios más teóricos nos obligan con frecuencia a elegir entre varias posibilidades, a comparar distintos factores, a veces incompatibles entre sí, y a renunciar a unas cosas por otras, todo lo cual se resuelve finalmente con una ponderación, en sentido literal, que muestre de qué parte se inclina la balanza. Habrá que sopesar y finalmente elegir el mal menor y, cundo la situación imponga el debate y resulte imposible contemporizar, el razonamiento menos torpe. Puede hacerse con otros o a solas, porque hablar con uno mismo no deja de ser una especie de debate, una discusión con uno mismo. Ese aspecto polémico de nuestro pensamiento suele pasarse por alto, a mayor gloria del principio indiscutible que establece la superioridad de la inferencia lógica sobre la argumentación retórica.

El espacio normal de un buen razonador nunca ha sido la arena, lugar más propio de lances de dudoso resultado, sino la torre protegida y silenciosa. Es patente que el razonamiento se ha confiado a la tutela de la coherencia, con el objetivo de evitar, en la medida de lo posible, que quede a merced del espíritu de contradicción. Platón, el idealista puro, supera y escarnece a Protágoras, el pragmático sofisticado. Pero el propio Platón busca las ideas en el diálogo, cuando menos busca afirmarlas, en la confrontación, en la disputa. También para Platón el monólogo, contrapuesto al método dialéctico de la pregunta y la respuesta, se sitúa en esta vertiente negativa en la que hallamos la apariencia engañosa, las artes y los conocimientos espurios.

En algunas situaciones, la ponderación de los pros y los contras se confía a dos agentes distintos. Así, nadie se asombra de que un empresario calle las reivindicaciones de una reivindicación sindical, y es natural que el ministerio público exponga sólo los elementos que acusan al imputado, porque ya se sabe que habrá una parte contraria, el defensor, que se esforzará de un modo no menos faccioso en equilibrar los platillos de la balanza e intentará inclinarlos a su favor.

El debate procesal está reglamentado por normas explícitas y procedimientos codificados en todos los detalles relativos a la carga de la prueba, la formación de las pruebas, el orden de las intervenciones, las preguntas admisibles, etc. y también el debate parlamentario responde a normas previamente establecidas y aceptadas por consenso. Pero tal codificación difícilmente puede aplicarse a las normas de una discusión, donde, a lo sumo, se imponen las normas de la urbanidad y la buena comunicación, reglas ni escritas ni explícitas. Sobre todo, no hay reglas cuya vulneración sea sancionable. Ni tampoco veredictos definitivos. Pero precisamente en esto estriba la gracia de la discusión.

La mayor parte de los textos de lógica o de teoría de la argumentación nos informan de cómo tiene que desarrollarse un buen debate, de cuáles son sus reglas y cuál es el comportamiento adecuado del adversario leal durante una discusión. Pero como todos sabemos que nuestros adversarios desdeñan la regla de la buena conducta en los debates, deberemos aprender a comportarnos para hacer frente a las maniobras, a los trucos y a los juegos sucios.

El mundo es mucho peor de los que nos han hecho creer algunas presunciones lógico-éticas de transparencia y cooperación. El principio por el cual un conflicto de opiniones no se puede resolver recurriendo a la lógica pura es muy sencillo, aunque se olvida con frecuencia: la fuerza de la lógica, en un contexto de controversia, es también su punto débil. Esto ocurre tanto por las deficiencias y limitaciones que se imputan a la lógica como por el hecho de que, para ser válida para todos siempre y en todo lugar –su gran mérito- no debe tener en cuenta las singularidades del interlocutor o del juez del debate –su talón de Aquiles-.

Quien habla y discute como un lógico lo hace en calidad de portavoz abstracto de toda la humanidad. Por el contrario, el que debate lo hace habitualmente en representación de sí mismo, como mucho de un grupo, con el ánimo y la animosidad de quien establece con su interlocutor una relación personal de confianza o desconfianza, de simpatía o de antipatía; es decir, de quien tiene intereses, lícitos o inconfesables, que defender.

El que cree en el carácter sagrado e inviolable de la vida deducirá de su creencia que la eutanasia es inadmisible. Por el contrario, el que cree que cada cual tiene derecho a disponer libremente de su vida creerá en la licitud de la eutanasia. Es una consecuencia lógica estrictamente contraria a la anterior, pero no menos defendible dada la premisa de partida. Así, un cosmólogo convencido de que el mundo ha sido creado asumirá con mayor facilidad que un investigador no creyente que el mundo ha tenido un inicio en el tiempo. En la inmensa mayoría de nuestras decisiones, la lógica entra en juego sólo a partir de y después de una elección inicial que carece de fundamento lógico e imposible de demostrar, en la que sólo se puede creer por su autoevidencia y en la que sólo cree quien la considera autoevidente.

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