El final de un tiempo de certezas

Según la metáfora de Nietzsche, los europeos se hallaban a la deriva, habían quemado los puentes y se habían echado a la mar con sus naves. Ante ellos se extendía el mar abierto, misterioso, infinito y terrible. Si se dejaban llevar por la nostalgia de la tierra firme, se encontrarían con serias dificultades, ya que la tierra firme no existía. Nietzsche hablaba “de una minoría de espíritus libres”, pues sabía que la “mayoría de la gente de la Vieja Europa” continuaba necesitando la religión, la metafísica o la ciencia. Asimismo, nadie podía vivir mucho tiempo con esta cómoda incertidumbre. “Quizás nunca antes en la historia existió un mar abierto semejante”. Esta abertura infinita observada por Nietzsche era la culminación de un siglo de pensamiento crítico, de duda corrosiva, pero también de positivismo. La desorientación, más radical que en cualquier otra época anterior, era la tendencia inevitable, una sensación de no saber donde estaba la certeza y si todavía existía, y de no saber que podría traer el futuro.

Esta desorientación podía contemplarse como la aparición de todas las formas posibles de conocimiento o como la pérdida de la única forma posible de conocimiento. Nietzsche celebró esta contingencia, pese a todos sus riesgos. La desorientación, tanto si despertaba un sentimiento positivo como uno negativo, modeló las nuevas respuestas a las preguntas de siempre. La naturaleza humana comenzó a considerarse menos racional, el conocimiento más subjetivo y la historia menos comprensible y predecible. La corriente general del pensamiento iba hacia un universo dominado por el azar, sometido al cambio constante, sin finalidad ni objetivo. Y a pesar de que el fin del siglo XIX no representó un modo predominante y unificado de pensamiento, se podrían establecer los rasgos comunes y las constantes que aparecen en el pensamiento de los últimos años del siglo XIX y de los primeros del XX.

La revuelta contra el positivismo es una constante de este pensamiento. Esta revuelta era esencialmente una reacción contra el culto a la ciencia y contra la visión del mundo proyectada por la ciencia que, según afirmaba, denigraba la vida y el espíritu; pese a todo, no era tanto una revuelta contra la ciencia en sí misma, como en contra del cientificismo. Más concretamente, esta revuelta se centraba contra la pretensión de la ciencia de considerar todo conocimiento como de dominio propio y contra la idea del determinismo, que era considerado limitador de la libertad. En realidad, se insistía en el afianzamiento de la irracionalidad de los hombres, no porque se defendiera la desrazón, sino porque se consideraba que la razón no era la única ni la más perfecta forma de conocimiento. No se atacaba a la razón, se atacaba la presunción de que la razón positiva fuese el único medio para salir de la ignorancia.

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