Pura banalidad

Entre las almas refinadas y cultas de creadores y artistas de la élite intelectual, existe la creencia de que antes todo era mejor, cuando ellos disfrutaban de su esplendor y no pensaban que un día también morirían y nos dejarían solos y huérfanos, ahogándonos en nuestra burda miseria cultural. Según esta casta superior, la trivialización del arte es un hecho actual e imparable que termina por mancharlo todo, un fenómeno degenerativo ajeno a ellos, que ocurre en contra de su voluntad y afecta a la Cultura escrita con mayúsculas, la más delicada, exclusiva y minoritaria, ésa que se despliega paralela al tiempo de su existencia. Y los intelectuales visionarios, por una razón ética, tienen que denunciar este delito para que los pobres mortales con pocas luces no caigamos en los seductores espejismos del vil espectáculo que nos desvía del riguroso quehacer del pensamiento abstracto.

Después de ellos vendrá la muerte de las ideologías coherentes, nos llegará el caos enfangado en el nihilismo y la vulgaridad más deprimente se extenderá por todas partes, llena de las risas de la gente descerebrada que disfrutará con el espectáculo chabacano. Los puristas se han erigido en conciencia colectiva sin que nadie se lo haya pedido, nadie les ha otorgado tal denominación; consideran que la sociedad pueril los necesita e instalados en su torre de marfil, también torre vigía, interpretan que todo acontecerá de rebote, nada consistente y duradero puede aparecer sin que ellos lo hayan predicho, observado, valorado y sentenciado.

Me parecen bien estos espíritus críticos y sensibles, fieles custodios del orden establecido que a veces dan un puñetazo en la mesa contra el espectáculo vulgarizado; pero su temor no es nuevo, siempre ha palpitado a lo largo de la historia. Podría aportar numerosas pruebas en este sentido, aunque me limitaré a dos que considero representativas. El filósofo Sócrates reaccionó con hostilidad contra los sofistas porque banalizaban la cultura y degradaban cualquier saber serio, conseguido con el jugo de la neurona, hasta el extremo de que el escepticismo y el relativismo de los sofistas impedía cualquier construcción científica. Asimismo, dos siglos antes, Heráclito ya había puesto el grito en el cielo porque en una de las ciudades más prósperas y ricas académicamente como era la suya, Éfeso, “se desterraba la excelencia y se sublimaba la vulgaridad”, se lamentaba de que la gente en su tiempo de ocio valorase más la “agilidad animal” de los atletas en las competiciones olímpicas, que no hacen más que reproducir el comportamiento de las bestias cuando saltan, corren, realizan acrobacias y se dan golpes. En cambio, la belleza espiritual no era tan aplaudida como le correspondía. Las realidades aprendidas con los ojos del cuerpo, no con los del entendimiento, siempre son más atractivas para las personas sencillas, ya que no requieren de esfuerzos mentales. De aquí el éxito de deportes como el fútbol, donde todo se reduce a entender que quien marca más goles, gana.

Como hecho reciente, evoco la antimúsica que representa la erupción volcánica, escandalosa y ruidosa en el mundo del arte protagonizada por The Beatles y por The Rolling Stones, como también lo que se denomina música dodecafónica. Las reacciones de desaprobación por parte de las personas más conservadoras, defensoras del buen gusto tradicional, fueron airadas. No podían admitir una ruptura alternativa a las orquestas de toda la vida. Las palabras de recusación eran chillidos tan histéricos como los que proferían los cantantes de los grupos de rock. Los extremos acaban tocándose siempre.

Además, todas las personas tendemos a interpretar que nuestro momento existencial es el más cabal de todos, el más relevante, el que ha hecho mayores aportaciones a la ciencia, al arte, a la paz universal. Probablemente esto nos pasa porque es nuestro tiempo y nuestro espacio, y orgullosamente nos envanecemos pensando que somos protagonistas como actores o como espectadores complacientes.

Vargas Llosa ha escrito el libro La civilización del espectáculo, donde arremete con severidad contra las manifestaciones culturales groseras. No considero adecuado el título ya que el espectáculo por sí mismo no tiene nada de malo. Sin espectadores, el teatro y la música no serían nada. Por otro lado, la cultura ha tendido siempre a ser visualizada: los griegos se reunían en los anfiteatros para escuchar las tragedias y la música. Opino que se podría escribir un libro defendiendo la tesis contraria y el autor también tendría razón, más si tenemos en cuenta el analfabetismo secular, algo que afortunadamente ahora no ocurre.

Estoy convencida de que más allá de Vargas Llosa, la buena literatura seguirá viva; la literatura y la pintura, y el cine, y la música, y el teatro… En nuestro momento histórico, al igual que hay bazofia también se están creando auténticas obras de arte. Tal y como siempre ha sucedido. No obstante, el libro es un clamor necesario contra la tentación de despeñarnos, como siempre ha ocurrido en la historia de la cultura, por la pendiente más fácil y dulce, aunque sea grosera, contando para ello con la connivencia de algunos intelectuales que aprecian la basura televisiva, basta e insolente, y a los que cualquier manifestación dotada de vida espiritual les resulta pesada y menospreciable.

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