Que pare el mundo

Nos movemos sin rumbo, dominados por la inercia, adocenados por la misma teología de siempre, empujados por una ideología codiciosa y malsana. En este porvenir cínico y existencial que tenemos como rebaño desnortado, galopamos hacia una mansedumbre plagada de sinsabores. Vamos de extremo a extremo, de opulencia a escasez, de obesidad a desnutrición. No habrá salida de la crisis sin un ánimo renovado en las mentes. Pero los gurús, políticos, diletantes, expertos, tertulianos y débiles intelectuales siguen empecinados en lo mismo.
Una ignorancia brutal nos lleva por este circuito de carreras, lleno de bólidos desbocados y temerarios, pisando sin meditar los pedales que nos propulsan hacia el destino miserable que alguien, falible y mentiroso, escogió para nosotros.
Este planeta está habitado por zombis irracionales. Ni la ciencia ni el pensamiento generan progreso, si es que alguna vez aspiraron a este logro. Los únicos objetivos claros son depredar el entorno vital, gastar, consumir sin freno. Ahora hemos chocado contra el muro de la deuda y el consumo desaforado se combate con austeridad desoladora. Como si así se solucionara algo. Carecemos de estrategias, teorías, planes de acción, métodos, fines u objetivos. Atropellamos los derechos, el interés común y el bienestar social creando dramáticas desigualdades.
Si alguna tenue luz brilla en los cerebros más jóvenes, el sistema se apresura a apagarla, castrando el discernimiento con la educación que impone la inquisición académica. El espíritu crítico se cercena de raíz, antes de que se convierta en un problema para la torpe sabiduría en vigor.  Hace siglos que no evolucionamos, que mantenemos paradigmas obsoletos que nunca fueron buenos.
Las actuaciones económicas mundiales propugnan el empobrecimiento global. A quienes conducen nuestro destino les parece mejor opción que la de un enriquecimiento sobrio, justo y cabal, basado en el respeto por la naturaleza y nuestros semejantes. A este paso, acabaremos compartiendo todos la misma miseria. Llegará un día en que el monstruo de la deuda nos devore.

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