De dónde sale tanta estupidez

En la sociedad actual, el papel de la imagen es fundamental, ya que constituye un requisito imprescindible para tener éxito en la vida privada. Sin embargo, ese deseo por destacar entre los demás, por brillar, no se basa en nuestras cualidades, sino en recubrir de forma atractiva una fachada vacía. Importa la apariencia, no el contenido real; la superficie, no lo que hay dentro.
Nos definimos por los objetos que poseemos y por el estatus y la identidad que estos objetos nos atribuyen. Buscamos distinciones académicas que nos den relevancia. El deseo de parecer brillantes y con ideas renovadoras nos obsesiona porque nos da prestigio. Las amistades cuentan y las redes sociales juegan su papel a la hora de darnos una pátina de importancia, se alaba a los amigos, se pelotea, se intenta estar bien relacionado y que todo el mundo lo sepa. Inflamos nuestro currículo con títulos falsos o con certificados que no significan nada para crearnos un perfil impresionante en Facebook, Linkedin y otros medios de comunicación social. Poseer los últimos aparatos tecnológicos es otra forma de aumentar nuestro capital simbólico: móviles, ordenadores, tabletas, cámaras fotográficas… son fáciles de comprar y de exhibir y una de las formas más destacadas de adquirir nivel social.
Los expertos nos ofrecen soluciones, los medios nos presentan noticias contradictorias que nos dejan sin saber a qué atenernos y nos adaptamos a lo superficial porque nos resulta imposible profundizar en casi nada. El mundo gira a un ritmo vertiginoso y esto nos impide hacer buenos juicios. Buscamos la inmediatez en todo y dejamos de mirar a largo plazo, de hacer previsiones para el futuro. Asimismo, pasamos la vida compitiendo, pero no por ser mejores personas o mejores profesionales, sino por tener una imagen mejor, por lo cual nuestra vida cotidiana se plaga de exigencias y se genera una competitividad extrema, pues crear la mejor imagen posible y mantenerla exige tiempo y dinero, además de tener bajo control a los otros para saber qué hacen.
La creciente competencia entre universidades y escuelas de negocios por situarse mejor en los rankings obliga a dejar de lado el objetivo primordial, que debería ser ofrecer educación de mayor calidad, y a centrarse en expedir títulos que se describen con términos grandilocuentes como: gestión estratégica de recursos humanos, performance management… Sin embargo, la educación superior no es tan buena opción para encontrar un puesto de trabajo y sirve para que estudiantes y padres se endeuden en la obtención de un título poco útil, ya que muchos de los trabajos disponibles hoy no requieren estudios superiores. La titulación universitaria cae en declive debido a que numerosos cursos carecen de un contenido académico real, y existe sobre cualificación en unos estudiantes con habilidades limitadas. Desde luego, todavía hay excepciones, y en determinados sectores profesionales se ofrecen buenos trabajos en consonancia con la formación recibida.
Durante los últimos treinta años, la pérdida de importancia de lo sustancial nos ha hecho más vulnerables y nuestra autoestima se impulsa a través de preocupaciones narcisistas. La pretensión de “brillar” provoca que las personas que tienen que realizar trabajos poco valorados socialmente se sientan infelices, pues ven como remota la posibilidad de convertirse en alguien “importante”. Mientras unos se obsesionan por aparentar y no saben cómo hacer lo que tienen que hacer, la mayoría de la gente está preocupada por su supervivencia y se opone con distancia o incomodidad, cuando no con cinismo, a estas prácticas que obligan a dar una imagen grandiosa de uno mismo pero que descuidan lo esencial. 
 

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