1 de junio de 2014

A la felicidad por el consumo


La historia del progreso es el itinerario a través del cual la humanidad alcanza su edad adulta, es decir, deja su estado inferior de homínido primitivo, sujeto a la naturaleza y a merced de su ignorancia, para adquirir conciencia, conocimiento y vivir en una sociedad en la que haya desaparecido la esclavitud y la miseria. El último objetivo por conseguir es la felicidad. La máxima aspiración humana.
Pero ocurre que hoy el progreso se entiende como un crecimiento tecnológico y económico indefinido y esto ha de ser lo que nos dé la satisfacción completa, la felicidad. Este es el nuevo mito, que por contener una fuerte carga emotiva con un poder de motivación profundo, arraiga en la mentalidad de los individuos determinando sus ideas, expectativas y acciones, al margen de cualquier lógica racional.
La persecución de la riqueza y la acumulación del capital, la fabricación incesante de productos nuevos y su distribución para el consumo, como elementos básicos en los que se sustenta este sistema, transforma a las sociedades modernas. Este logro de la riqueza, el disfrute de los productos de consumo siempre renovados que ofrecen los mercados y la competitividad, que son hechos empíricos, indudables y positivos, es lo que impulsa y otorga credibilidad al mito de un crecimiento económico y tecnológico indefinidos. Por eso han adquirido el estatus de medios para conseguir la felicidad.
Disfrutar consumiendo se identifica hoy con la plenitud de la vida y la autorrealización personal. El volumen de nuestra actividad consumista, adquirir permanentemente nuevos objetos, aunque no los necesitemos, es el índice que mide nuestra plenitud de vida. También la posición social, nuestra autoestima en el marco de la competición por el éxito y nuestro sentimiento de autorrealización. Estamos convencidos de que llevar una vida digna, gratificante, que merezca la pena ser vivida, depende del poder adquisitivo que hayamos alcanzado. Si no podemos comprar, no sentimos placer, perdemos la dignidad.
La publicidad nos machaca con sus mensajes para que rindamos nuestras aspiraciones y esfuerzos a los fines de la economía de consumo: lo mejor a lo que podemos aspirar es un cuerpo joven y bello, una casa de lujo, un coche potente, unas vacaciones en el paraíso…
La obsesión por lo nuevo hace que el progreso consista en avanzar, da igual la meta alcanzada, y, al final, avanzar es cambiar lo que ya se tiene a condición de que sea nuevo. Así todo se vuelve efímero y provisional.

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