Es la vida

Lo que pasó ya falta; lo futuro
aún no se vive; lo que está presente
no está, porque es su esencia el movimiento.
 
Lo que se ignora es solo lo seguro.
Este mundo, república del viento
que tiene un monarca por accidente.
 
Gabriel Bocángel
 

La vida es, desde la consciencia del tiempo, un sublime malentendido. Una aventura sin sentido ni norte, dirigida hacia la nada. Y nosotros, los vivos, no somos sino criaturas miserables que existen un tiempo brevísimo pasando la vida entre angustias y necesidades, sometidos al dolor hasta que la muerte se nos lleva. La existencia del hombre es una existencia maldita, una infinita noche, una mazmorra; y es la consciencia del tiempo y su precariedad la que tiñe de dolor toda la existencia.
 
Pero aunque la existencia del hombre sea un cúmulo de desgracias, un exilio y una condena a muerte, todo se precipita hacia la existencia, hacia la existencia orgánica. La voluntad de vivir es el propósito fundamental, es la propiedad esencial e inmutable de la existencia. Y contemplamos esta voluntad de vivir, este afán infinito de vivir, en todas las experiencias orgánicas. En todo; en los hombres, los animales y las plantas, la voluntad de vivir se precipita tumultuosamente a la vida.
 
Pese a que consideramos nuestra vida como un cúmulo de dolor no queremos dejar de vivir: el ser de toda criatura es una lucha desesperada contra la muerte. Esta es la primordial contradicción a que se ve abocado el hombre: la vida es un morir continuo que pretende preservarse de la muerte. Esta lucha contra el tiempo, contra la muerte, es lo que nos mata; es la misma voluntad de vivir lo que nos aniquila. Esta inclinación a la vida es un instinto primitivo y ciego, no nace del conocimiento del valor de la vida, porque no tiene ninguno, es, toda ella, dolor, castigo, muerte diaria. No escogemos pues la vida libremente, sino que somos empujados inconscientemente a ella. La vida se nos revela, no como un gozo, sino como un deber: lo que en ella encontramos es fatiga, lucha, miseria, esfuerzo y muerte. Pero cada uno defiende su vida como si fuera un precioso depósito del cual tuviera que responder, y que se consume entre el tormento que cuesta de conservar.
 
Esta voluntad de vivir es el primer e irreductible origen del ser, la fuente de toda manifestación, es la unidad primordial e incondicionada. No es una actividad reflexiva –si reflexionáramos, no querríamos vivir-, es un impulso, inconsciente y sin fin. Esta voluntad de vivir, dice Shopenhauer, busca objetivizarse, realizarse, tomar cuerpo; pero esta voluntad infinita sólo puede objetivizarse en la finitud, porque el hombre no es infinito. El hombre desea infinitamente pero su capacidad no es infinita. Por eso este deseo infinito es inalcanzable, nunca podrá realizarse en su infinitud, nunca encontrará ni satisfacción ni reposo. Y así la voluntad de vivir tiene en sí misma algo de fatal y desgraciado: es impaciente aspiración, necesidad, anhelo, avidez, demanda, sufrimiento. El mundo de la voluntad, de esta voluntad insaciable, es el mundo del sufrimiento. De aquí nace la raíz del pesimismo. De aquí la trágica contradicción de la vida del hombre: desear absolutamente un estado que sobrepasa su propia naturaleza: el de alcanzar la eternidad, sustraerse a la historia y reposar.
 

“Aspiro a un reposo absoluto y a una noche continua. Poeta de la loca voluptuosidad del vino y del opio, no tengo sed sino de un licor desconocido sobre la tierra, y que la farmacia celestial no podría ofrecerme; un licor que no contendría ni vitalidad ni muerte, ni la excitación ni la nada. No saber nada, no enseñar nada, no querer nada, no sentir nada, dormir y seguir durmiendo, éste es hoy mi único deseo”. Baudelaire.

Comentarios