Podemos ser felices

Vivimos condicionados desde la infancia. Somos pequeños y nos levantamos de la cama cuando nuestros padres nos despiertan, nos vestimos con la ropa que han elegido que nos pongamos, desayunamos lo que nos encontramos preparado en la mesa, acudimos a la escuela y acatamos lo que nos dicen los maestros, jugamos a la hora del recreo, vamos al aseo cuando nos dan permiso, volvemos a casa y vemos en la tele las series de moda, nos divertimos con el juguete del momento, nuestros padres se quejarán durante la cena de lo cara que está la vida, de sus problemas laborales, nos recriminarán por alguna conducta inadecuada, nos acostaremos cuando nos obliguen a ir a dormir y el día siguiente será igual que el anterior. 
Tantas influencias, a las que debemos sumar las predisposiciones genéticas, configurarán en nosotros una determinada manera de pensar, de ver el mundo y de actuar. Estas pautas que arraigan ya en la primera infancia, cuando no poseemos apenas datos sobre nuestro entorno ni una capacidad de razonamiento desarrollada, restringirán nuestra vida adulta, haciendo que actuemos de determinada manera sin que, en ocasiones, sepamos muy bien por qué.
La principal pauta que nos rige responde a la pregunta: ¿Qué debo hacer para ser aceptado por los demás y que me quieran? El proceso de adaptación para lograr esta meta establece las creencias que tenemos sobre los otros, sobre nosotros, sobre el mundo, sobre la existencia, y determina cómo nos sentimos. Por eso es tan importante que, de adultos, analicemos estos condicionantes y tomemos decisiones sobre ellos. Tenemos nuevas herramientas: experiencia, conocimientos, madurez emocional, así que podemos cambiar lo que no nos gusta de nuestra vida, mantener lo que sí funciona y orientar nuestros actos y nuestras emociones hacia la felicidad.

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