Imposible III


Para acabar, los genetistas del siglo XX descubren el documento de identidad genética, entran de puntillas en un universo que ofrece magníficas posibilidades para la elaboración de un diagnóstico, de prevención de enfermedades, de tratamientos más precisos, de patologías que se pueden evitar, trabajan para conseguir una medicina predictiva que revolucione esta disciplina. La “Carta al personal sanitario”, editada por el Vaticano, lo condena. ¿Evitar dolores y sufrimientos? ¿Querer ahorrarnos el precio a pagar por el pecado original? ¿Desear una medicina humana? Imposible.

 
Qué extraño, tomar partido por el fracaso. Esta constancia en equivocarse, en rechazar la verdad, esta persistencia en la pulsión de muerte que se lanza contra lo vivo de las búsquedas, la vitalidad de la ciencia y el dinamismo del progreso no dejan de desconcertar. Se entiende que para llegar a una tasa tan elevada de éxito en el fracaso la Iglesia ha tenido que hacer gala de una determinación sin nombre. La persecución, la confección de las listas del Índex, los patíbulos, la maquinaria de la Inquisición, las encarcelaciones y los juicios no han cesado. Durante siglos estuvo prohibido leer la Biblia sin la mediación de un sacerdote. No se podía abordar la lectura de este libro con las armas de la razón, del análisis, de la crítica, como historiador, como filólogo, como geólogo o como científico. El fruto del árbol de la ciencia deja un regusto amargo en la boca.

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