Lutero, el protestante

Martín Lutero, fraile agustino y profesor de la universidad de Wittemberg, se atrevió a desafiar a la Iglesia, acusándola de preocuparse más por los asuntos temporales que de acercar el hombre a Dios. La chispa que desató el conflicto contra Roma saltó por la predicación de las bulas expedidas por el pontífice León X con el fin de recaudar los fondos que se requerían para demoler la antigua basílica de San Pedro y erigir una nueva. Lutero defendía como única fuente de verdad las Escrituras y que el hombre era capaz de llegar personalmente a ella mediante la lectura, sin el magisterio de la Iglesia.

Las doctrinas de Lutero encontraron comprensión entre algunos príncipes seglares, en la nobleza, en el pueblo y en los intelectuales, incluso entre religiosos, que colgaron los hábitos y salieron de los conventos. Los sacerdotes abandonaron el celibato y empezaron a casarse. El emperador Maximiliano trató de atajar la Reforma convocando dietas para llegar a acuerdos, pero ante la imposibilidad de lograrlos, recurrió a las armas para frenar a los protestantes. En 1555, la Dieta de Augsburgo zanjó la cuestión: los príncipes gobernantes tenían libertad religiosa, sin embargo, sus súbditos debían seguir la fe de su soberano. El catolicismo perdió la mitad de Alemania y la unidad del imperio quebró.

Pero Lutero no fue una voz solitaria. El rey de Inglaterra Enrique VIII creó la Iglesia nacional inglesa separada de Roma y algunos rebeldes como Zuinglio desde Zurich y Calvino desde Ginebra se mostraron radicales en sus deseos de reforma.


La imprenta se alió con los reformistas, que propagaron sus ideas mediante libros, carteles y hojas. Sin ella, es muy probable que el moviendo religioso hubiera fracasado. El éxito de venta de los escritos de Lutero, entre los que se encontraban obras como manifiestos, sermones y opúsculos fue impresionante, se calcula que durante el siglo XVI se llegaron a vender unos dos millones de ejemplares. Aunque la obra que le dio mayor prestigio fue la traducción de la Biblia al alemán, que, ilustrada con más de cien grabados, se publicó en 1534, de ella llegaron a imprimirse cien mil ejemplares en cuarenta años.

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