El otro Rousseau

Rousseau nos exhorta a juzgar a las personas principalmente por sus cualidades humanas y morales, pero él no es el mejor ejemplo, porque desde el punto de vista “humano” deja bastante que desear. Una vez, acusó a una criada de un robo que él mismo había cometido. Más tarde se arrepintió de su conducta y escribió en sus “Confesiones” una especie de autorrevelación, en la que culpa siempre a los demás de no haber llegado a ser él mismo. En otra ocasión, dejó tirado en la calle a un amigo cuando sufría un ataque de epilepsia. A los diecisiete años tenía la costumbre de enseñar el trasero desnudo a las mujeres jóvenes que pasaban por la calle. Al ser descubierto, alegó como disculpa que era un aristócrata en misión secreta y que no estaba muy bien de la cabeza, le dejaron ir. Al final de sus días padecía manía persecutoria y sospechaba que el filósofo escocés David Hume había planeado acabar con su vida.

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