Filosofía y Literatura

La historia de la filosofía, en su conjunto, ha identificado razón y logos como si solo hubiera un modo correcto de pensar, el que se atiene a lo real y sus leyes, el que se mantiene en estricto paralelo con las manifestaciones del cosmos. La literatura no se mantuvo nunca fiel a tales pretensiones de lógica, pero le guardaba un cierto respeto que le hacía mantener las apariencias: la literatura debía ser realista o, al menos, verosímil. Para salirse de lo considerado como razonable era preciso acudir al personaje loco, al hombre a quien una especie de enfermedad, la demencia, le había liberado de las leyes naturales y le permitía pensar de otra manera. La nueva manera literaria, la de las últimas décadas, se caracteriza, sobre todo, por ese pensamiento liberado de lo razonable sin necesidad de recurrir a subterfugios, sin disfrazar de locura lo que es solo pensamiento puro, la mente por sí misma.

Nos encontramos, pues, desembocando en un nuevo estrato del conflicto que enfrenta lo real y la irrealidad y también la existencia y el ser, manifestado esta vez en el proceso seguido por la literatura, es decir, por el arte que se apoya en el lenguaje como su materia.

Todavía no hemos dejado de admirar la sagacidad de Aristóteles respecto al sentido y valor de la metáfora. El lenguaje presenta por medio de esta figura un salto cualitativo: el paso de un decir las cosas y sus manifestaciones a un hablar utilizando la semejanza para hacer comprensible algo que la realidad por sí misma no nos muestra. La filosofía más actual no cesa de volver sobre el tema, perdiéndose con frecuencia en taxonomías o en análisis que poco o nada aclaran acerca del verdadero alcance de ese momento en la evolución humana: el acceso a la metáfora permite al lenguaje liberarse un grado más del cosmos y de sus leyes y, en consecuencia, aproximarse al plano de lo irreal autocreado. Ya la palabra primera como símbolo de las cosas y de las acciones suponía un distanciamiento del mundo, pero sin la metáfora la lengua no pasaba de ser un duplicado abstracto de la realidad. Al adquirir el nivel metafórico, la palabra alude a un contenido que solo puede manifestarse en el hombre. El primer estadio del lenguaje, el previo a la utilización de la metáfora, nunca ha dado origen a obras que merezcan llamarse literarias. La literatura, por tanto, el arte construido mediante el lenguaje, no es realista, ni siquiera verdadero, sino creador. La calificación de realismo obedece, sobre todo, al intento de influir en la conducta humana, de dar a la obra un valor pedagógico directo, prejuzgando que solo la realidad pertenece al hombre. De ahí que los personajes caracterizados por su irrealismo fueran disfrazados de locura o de otras desviaciones que permitieran mantener la obra dentro de la lógica. El problema de fondo, sin embargo, quedaba intacto, pues la literatura no es un medio para conocer la realidad, para acercarnos al mundo, sino para permitirnos un distanciamiento.

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