La historia de la filosofía y la historia de la literatura

La historia de la filosofía y la historia de la literatura están confluyendo, encontrándose en la radicalidad de la crisis a la que asistimos como protagonistas. La inquietud filosófica ha dejado atrás el problema de existir y del conocer como etapas superadas y se abisma, aun sin quererlo, sin aceptarlo plenamente, en el extramundo del pensar. Desde que Nietzsche, trasvaluando todos los valores, tuvo la audacia de afirmar que “el arte vale más que la verdad”, tanto la realidad como el conocimiento se vieron desplazados a un plano menos decisivo en relación con el auténtico desarrollo del hombre. La creatividad literaria, por su parte, camina también con aire resuelto hacia una conciencia en la que ni el cosmos ni sus leyes, ni el realismo ni la verosimilitud, pueden condicionar o limitar la elaboración de sus criaturas más propias. Decir lo semejante ya no es objetivo suyo; de lo que ahora se trata es de dar el ser a lo que antes no era, de permitir que aparezcan las criaturas del pensamiento en un marco que, a lo lejos, vislumbra la libertad. El sentido de este proceso, sin embargo, no ha logrado todavía hacerse consciente ni entre los filósofos ni entre los literatos y sus críticos. El peso de lo establecido, la herencia de la tradición o, quizá, el peso de la realidad misma, han motivado que las interpretaciones se apoyasen siempre en una mirada hacia atrás; así, por ejemplo, la conclusión nietzscheana de que el arte vale más que la realidad, no dejó de ser tomada en el sentido de que, como método para acceder al conocimiento, el arte ofrece determinadas ventajas que la verdad no posee, o que el arte hace visibles zonas profundas de la realidad que la verdad no logra desvelar. En cuanto a la literatura, pese a que la distancia establecida con respecto a la realidad y su conocimiento es mucho mayor, las consideraciones conscientes hechas a su sentido no se han despegado tampoco del prejuicio realista y los esfuerzos por mantener firme el pretendido vínculo entre ambos planos, el cósmico y el de la creatividad pura, prosiguen sin debilitarse. Hoy, más que nunca, se pregunta reiteradamente: ¿Para qué la literatura?, descubriendo siempre en las intenciones del que interroga un dilema que pretende hacer extensivo a los demás: o la literatura tiene efectos reales o todo valor que pueda atribuírsele es ilusorio. Ahora bien, pese a que esta pregunta nunca le sigue respuesta alguna, la inquietud no cesa, ya que el ámbito en el que cobra sentido el arte literario es otro.

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