1 de octubre de 2016

Entre dos pasiones

«La vida equivocada no puede ser vivida correctamente».



En 1903 nació en Frankfurt Theodor W. Adorno. Era hijo de un próspero comerciante de vinos de origen judío, Oscar Wiesengrund, y de Maria Calvelli-Adorno delle Piane, una cantante de ópera, perteneciente a una familia católica italiana. En el hogar familiar residía una hermana de la madre que era pianista y su figura contribuyó de forma decisiva al interés por la música que desde pequeño sintió Adorno. Enseguida sus padres vieron en él cualidades de niño prodigio y lo mimaron y protegieron. Pero en la escuela las cosas eran bien distintas, sus compañeros de clase le pegaban y le ridiculizaban con insultos antisemitas. Tiempo después, el filósofo redujo su apellido paterno, de origen claramente judío, a la letra inicial, W. Las secuelas del estigma influyeron y perduraron en el pensamiento de Adorno, que enfrentaba la utópica bondad del amor a la maldad del mundo.

Influido por el amor familiar hacia la música, Adorno estuvo siempre muy ligado a ella. Con diecinueve años, publicaba ensayos y críticas musicales, y era un firme defensor de las nuevas tendencias. Estudió en Viena las novedosas técnicas de composición y se convirtió en alumno de Alban Berg, discípulo de Arnold Schoenberg. Pero al cabo de un año se truncaba su carrera como compositor y concertista porque la Segunda Escuela Vienesa era muy competitiva.


Este fracaso y el interés por la sociedad y la política llevaron a Adorno a iniciar su actividad docente. A los veintiún años se había doctorado con un trabajo sobre la fenomenología de Husserl, aunque sus influencias más marcadas procedían de pensadores que secundaban la tradición marxista. Colaboró con la Revista para la Investigación Social que editaba el filósofo Max Horkheimer y comenzó a estudiar las causas del proceso de autodisolución de la sociedad burguesa por la tendencia de las modernas sociedades liberales hacia formas autoritarias y represivas de poder. Con un criterio opuesto al de Hegel, que afirmaba que la historia se mueve por el ingenio de la razón, Adorno intenta demostrar que se encamina hacia el caos. Su proyecto era también el de la Escuela de Frankfurt, entender el motivo por el que en ese momento histórico de gran desarrollo técnico y científico, en vez de la emancipación individual se producía todo lo contrario: la destrucción del individuo. Por desgracia, esa tendencia analizada por Adorno se convirtió, con la llegada al poder del nazismo, en una dolorosa realidad.

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