Para hablar de dios

Para hablar de dios, los teólogos usan un lenguaje que ellos denominan analógico; significa que afirma y niega a la vez. Dios es justo, pero no es justo según nuestro concepto de justicia. Semejante lenguaje podría definirse como se define una red de pesca: una serie de agujeros cosidos con una cuerda. ¿Qué queda dentro después? Parece ser que en cualquier enunciado sobre Dios es mucho más importante y cierto lo que se niega que lo que se afirma, lo que cae fuera que lo que queda dentro. De ahí que los mejores adjetivos aplicados a Dios sean aquellos que simplemente contienen una negación. De ahí también que sus descripciones más afortunadas sean todas negativas. La frase “Dios no tiene cuernos” resulta más verdadera  que la frase “Dios tiene inteligencia”. Lo cual explica muy bien en qué consiste la principal tarea de los teólogos: deberán limpiar esmeradamente el cristal de la ventana a fin de que no atribuyamos al paisaje el polvo que se deposita sobre el vidrio. Puesto que a la vez afirma y niega, el lenguaje analógico obliga a entrecomillar mentalmente todos los términos referidos a Dios, sobreentendiendo otro significado distinto bajo cada uno de ellos. ¿Hasta qué punto toleran nuestras palabras este uso traslaticio constante, esta distorsión continua? ¿Son lo bastante elásticas para conservar algo de su sentido original y a la vez decir algo acertado sobre Dios?

El resultado de todo ello tiene mucho que ver con el humor, necesariamente. Este cumple ahí una función semejante a la que desempeña la llamada filosofía lingüística respecto de la filosofía en general: le recuerda su indigencia verbal, no la invalida pero la reduce a palabras. Tampoco el humor destruye nada, solo des-construye, desmonta, pone al descubierto lo mucho que en teología hay de ingenio mecánico. Es bien conocido el elemento irónico que implica toda paradoja; creo que habría que decir otro tanto del lenguaje analógico. Y tanto la paradoja como la analogía son las formas menos inadecuadas de hablar sobre Dios. 

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