Dolido escepticismo

Últimamente contemplo el mundo con dolido escepticismo. Vivimos en una democracia tiránica, alienados como masa y, lo peor de todo, contentos.

Nuestros amos nos sonríen mientras nos torturan, nos roban el pan de la boca con una disculpa. Ya ni nos quejamos, no protestamos, nos vamos acomodando a este nuevo estado, sin ilusiones, sin aspiraciones, sin capacidad de réplica, sumisos ante el poder, entretenidos por esa caja que proyecta luces y nos ciega con sus sombras, recogiendo las míseras migajas que nos arrojan para mantenernos con vida, que no vivos.

La opresión se llama ahora seguridad; la represión, derecho. Las ideologías crecen y se reproducen confundiéndonos, han dejado de ser identitarias y no sabemos ni qué son, pero empelen a la sumisión, nos atomizan, nos dejan solos, nos desvinculan. Hemos perdido la fuerza para reclamar, para exigir, para conseguir. Las cosas son así. A fuerza de repetir este mantra fabricado ad hoc para la crisis, penetra en nuestra conciencia individual y se torna realidad.

La pérdida de dignidad, la esclavitud laboral, la corrupción política… Son así. Andamos distraídos por tantos ruidos que incluso nos olvidamos de esos titiriteros que mueven los hilos de nuestro destino y les dejamos hacer sin oponer resistencia. Lo lamentaremos en breve.

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