Del alma a la psique

Los hombres no siempre tuvieron psique, hubo un tiempo en que tenían alma. Este fue el nombre que recibió el interior de los seres humanos en la Antigüedad y en la filosofía cristiana medieval. El alma era incorpórea y podía desplazarse. Para el cristianismo el alma era el reflejo de Dios, que era quien la había insuflado dentro del hombre. El lugar del alma era el cuerpo del ser humano: tras la muerte de este, el alma volvía al Señor, salvo las almas malignas, que estaban destinadas a la condenación eterna.

El alma era inmortal, indivisible e inmutable en su esencia. La posibilidad de poder mantenerse en la realidad estaba fuera de toda discusión, porque el alma pertenecía al reino de la metafísica. En el siglo XXI no se puede sobrevivir ni un solo día con un alma. Para poder subsistir en un mundo en permanente transformación, el hombre moderno necesita una dotación interior altamente flexible, modificable, individual y adaptable: así es la psique.

La psique se concibe en el siglo XVIII, a la par que la modernización de la sociedad. A partir de entonces, los procesos del alma se explican como fenómenos de las ciencias naturales. Frente al alma, la psique presenta la inestimable ventaja de que puede adaptarse al mundo que le rodea o, según otro punto de vista, la increíble desventaja de tener que amoldarse al ambiente existente. Pero resulta el equipamiento interior ideal para los seres humanos que viven en un universo que cambia constantemente. Para el hombre moderno es indispensable disponer de una psique que pueda participar de esos cambios. No obstante, el hombre debe contrapesar permanentemente lo externo y lo interno. El ser humano se enfrenta a la exigencia de mantener, en la medida de lo posible, el equilibrio inestable de su psique a través de la compensación permanente entre exterior e interior.

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