Lo mejor de la vida es que se acaba

La soledad es insoportable, a solas conmigo mismo, a solas con mis pensamientos. No sé cómo distraerlos, cómo atontarlos para que no me atormenten. Surge entonces la rabia ante la impotencia, y la agresividad es un pequeño paso que doy en este estado. Sentirse solo y estar solo no es lo mismo, pero en mi caso, sí, me siento solo aún cuando no estoy solo, pero lo siento mucho más cuando esa soledad es también física. Soy demasiado consciente de la realidad, y los demás viven en un sueño de idiotas del que no quieren despertar cosa que no les reprocho, ¿o soy yo el estúpido que cree ver demasiado, sin ver nada?

Sea cual sea la respuesta, puedo decir que nunca he pedido estar aquí y aún estando aquí, solo pienso en cómo salir, sin hacer ruido, sin que se note mi ausencia, como si nunca hubiere estado. Y de esta manera, sentir la ilusión de no haber existido nunca.

Nos echan a este mundo, y nadie nos ha preguntado si queríamos nacer, nadie nos previene de lo que nos espera, ingenuo pensamiento el que dice que la vida es un don, algo que deberíamos agradecer cada día que nos despertamos y cada día que pasamos y seguimos aquí…

Yo pienso que también puede ser una carga, una pesada carga, que día a día algunos de nosotros llevamos encima sin poder quitárnosla, pero deseando hacerlo. No estoy loco, nadie debe juzgar que mi lucidez significa locura, o quizás sí, y por eso los cuerdos están en el manicomio.

Una de las cosas que tengo más claras, es que la sociedad tal como es ahora, no me gusta, vivo en ella porque no me queda otro remedio, y porque al mismo tiempo que la aborrezco, la necesito para subsistir. Pero no me gusta, quizá en lugar de avanzar tanto en el campo de la tecnología, de la ciencia, del consumismo… deberíamos pararnos en seco y mirar atrás, mirar lo que vamos dejando a nuestra espalda, recapacitar y meditar en si realmente estamos siguiendo el camino correcto, o por el contrario, estamos destruyéndolo todo a nuestro paso, como Atilas de pacotilla.

Mi pesimismo como lo llaman los demás, o lucidez, como la llamo yo, es una pesada carga que tampoco pedí llevar. Es difícil vivir así, y casi merezco una medalla por seguir levantándome cada día, ir al trabajo y colaborar en algo que no deseo que siga así, sino aniquilarlo.

La aniquilación es renovación, porque al final de ella, la vida vuelve a resurgir. Si tuviese el poder, destruiría al hombre, limpiaría de la tierra su huella y la dejaría libre para que la naturaleza recupere lo que siempre ha sido suyo. El hombre no es un ser superior, ni inteligente, es un ser peligroso por su gran capacidad de contaminación, su carente capacidad de creación.

Me pregunto muchas veces por qué soy así, por qué tengo que ser consciente de que la vida es una mierda, que tal como la vivimos, tal como la sociedad nos impone una rutina, unas obligaciones, unas normas, unas prohibiciones es difícil vivir, es un sinsentido, esto no es vida y a veces pienso que para vivir así, mejor no vivir.

Hay quien se pone metas, objetivos, cree en algo: en un dios, en amor, pero es difícil creer en algo sino crees en ti mismo y en que tiene algún sentido el que cada día te levantes, vayas al trabajo, te conviertas en una especie de máquina durante unas ocho horas y luego vuelta a casa, y así día tras día. Nadie está contento y, sin embargo, no hacemos nada para cambiar las cosas porque no sabemos qué es lo que podemos hacer, no sabemos cuál es la solución porque no la hay; la única solución, y aunque parezca absurda, es vivir en una dulce ignorancia, ser un iluso, un estúpido que no piensa y no ve las cosas más allá que lo que alcance su mirada. No aspirar a nada más que las migajas del pastel que caigan en tus manos, ser un conformista, sin apenas voluntad ni decisión, una especie de marioneta que ni de moverse se preocupa, porque ya hay otros que se encargan de ello.

No existe un dios, no existe un diablo, estamos solos ante nuestro destino, nos imponemos normas, absurdas en su mayoría, para dominar la vida y las acciones de los demás. No existe un dios, no existe un diablo, porque si así fuese, ya se hubiesen encargado de destruir la humanidad, en vista de lo imperfecto de su naturaleza. El hombre es un gran fallo en la naturaleza, una imperfección, un virus que mata poco a poco.

Pensándolo bien, no me hubiese importado nacer si en lugar de ser humano, con su supuesta inteligencia, hubiese nacido animal. Cualquiera, me es indiferente: desde una mosca hasta un elefante, pero animal, ser que solo existe y vive, no se preocupa de mañana, no se preocupa de lo que hizo ayer. Para él solo existe el ahora, un ahora que cambia según sus necesidades… Comer, procrear, descansar; así debiera ser nuestra vida: vivir el ahora, sin preocuparnos de nada más, sin tantas normas, sin tantas complicaciones, sin tantas fronteras. Ser, existir, vivir, nada más. No deberíamos pensar tanto, los que lo hacemos y los que no, felices ellos porque de ellos es el reino de la felicidad y la ignorancia, eternas compañeras.

Soy egoísta, dicen, y lo reconozco, solo pienso en mí, no hago más que quejarme sin pensar en que los demás también sufren, pues si también sufren y quieren acabar con esa agonía, por qué no nos ponemos de acuerdo y lo cambiamos todo o mejor nos autoexterminamos todos. Me gustaría ser idiota para no preocuparme tanto, o ser tan inteligente que desde mi superioridad no me afecte tampoco la mediocridad y la rutina.

No quiero morir, pero tampoco vivir así, y no existe punto intermedio, o mejor dicho, si que existe, y en él estoy: malviviendo, una especie de zombi, un muerto en vida que no se decide por ninguno de los dos caminos porque no es capaz de llegar a ninguno de los ellos. Soy así desde muy joven, casi podría decir que desde que tengo uso de razón. Es demasiado tiempo para sufrir. Siempre pensaba que cuando creciese, la madurez y la experiencia me ayudarían y vería la luz al final del túnel, incluso, era demasiado romántico todavía, que el amor podría sacarme de la oscuridad, pero el tiempo pasó, los amores también, y nada me ha ayudado, nada ni nadie, porque he llegado a la conclusión de que si hay salida debería estar dentro de mí y que si no la he encontrado es porque esta salida no existe. 

Emil Mihai Cioran 

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