Distópico


Viendo las noticias internacionales uno percibe que es algo común en todos los países. El desencanto ciudadano, el descontento generalizado, la desconfianza en las instituciones es creciente.

Puestos a analizar las causas de esta situación podemos achacarlas a dos razones principales: el poder de las élites políticas y económicas y la pasividad ciudadana. ¿Qué es peor, el poder corrupto o la desidia social? ¿Vivir oprimido o anestesiado? La suma de ambos factores, sin duda.

El poder oprime, controla, sanciona, manipula, censura, pero lo hace pregonando los principios de justicia, igualdad y libertad. Así la tiranía es mucho más difícil de identificar y combatir. La sociedad no se percata de que está cautiva y vive en una distopía absurda, se distrae con diversiones triviales y se desentiende de la realidad.

El individuo solo y aislado del resto ya no sabe cómo saciar su alma. La insatisfacción abarca todos los ámbitos de la vida. No pensamos. Hemos dejado de ser críticos. Nos atrapa la novedad constante, la diversión, la prisa. La televisión es un arma de destrucción masiva, anula las ideas, embota el entendimiento, aniquila el conocimiento profundo y lo sustituye por una visión genérica y superficial.

Entretenidos y desinformados, así estamos. Aunque nos parezca que jamás hemos tenido tantos elementos de juicio, tantos puntos de vista para construir un criterio. Ya no sabemos detectar las mentiras. Preferimos dedicar nuestro intelecto a divertirnos con los cotilleos, los rumores, los escándalos. Quienes nos gobiernan lo saben y de forma directa o indirecta filtran y manipulan la información que nos llega.

La libertad… es una estatua.



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