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Y el hombre perdió su alma

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En el siglo XIX, el alma inmortal y racional fue relevada de forma imperceptible por dos instancias: el intelecto, al que se atribuyó la desagradable cualidad de la frialdad; y el carácter, que, frente a la inestabilidad del sentimiento, presentaba la cualidad moral positiva de ser firme y de regirse por normas, deberes y principios. Como el sentimiento era espontáneo y no siempre podía controlarse, esta espontaneidad se convirtió en el signo de autenticidad y en la garantía de su calidad. Y cuando afloraban impulsos oscuros que inspiraban desconfianza, se interpretaban como señal de un mal carácter y se echaba la culpa a la persona. De este modo se daba por supuesto que el individuo era dueño de sí mismo y que era capaz de controlar sus sentimientos y su psique. Vicios, debilidades, obsesiones o adicciones como el alcoholismo, eran censurados moralmente. Se suponía que todos eran libres de elegir lo que debían hacer, que sólo se requería tener fuerza de voluntad; y quien no lo hicier…