Jodidos pero contentos


La soledad, la precariedad laboral, la inseguridad, la inestabilidad, la vulnerabilidad de saberse a merced de otros, sentir que tu vida no es tuya, que alguien la controla… La enfermedad mental como consecuencia de tanta presión externa, el miedo al futuro, la libertad como fantasía irrealizable, la independencia cada vez más lejana e imposible… 

La sociedad contemporánea es una máquina que tritura destinos y tuerce voluntades. La vida se nos escapa entre los dedos, escurridiza y fútil. Estamos en manos de no sabemos quién. Antes pensábamos que era un dios bueno y misericordioso quien conducía nuestro destino. Ahora cualquiera puede convertirse en nuestro dios omnipotente, ese ser que decida si trabajamos o no, si llegamos a fin de mes o no, si alguno de nuestros planes se cumplirá o todos serán humo.

A lo único a que podemos aspirar es a soportar este descontrol. Las nuevas filosofías vitales nos instan a cambiar. Ya que es imposible modificar las circunstancias que nos gobiernan, lo mejor es aceptar con una sonrisa lo que nos viene impuesto. La industria de la felicidad hace furor. No se analizan las causas de la situación, no se castiga a las empresas que esclavizan a sus trabajadores ni a los políticos que propician y consienten tal situación, nos ahorramos profundizar en terrenos pantanosos, la solución fácil está dentro de nosotros.

Aceptar lo que nos caiga encima, los empleos basura, los salarios de miseria, la incertidumbre ante un futuro hostil. Pretenden engañarnos con el espejismo de una sociedad feliz, que camina con los ojos vendados, de la mano de alguien que nos guía hacia el precipicio.

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